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Gratis · elegí una vozEn lo profundo del Bosque Echo, donde los árboles retorcían sus ramas como dedos huesudos hacia un cielo perpetuamente gris, vivía un lobo. No era un lobo cualquiera. Era El Lobo Feroz, tan viejo que las historias de su maldad se habían tejido en la misma corteza de los árboles. Sus ojos, amarillos y vidriosos, reflejaban la oscuridad del bosque, una oscuridad que devoraba la luz y sembraba el terror.
Un día, una niña llamada Azulina, con una capita azul brillante que destacaba como una flor en el lúgubre paisaje, se aventuró en el Bosque Echo. Su abuela, que vivía al otro lado, estaba enferma, y Azulina llevaba una cesta llena de pan dulce y miel. A pesar de las advertencias de su madre sobre los peligros del bosque, Azulina era valiente, o al menos, eso creía.
El Bosque Echo era un lugar extraño. Los sonidos se distorsionaban y repetían, creando una cacofonía inquietante. El viento susurraba nombres olvidados, y las sombras danzaban como espectros. Azulina, al principio, se sintió aventurera, pero pronto, una sensación de incomodidad comenzó a roerle el estómago.
De repente, un crujido de hojas la hizo detenerse. Delante de ella, entre los árboles nudosos, apareció El Lobo Feroz. Era más grande y espeluznante de lo que jamás había imaginado. Su pelaje, antes negro, ahora estaba manchado de barro y cubierto de hojas secas. Sus colmillos, largos y afilados, brillaban amenazadoramente a la tenue luz que se filtraba entre las ramas.
Azulina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La cesta en su mano temblaba. Intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca temblorosa.
"Buenos días, señor Lobo," dijo, con la voz apenas audible.
El Lobo Feroz la miró con sus ojos amarillos. No respondió de inmediato. La examinó de arriba abajo, como si fuera un trozo de carne jugosa.
"Buenos días, niña," dijo finalmente, su voz un gruñido ronco que parecía venir de las profundidades de la tierra. "¿Qué haces tan sola en el Bosque Echo? ¿No sabes que es un lugar peligroso?"
Azulina tragó saliva. "Voy a visitar a mi abuela. Está enferma y le llevo pan dulce y miel."
El Lobo Feroz sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Qué considerada eres. Pero el bosque está lleno de peligros. Tal vez… podría acompañarte."
Azulina supo, en ese instante, que estaba en peligro. El Lobo Feroz no quería acompañarla. Quería… comérsela.
"No, gracias," dijo, tratando de sonar valiente. "Puedo ir sola."
El Lobo Feroz se acercó un paso. Azulina retrocedió. "No seas tonta, niña. El bosque está lleno de trampas. Podrías perderte… o algo peor podría encontrarte."
Azulina echó a correr. Corrió lo más rápido que pudo, con la cesta golpeándole las piernas. Escuchaba los pasos pesados del Lobo Feroz detrás de ella, cada vez más cerca.
El Bosque Echo parecía cobrar vida. Las sombras se alargaban y la perseguían. Las ramas la arañaban. Los sonidos se volvían más fuertes y confusos, como si el bosque entero estuviera gritando.
Azulina tropezó y cayó. La cesta salió volando, esparciendo el pan dulce y la miel por el suelo. Se levantó rápidamente y miró hacia atrás. El Lobo Feroz se acercaba, con los ojos fijos en ella, la boca babeando.
Desesperada, Azulina buscó un escondite. Vio un árbol hueco, grande y oscuro. Sin pensarlo dos veces, se metió dentro.
El árbol era húmedo y olía a tierra y madera podrida. Estaba oscuro, pero podía oír al Lobo Feroz afuera, gruñendo y olfateando.
"Sé que estás ahí, niña," dijo el Lobo Feroz, su voz resonando en el hueco del árbol. "No puedes esconderte de mí."
Azulina se acurrucó en el fondo del árbol, temblando de miedo. Cerró los ojos y rezó.
El Lobo Feroz comenzó a arañar el árbol. Las astillas de madera saltaban por todas partes. Azulina sintió el aliento del lobo en su cuello. El olor era horrible, a carne podrida y muerte.
De repente, sintió un dolor agudo en el brazo. Algo la había mordido. Gritó, pero el grito quedó ahogado por el rugido del Lobo Feroz.
El Lobo Feroz había logrado meter una pata dentro del árbol. Sus garras afiladas la alcanzaron. Azulina gritó de nuevo, pero nadie la oyó.
El bosque, silencioso observador, guardó su secreto. El eco de los gritos de Azulina se desvaneció entre los árboles, uniéndose a los murmullos de nombres olvidados. La caperuza azul, abandonada cerca del árbol hueco, era el único testimonio de su breve paso por el Bosque Echo. Y dentro del árbol, en la oscuridad, solo quedaba el eco de una risa malvada y el crujido de huesos… y un inquietante zumbido estático, como el de una televisión apagada que intenta sintonizar una señal que ya no existe. La imagen se distorsiona y se desvanece en la nada, dejando solo un vacío frío y aterrador.
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