¡Sereno, Farolero y la Noche Iluminada!

A partir de: Cuando caía la noche en la Cuba colonial, las personas evitaban salir a la calle por miedo a la oscuridad, los animales salvajes y los cimarrones; pero todo eso cambió cuando llegaron los serenos. Durante el gobierno del teniente general Miguel Tacón (1834-1838) se mejoró el alumbrado público público y se introdujo una figura icónica en la noche habanera: el sereno. Este era un vigilante nocturno que patrullaba el vecindario encendiendo farolas y ocasionalmente anunciando la hora y el estado del tiempo en voz alta, además de arrestar a delincuentes si era necesario. Después de 1904, la electricidad pronto se impuso con lámparas de tungsteno. Las antiguas farolas de gas se adaptaron para el nuevo sistema y ello propició el surgimiento de un nuevo personaje: los faroleros. Estos sujetos, utilizando un palo fino y largo conectaban las farolas cuando caía la noche y las apagaban al amanecer. La presencia de los faroleros constó en Cuba hasta alrededor de 1950.

En la Cuba colonial, la oscuridad nocturna atemorizaba a la gente hasta que los serenos iluminaron las calles. Más tarde, con la llegada de la electricidad, los faroleros tomaron el relevo, encendiendo las lámparas y brindando seguridad. La historia celebra cómo estos personajes transformaron la noche habanera en un tiempo de esperanza y luz.

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Cuando el sol se escondía tras las palmeras en la Cuba colonial, un miedo silencioso envolvía las calles de La Habana. La oscuridad era espesa, como melaza, y los cuentos de animales salvajes acechando y cimarrones escondidos hacían que nadie se atreviera a salir. Los niños se acurrucaban junto a sus padres, esperando que la noche pasara rápido. Pero todo cambió cuando llegó Don Miguel Tacón, un teniente general con una idea brillante. “¡Necesitamos luz!”, exclamó. Y así fue como nacieron los serenos, los guardianes de la noche. El primer sereno de La Habana se llamaba Don Ramón. Era un hombre alto y fuerte, con un bigote espeso y una voz que resonaba como un tambor. Cada noche, Don Ramón se vestía con su uniforme azul oscuro, tomaba su larga vara y salía a patrullar las calles. Su misión era encender las farolas de aceite que, poco a poco, iluminaban la ciudad. ¡Clic, clac! Sonaba la vara de Don Ramón al levantar la tapa de cada farola. Con una pequeña antorcha, prendía la mecha, y una suave luz dorada comenzaba a danzar, espantando las sombras. Además de encender las farolas, Don Ramón anunciaba la hora y el estado del tiempo con su vozarrón: “¡Las nueve de la noche, y una brisa suave del mar!”. A veces, si veía a alguien haciendo travesuras, lo reprendía con firmeza, pues también era su deber mantener el orden. Los niños, al principio, le tenían un poco de miedo a Don Ramón, pero pronto se dieron cuenta de que era un hombre bueno que solo quería protegerlos. Empezaron a saludarlo cuando lo veían pasar, y Don Ramón siempre les respondía con una sonrisa. La noche en La Habana ya no era tan aterradora. La luz de las farolas y la voz de Don Ramón daban seguridad y tranquilidad. Pasaron los años, y la tecnología avanzó. El aceite de las farolas fue reemplazado por gas, haciendo la luz aún más brillante. Pero Don Ramón seguía allí, fiel a su trabajo, encendiendo las farolas una por una. Un día, llegó a La Habana una nueva maravilla: ¡la electricidad! Lámparas brillantes, hechas con un metal llamado tungsteno, prometían iluminar la ciudad como nunca antes. Las antiguas farolas de gas no fueron desechadas, sino adaptadas para usar la electricidad. Y con la electricidad, surgió un nuevo personaje: ¡el farolero! Don José era el farolero del barrio de El Vedado. Era un hombre delgado y ágil, con una sonrisa contagiosa. Su trabajo era conectar las farolas eléctricas al caer la noche y apagarlas al amanecer. Para ello, usaba un palo largo y fino, con un gancho en la punta. Con destreza, enganchaba el interruptor y ¡zas!, la farola se encendía, inundando la calle de luz blanca y brillante. Los niños adoraban a Don José. Lo seguían por las calles mientras encendía las farolas, observando con fascinación cómo la oscuridad se desvanecía. Don José les contaba historias de duendes que vivían en las farolas y de cómo la luz los mantenía alejados. Una noche, un grupo de niños jugaba al escondite en la oscuridad. Sin darse cuenta, se alejaron demasiado del alcance de las farolas y se perdieron. Estaban asustados y comenzaron a llorar. De repente, escucharon un silbido familiar. Era Don José, que había notado su ausencia. Con su largo palo, encendió todas las farolas de la zona, iluminando el camino de regreso a casa. Gracias a Don José, los niños aprendieron que la luz no solo espantaba la oscuridad, sino que también guiaba y protegía. Los serenos y los faroleros, cada uno a su manera, habían hecho de La Habana un lugar más seguro y hermoso. Aunque las farolas de gas y los serenos desaparecieron con el tiempo, y los faroleros dejaron de verse alrededor de 1950, la historia de Don Ramón y Don José se sigue contando en La Habana, recordando a todos que incluso en la noche más oscura, siempre hay una luz que puede guiarnos. Y así, la noche en La Habana, iluminada por el trabajo de serenos y faroleros, se convirtió en un tiempo de seguridad y esperanza, donde los niños podían soñar y jugar sin temor a la oscuridad.

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Publicado el 14/04/2026

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Apr 14, 2026630🇪🇸 ES
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