La Masa Mágica
Un niño se encuentra con una masa parlante que se escapa de un restaurante y juntos viven aventuras por la ciudad. La masa se transforma en diferentes formas, juega a los bolos y se hace un cambio de imagen en una peluquería. Finalmente, la masa se convierte en una pizza gigante que alimenta a todo el colegio del niño.

Ocurrió la mañana de un jueves cuando iba de camino al colegio como cualquier otro día. De pronto, lo que parecía una enorme pelota blanca, apareció rodando a toda velocidad por donde yo me encontraba. ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! Exclamó la bola hasta golpearme en las piernas y tirarme al suelo. Perdona pero ¿qué es lo que eres exactamente? Le pregunté con voz temblorosa mientras quitaba de mi pantalón un polvillo blanco y pegajoso e intentaba reponerme del susto. —Soy una masa—me dijo la bola. —Trabajo en el restaurante italiano de la esquina, pero me he escapado—añadió. Mi boca se abrió atónita como la de un dibujo animado. ¡Una gigante bola de masa me estaba hablando! Después de calmarnos me rogó ayudarla a descubrir mundo, pues había escapado de las manos de Giovani, un desagradable y gruñón chef italiano. Quería hacer algo divertido antes de ser horneada y convertirse en un rico plato para humanos. Era la primera vez que veía una masa que hablaba, así que pensé que llegar más tarde al colegio no sería un inconveniente si conseguía ayudarle. Metí la masa en mi mochila, donde se moldeó a la perfección, y nos dirigimos a la bolera. Allí la saqué fuera de nuevo y ella sola se dividió en tres perfectas bolas. Hinqué los dedos corazón, anular y pulgar en su blanco cuerpo y comenzamos a jugar. ¡Fue divertidísimo! Hicimos muchos plenos puesto que, aunque yo no siempre tiraba en la dirección correcta, la masa se movía hasta corregir el tiro y encontrar el punto exacto en el que poder derribar todos los bolos de una sola vez. La masa reía y gritaba de emoción a pesar de mis intentos por avisarle de que no era conveniente llamar la atención del encargado. A veces éste miraba alertado por los gritos sin saber muy bien de dónde provenían. Tres partidas después, volvió a juntarse en una sola bola y se escondió de nuevo en mi mochila. Mientras continuábamos andado por la ciudad, la masa se desbordaba por la cremallera de la mochila ansiosa por volver a salir. Llegamos a una calle en la que había varios mimos. Entonces de un solo brinco salió de mi mochila y se convirtió en una estatua griega. Iba cambiando su forma cada cinco minutos y guiñaba un ojo a los viandantes. ¡Qué divertido! Exclamaba. Algunos incluso nos lanzaron monedas. Al acabar nuestro periplo, su cuerpo estaba un poco deforme después de tanta transformación, así que se me ocurrió que debía ponerse en manos de un peluquero. El peluquero Patricio, que me conocía desde muy pequeño, era un artista. Cuando me vio aparecer allí con una masa que hablaba no dio crédito, pero pronto me ayudó y calmó a sus clientas, unas señoras que enseguida se relajaron con las bromas que hacía la masa. Patricio apareció con una bolsa de harina que compró en la panadería de al lado. Sentó a la masa primero en el sofá de lavarse el pelo y añadió agua por toda su redonda superficie para después colocarla en la silla frente al espejo. Le dio un par de revistas, espolvoreó la harina en la masa húmeda, redondeó bien la superficie y puso el secador de pelo enfocando alrededor de su cuerpo. Entonces ocurrió algo increíble…El aire caliente hizo que la masa se agrandara hasta alcanzar el techo. ¡Apenas cabía en la peluquería! La masa estaba encantada con el resultado estético y no paraba de darle las gracias a Patricio. ¡Jaime, vámonos, ya estoy perfecta! —me gritaba. Las señoras, Patricio y yo empujamos como pudimos su gigantesco y harinoso cuerpo que casi no cabía por la puerta. Una vez fuera, la masa se sinceró conmigo: - Jaime, he sido la masa más afortunada del mundo al encontrarte. No he podido disfrutar más de esta vida. Mi levadura, que es como tu oxígeno o tu sangre, ha llegado a niveles máximos con el calor y en breve podré ser comida. Ya no me queda tiempo. ¡Vamos a tu colegio! ¡No puedo permitir que tardes más en llegar! ¡Seré una pizza gigante para todos tus compañeros!. Abracé a la masa mientras se me caían algunas lágrimas. Llegamos al patio del colegio, los otros niños acababan de abandonar las aulas y enseguida se acercaron a ver a la gigante masa que alcanzaba el tamaño de un árbol. ¡A amasarla! Les grité. Todos los niños nos subimos a ella y la aplastamos haciendo una gigante pizza que ocupó todo el patio. Con ayuda de nuestras manos y pies hicimos que la masa muriera de gusto y de cosquillas. El calor del sol y del suelo del patio terminó de cocinarla. Los cocineros, maravillados, comenzaron a sacar tomate, queso e ingredientes. Los profesores hacían fotos con sus móviles incrédulos y Laura, la profesora de ciencias y matemáticas, calculaba a toda velocidad cómo repartir las porciones. Nadie se acordó de que había faltado al colegio. La noticia de la pizza gigante que alimentó a todo un colegio salió en todos los periódicos. Giovani, el chef gruñón italiano, denunció el robo de la masa mágica, pero Patricio y las señoras de la peluquería testificaron que la masa andaba y hablaba por sí sola. Fue así como la masa hizo historia para siempre y llenó cientos de estómagos de felicidad.
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