¡Pimienta y el Misterio de la Nariz Perdida!
El payaso Pimienta despierta y descubre que ha perdido su famosa nariz roja. Tras buscarla por todo el circo con la ayuda de sus amigos animales, descubre que un perrito travieso tiene un sustituto delicioso, solo para encontrar la verdadera nariz en el lugar menos pensado.

Había una vez, en un rincón muy colorido del gran Circo Arcoíris, un payaso llamado Pimienta. Pimienta no era un payaso común; era el payaso más saltarín, bromista y alegre de todo el mundo. Tenía unos zapatos gigantes que hacían ¡cuac-cuac! al caminar y unos pantalones tan anchos que parecían dos carpas de circo unidas por un botón dorado. Pero lo más importante de Pimienta era su nariz roja, redonda y brillante, que parecía una manzana de caramelo. Un día, justo cuando el sol despertaba y los pájaros empezaban a cantar, Pimienta se levantó de su cama de plumas, se estiró mucho, mucho, ¡hasta tocar el techo!, y se miró en el espejo para decirse ¡buenos días!. Pero algo terrible había pasado. Pimienta se tocó la cara y sintió un hueco frío. Luego miró el espejo y soltó un grito de payaso: ¡Oh, no! ¡Mi nariz! ¡Mi hermosa nariz roja ha desaparecido!. Pimienta estaba desesperado. Un payaso sin nariz es como un jardín sin flores o un helado sin sabor. Rápidamente, se puso su sombrero de rayas y salió corriendo de su carpa. ¡Tengo que encontrar mi nariz antes de que empiece la función!, exclamó mientras sus zapatos hacían ¡cuac-cuac, cuac-cuac! por todo el pasto verde. Primero, Pimienta fue a visitar a su amiga la elefanta Elvira. Elvira era muy grande y tenía una trompa larga que usaba para regar las plantas. Elvira, ¿has visto mi nariz roja?, preguntó Pimienta muy preocupado. La elefanta movió sus orejas gigantes y buscó entre sus baldes de agua, pero solo encontró una pelota de playa y un patito de goma. Lo siento, Pimienta, aquí no está, dijo Elvira con voz suave. Pimienta no se rindió y corrió hacia la jaula de los leones, que en realidad eran leones muy buenos que solo comían galletitas. El león Leo estaba peinando su melena con un peine de oro. Leo, amigo mío, ¿has visto mi nariz roja?. Leo miró debajo de su alfombra y detrás de sus juguetes, pero solo encontró un calcetín viejo y una cáscara de banana. Aquí no hay ninguna nariz, Pimienta, rugió bajito el león. El pobre payaso empezó a caminar muy triste. Se sentó en un banco de madera y pensó que la función del circo sería un desastre. Sin su nariz roja, no podría hacer reír a los niños de la sala de 3 años que venían a visitarlo. De repente, escuchó una risita muy pequeña que venía desde los arbustos. ¡Ji, ji, ji!, sonaba. Pimienta aguzó el oído. ¿Quién está ahí?, preguntó con curiosidad. De los arbustos salió saltando un pequeño perrito blanco con manchas negras llamado Manchi. Manchi era el perrito equilibrista del circo y siempre estaba haciendo travesuras. Lo más extraño era que Manchi llevaba algo en la boca... ¡algo redondo, rojo y muy brillante! ¡Mi nariz!, gritó Pimienta con alegría. Pero cuando se acercó para agarrarla, Manchi salió corriendo como un rayo. ¡Ven aquí, perrito travieso!, decía Pimienta mientras corría detrás de él. El perro corrió por la pista de aserrín, saltó sobre los trapecios bajos y se escondió detrás de las cortinas rojas. Pimienta lo seguía haciendo piruetas, tropezando con sus propios zapatos y dando volteretas en el aire. Sin darse cuenta, Pimienta estaba haciendo el acto más divertido de su vida. Los otros payasos, los malabaristas y hasta el director del circo se detuvieron a mirar la persecución. Pimienta saltaba obstáculos, se deslizaba por toboganes imaginarios y hacía caras graciosas mientras intentaba atrapar al perrito. Finalmente, Manchi se detuvo frente al gran espejo del camerino principal. Pimienta llegó jadeando, se arrodilló y le pidió al perrito: Por favor, Manchi, devuélveme mi nariz, que el público ya está llegando. El perrito, con un movimiento rápido de su cabeza, lanzó la nariz al aire. Pimienta saltó muy alto, hizo un triple giro y... ¡plaf!, la nariz aterrizó justo en medio de su cara. Pero algo no encajaba. Pimienta sentía la nariz muy blanda y, de repente, sintió un olor muy dulce, como a fresas y azúcar. Se miró al espejo y sus ojos se abrieron como platos. ¡No era su nariz de plástico! Era un tomate cherry gigante que el cocinero del circo había dejado olvidado y que Manchi había encontrado. Pimienta se echó a reír con tantas ganas que su panza subía y bajaba. En ese momento, sintió algo cosquilleándole el pie. Miró hacia abajo y vio que, escondida dentro de su propio zapato gigante, estaba su verdadera nariz roja. Se le había caído mientras dormía y se había quedado atrapada en el zapato todo el tiempo. Con su nariz de verdad puesta en su lugar y el tomate cherry en la mano, Pimienta se sintió el payaso más feliz del mundo. Pero la verdadera sorpresa ocurrió cuando la función comenzó. Pimienta salió a la pista y, en lugar de hacer sus trucos de siempre, llamó a Manchi. Juntos hicieron un acto donde el perrito le robaba la nariz y Pimienta tenía que recuperarla haciendo acrobacias. Los niños de sala de 3 años aplaudían y gritaban de risa, señalando la nariz roja que brillaba bajo las luces. Al final del espectáculo, Pimienta se acercó a los niños y les dio un secreto: A veces, lo que buscamos con tanta desesperación está más cerca de lo que imaginamos, ¡incluso dentro de nuestros propios zapatos!. Y así, con una gran reverencia y un último ¡cuac-cuac!, el payaso Pimienta y su amigo Manchi se convirtieron en las estrellas más grandes del Circo Arcoíris, enseñándoles a todos que hasta una nariz perdida puede convertirse en la mejor aventura de la vida.
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