Samanta y el Villano Vegetariano
Samanta, a girl who loves villains and wild animals, discovers a crying villain named Vladislav who cant be evil because hes vegetarian and allergic to evil potions. They become friends and create a wonderfully delicious garden together, proving that even villains can have a heart of gold.
A Samanta le gustaban los villanos. No los villanos que lastimaban a la gente, ¡no, no! Le gustaban los villanos de los cuentos, los que hacían travesuras y tenían planes secretos. También le gustaban mucho los animales salvajes: los leones con sus melenas doradas, los lobos que aullaban a la luna y hasta las serpientes que se deslizaban silenciosas entre la hierba. Su cuarto era un caos ordenado de libros de piratas, figuras de dinosaurios y peluches de animales que rugían (aunque en realidad no podían). Un día, mientras leía un libro sobre un malvado hechicero que quería convertir el sol en un helado gigante, Samanta escuchó un ruido extraño proveniente del jardín. Era un llanto suave, casi imperceptible. Dejó el libro a medio leer y salió corriendo, decidida a investigar. Encontró a un hombre alto y delgado, vestido con una capa negra un poco raída y un sombrero puntiagudo que se le caía constantemente sobre los ojos. Estaba sentado en el césped, rodeado de zanahorias mordisqueadas, y lloraba a moco tendido. "¿Está usted bien?" preguntó Samanta, acercándose con cautela. El hombre levantó la vista, revelando un rostro cubierto de pecas y unos ojos azules muy tristes. "¡Oh, no estoy bien, en absoluto! ¡Soy el villano más malo del mundo, pero… pero…!" Rompió a llorar de nuevo. Samanta frunció el ceño. Este villano no parecía muy amenazante. "¿Pero qué?" insistió. "Pero… ¡no puedo ser malvado! Soy alérgico a las malvadas pociones. Cada vez que intento conjurar un hechizo oscuro, estornudo sin parar. Y además, soy vegetariano", sollozó el villano. Samanta no pudo evitar reírse. "¿Vegetariano? ¿Un villano vegetariano? Eso sí que es nuevo." El villano se secó las lágrimas con la manga de su capa. "Me llamo Vladislav, y mi sueño era conquistar el mundo… ¡para plantar más zanahorias! Pero todos se ríen de mí." Samanta sintió pena por Vladislav. Le recordó a un cachorro perdido. "Yo creo que ser vegetariano es genial", dijo. "Y plantar zanahorias para todo el mundo suena bastante bien." Vladislav la miró con esperanza. "¿De verdad lo crees?" "¡Claro que sí!", exclamó Samanta. "Yo soy Samanta, y me gustan los villanos… y los animales salvajes. Tal vez podamos trabajar juntos." Vladislav se secó las últimas lágrimas. "¿Trabajar juntos? ¿Para qué?" "Para… ¡para crear el huerto más malvadamente delicioso del mundo! Podemos usar tus hechizos… bueno, tus estornudos… para ahuyentar a los pájaros, y yo puedo pedirle ayuda a mis amigos los animales", propuso Samanta, con una sonrisa. Vladislav sonrió tímidamente. "¿Crees que funcionaría?" "¡Sólo hay una manera de averiguarlo!", respondió Samanta, tomándole la mano. Juntos, Samanta y Vladislav comenzaron a trabajar en el jardín. Samanta le presentó a Vladislav a sus amigos: un gato siamés llamado Silvestre, un hamster muy inteligente llamado Einstein y una familia de conejos que vivían debajo de un arbusto de rosas. Al principio, los animales estaban un poco asustados de Vladislav, pero pronto se dieron cuenta de que era un villano muy peculiar. Vladislav usaba sus estornudos para espantar a los pájaros que intentaban comerse las semillas, y los conejos ayudaban a cavar los surcos. Silvestre vigilaba que no se acercaran intrusos, y Einstein… bueno, Einstein daba consejos científicos sobre la mejor manera de cultivar las zanahorias. Con el tiempo, el jardín se transformó en un lugar mágico, lleno de verduras, frutas y flores de todos los colores. La gente del pueblo venía a comprar los productos del huerto, y todos decían que eran los más deliciosos que habían probado jamás. Vladislav dejó de llorar y empezó a sonreír. Se dio cuenta de que no necesitaba conquistar el mundo para ser feliz. Le bastaba con cultivar zanahorias y tener amigos que lo quisieran tal como era. Y Samanta, que siempre había amado a los villanos, aprendió que incluso los más malvados pueden tener un corazón de oro… o al menos, un amor por las zanahorias. Un día, mientras Samanta y Vladislav regaban las plantas, un niño se acercó tímidamente al jardín. "¿Es verdad que aquí vive un villano?", preguntó. Samanta sonrió. "Sí", respondió. "Pero es el villano más bueno que conozco. ¿Quieres una zanahoria?" El niño asintió con entusiasmo, y Samanta le entregó una zanahoria recién cosechada. Vladislav sonrió, orgulloso de su huerto y de su amiga. Sabía que, aunque nunca conquistara el mundo, había encontrado algo mucho mejor: un lugar donde pertenecer, y una amiga que lo aceptaba tal como era, un villano… vegetariano. Y a Samanta le seguían gustando los villanos, especialmente los que plantaban zanahorias.
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