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Gratis · elegí una vozEn lo profundo del Bosque Olvidado, donde los árboles retorcían sus ramas como dedos huesudos y la niebla se aferraba a la tierra como una mortaja, se alzaba una cabaña. No era una cabaña acogedora, no como las de los cuentos de hadas. Era una estructura sombría, hecha de madera oscura y con ventanas que parecían ojos vacíos. Allí vivían los Osos Tenebrosos: Papá Oso, Mamá Osa y el pequeño Osito. Pero no eran osos normales; eran criaturas envueltas en sombras, con ojos que brillaban con una luz fría y hambrienta.
Ricitos de Oro, una niña con una curiosidad insaciable y un miedo casi inexistente, se había perdido en el Bosque Olvidado. La noche se cernía sobre ella, y el viento aullaba entre los árboles, llevándose consigo sus esperanzas de encontrar el camino a casa. De pronto, entre la oscuridad, vio la cabaña. Una luz mortecina brillaba desde una de las ventanas, y el olor a sopa, aunque un poco extraño, la atrajo como un imán.
Con cautela, Ricitos de Oro se acercó a la cabaña. La puerta estaba entreabierta, invitándola a entrar. Dudó por un momento, sintiendo un escalofrío inexplicable recorrer su espalda, pero el hambre y el cansancio eran más fuertes que su instinto. Empujó la puerta y entró.
La cabaña estaba en penumbra, iluminada solo por el fuego crepitante en la chimenea. Tres cuencos de sopa humeaban sobre la mesa. Ricitos de Oro, con la boca hecha agua, se acercó. Probó la sopa del cuenco grande, el de Papá Oso. "¡Demasiado espesa y salada!", exclamó, haciendo una mueca. Luego probó la sopa del cuenco mediano, el de Mamá Osa. "¡Demasiado líquida y amarga!", se quejó. Finalmente, probó la sopa del cuenco pequeño, el de Osito. "¡Perfecta!", dijo, y se la comió toda, sin dejar ni una gota.
Después de la sopa, Ricitos de Oro sintió el cansancio apoderarse de ella. Vio tres sillas cerca de la chimenea. Se sentó en la silla grande, la de Papá Oso. "¡Demasiado dura!", protestó. Luego se sentó en la silla mediana, la de Mamá Osa. "¡Demasiado blanda!", se quejó. Finalmente, se sentó en la silla pequeña, la de Osito. "¡Perfecta!", dijo, pero apenas se sentó, la silla se rompió bajo su peso, haciéndola caer al suelo.
Cansada y adolorida, Ricitos de Oro subió las escaleras, buscando un lugar para descansar. Encontró un dormitorio con tres camas. Se acostó en la cama grande, la de Papá Oso. "¡Demasiado dura!", dijo. Luego se acostó en la cama mediana, la de Mamá Osa. "¡Demasiado blanda!", se quejó. Finalmente, se acostó en la cama pequeña, la de Osito. "¡Perfecta!", dijo, y se quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, los Osos Tenebrosos regresaban a casa. Papá Oso gruñó: "¡Alguien ha estado comiendo mi sopa!". Mamá Osa gimió: "¡Alguien ha estado comiendo mi sopa!". Osito chilló: "¡Alguien ha estado comiendo mi sopa y se la ha comido toda!".
Luego, fueron al salón. Papá Oso gruñó: "¡Alguien se ha sentado en mi silla!". Mamá Osa gimió: "¡Alguien se ha sentado en mi silla!". Osito chilló: "¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto!".
Subieron las escaleras y entraron en el dormitorio. Papá Oso gruñó: "¡Alguien ha estado durmiendo en mi cama!". Mamá Osa gimió: "¡Alguien ha estado durmiendo en mi cama!". Osito chilló: "¡Alguien está durmiendo en mi cama!".
Ricitos de Oro se despertó sobresaltada al oír los gruñidos, los gemidos y los chillidos. Abrió los ojos y vio a los Osos Tenebrosos mirándola fijamente. Sus ojos brillaban con una luz roja y amenazante. El terror la invadió por completo.
Sin pensarlo dos veces, Ricitos de Oro saltó de la cama y corrió hacia la ventana. La abrió de golpe y saltó al vacío. Cayó al suelo con un golpe sordo, pero se levantó de inmediato y corrió, corrió tan rápido como pudo, alejándose de la cabaña y de los Osos Tenebrosos.
Corrió hasta que llegó al borde del Bosque Olvidado, donde la luz del sol comenzaba a filtrarse entre los árboles. Nunca volvió a entrar en ese bosque, y cada vez que oía un crujido en la noche, recordaba la Casa Crujiente y los Osos Tenebrosos, y el terror la recorría de nuevo.
Y dicen que, a veces, en las noches más oscuras, se puede oír el eco de los gruñidos, los gemidos y los chillidos de los Osos Tenebrosos resonando entre los árboles del Bosque Olvidado, buscando a la niña que se atrevió a entrar en su casa.
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