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Zac era un niño muy curioso que vivía en un pequeño pueblo rodeado de huertos y granjas. Le encantaba explorar, especialmente el huerto de su abuela, Doña Elena, donde crecían las zanahorias más grandes y jugosas del mundo. Un día, mientras buscaba la zanahoria perfecta para su conejo, Bigotes, Zac escuchó un gemido muy extraño.
"Uuuuuuh..."
Al principio pensó que era el viento, pero el gemido se repitió, esta vez más cerca. Con el corazón latiendo a mil por hora, Zac se escondió detrás de una mata de tomates y espió. ¡Lo que vio lo dejó boquiabierto! Del medio del huerto, tambaleándose entre las lechugas, venía... ¡un zombi!
Pero este zombi era diferente. No tenía la piel verde y podrida como los zombis de las películas. En cambio, era de un color verde pálido, casi como una hoja de espinaca, y en lugar de gruñir con ferocidad, parecía más bien cansado y hambriento.
Zac, armado con su valentía y una zanahoria gigante, salió de su escondite.
"¡Eh, tú! ¡Zombi! ¿Qué haces en el huerto de mi abuela?", preguntó Zac, intentando que su voz sonara firme.
El zombi se detuvo y giró lentamente su cabeza hacia Zac. Sus ojos eran grandes y redondos, y parecían… tristes.
"Uuuuuuh... hambre...", gemió el zombi.
Zac se acercó con cautela. Notó que el zombi no intentaba atacarlo. De hecho, parecía demasiado débil para siquiera levantar los brazos.
"¿Hambre? ¿De qué tienes hambre? ¿Cerebros?", preguntó Zac, recordando las películas de zombis.
El zombi hizo una mueca de asco. "¡Cerebros! ¡Puaj! ¡No! ¡Hambre... de... verduras!"
Zac parpadeó sorprendido. ¿Un zombi vegetariano? ¡Eso sí que era raro!
"¿Verduras? ¿En serio?", preguntó Zac, incrédulo.
El zombi asintió con la cabeza, sus ojos brillando al ver la zanahoria gigante que Zac sostenía.
"¿Puedes... darme... zanahoria?", suplicó el zombi con voz débil.
Zac no lo dudó. Le ofreció la zanahoria al zombi, quien la agarró con manos temblorosas y empezó a mordisquearla con entusiasmo.
"¡Ñam! ¡Delicioso! ¡Gracias!", dijo el zombi, con la boca llena de zanahoria.
Zac se sentó junto al zombi y le preguntó cómo había llegado al huerto de su abuela. El zombi le contó que se llamaba Verdurasio y que había escapado de un laboratorio secreto donde lo obligaban a comer… ¡carne! Verdurasio odiaba la carne. Lo único que le gustaba eran las verduras frescas.
Zac sintió pena por Verdurasio. Decidió ayudarlo a esconderse en el huerto de su abuela y alimentarlo con verduras hasta que encontraran una forma de regresarlo a su hogar.
Durante los siguientes días, Zac y Verdurasio se hicieron muy amigos. Zac le enseñó a Verdurasio a cultivar verduras y Verdurasio le contó historias sobre el laboratorio secreto y sus planes para crear un ejército de zombis carnívoros.
Un día, mientras cosechaban tomates, Doña Elena apareció en el huerto. Zac intentó esconder a Verdurasio, pero ya era demasiado tarde. Doña Elena lo vio.
"¿Qué es eso, Zac? ¿Un espantapájaros muy raro?", preguntó Doña Elena, con una ceja levantada.
Zac tragó saliva y le contó toda la verdad a su abuela. Al principio, Doña Elena se sorprendió mucho, pero al ver lo triste y hambriento que estaba Verdurasio, sintió compasión.
"¡Ay, hijo! ¡Pobre criatura! No podemos dejarlo morir de hambre. Vamos a darle de comer a este zombi vegetariano", dijo Doña Elena con una sonrisa.
Doña Elena y Zac se unieron para cuidar a Verdurasio. Le preparaban deliciosas ensaladas, sopas de verduras y jugos de frutas. Verdurasio se puso cada vez más fuerte y feliz.
Un día, Verdurasio les contó que había escuchado rumores de que el laboratorio secreto planeaba enviar un equipo para buscarlo. Tenían que encontrar una forma de proteger a Verdurasio.
Zac tuvo una idea brillante. Recordó que su abuela era famosa por sus disfraces. ¿Por qué no disfrazaban a Verdurasio de espantapájaros?
Doña Elena se puso manos a la obra. Le cosió a Verdurasio un disfraz de espantapájaros con paja y retazos de tela. Verdurasio se veía tan convincente que nadie sospecharía que era un zombi vegetariano.
Cuando el equipo del laboratorio secreto llegó al huerto de Doña Elena, buscaron por todas partes, pero no encontraron a Verdurasio. Pensaron que se había escapado y se fueron con las manos vacías.
Verdurasio estaba a salvo. Decidió quedarse a vivir en el huerto de Doña Elena y ayudarla a cultivar las verduras más deliciosas del mundo. Zac y Verdurasio siguieron siendo los mejores amigos, y el huerto de Doña Elena se convirtió en el lugar más feliz del pueblo, gracias a un niño valiente y un zombi vegetariano que amaba las zanahorias. Y Bigotes, el conejo, estaba muy contento de tener siempre zanahorias frescas a su disposición.
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