ENTRE SANTA OLGA PAHUIL Y LOTA
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ENTRE SANTA OLGA PAHUIL Y LOTA

Este libro no nace desde la perfección. Nace desde las grietas. Desde esas heridas invisibles que no siempre se cuentan, pero que marcan la vida para siempre. Nace del dolor que muchas veces guardé en silencio, de decisiones difíciles que tuve que tomar aun con miedo, y de aquellos momentos en los que sentí que todo se derrumbaba… pero, de alguna forma, encontré fuerzas para seguir. Cada página que hoy sostienes es un fragmento de mi historia. De mis caídas, de mis luchas, de mis errores… pero también de mis aprendizajes y de esa fortaleza que no sabía que habitaba en mí. No fue un camino fácil. Hubo noches largas, lágrimas calladas, dudas que pesaban más que las certezas. Hubo silencios que dolían y batallas que libré sin que nadie las viera. Pero en medio de todo eso, también existió el amor. La esperanza. Y esas personas que, con gestos pequeños o grandes, fueron sosteniéndome cuando sentía que ya no podía más. Este libro no es solo mío. Es también de cada mujer que alguna vez sintió que el mundo se le venía encima. De aquellas que han dudado de su valor, que han creído que ya es tarde, que han pensado en rendirse… pero que, aun así, han encontrado la forma de levantarse una vez más. Si este libro ha llegado a tus manos, no es casualidad. Tal vez estás buscando respuestas. Tal vez necesitas un poco de luz. O tal vez solo quieres sentir que no estás sola. Sea cual sea la razón, quiero que te quedes con esto: Sí, se puede salir adelante. Sí, se puede volver a creer. Sí, se puede reconstruir una vida, incluso desde las ruinas. Porque incluso en los momentos más oscuros… cuando todo parece perdido… siempre existe la posibilidad de renacer. PARTE I RAÍCES QUE FORJAN EL ALMA Donde todo comienza Mis padres fueron padres adolescentes. Pasaron de ser niños a convertirse en adultos casi sin darse cuenta, aprendiendo sobre la marcha lo que significaba criar, sostener y resistir. Nací el 9 de noviembre de 1993, en el Hospital Dr. Benjamín Pedreros, en el pequeño pueblo de Chanco. Ahí comenzó una historia marcada por cambios, aprendizajes y momentos que, sin saberlo entonces, definirían gran parte de quien soy hoy. Capítulo 1. Mi infancia transcurrió en Santa Olga, un lugar que no solo fue mi hogar, sino también el escenario de mis primeros recuerdos. Años más tarde, el 25 de enero de 2017, un incendio arrasó por completo con el pueblo, llevándose casas, calles… y parte de la historia de muchas familias, incluida la mía. Pero antes de ese día, Santa Olga era vida. Ahí crecí. Ahí fui niña. Estudié en el Liceo Enrique Mac Iver, desde preescolar hasta quinto básico. En ese lugar no solo aprendí materias, también comencé a descubrir quién era. Recuerdo especialmente a la inspectora Maridoris, quien le decía a mi madre que confiara en mí, que yo tenía un gran potencial y que algún día sería una profesional. En ese tiempo no entendía sus palabras; hoy sé que ella vio algo que yo aún no lograba ver. También le llamaba la atención a mi mamá. Le decía que no me hiciera los trabajos, que no me mimara tanto, porque yo era capaz. Y tenía razón. Capítulo 3. En Santa Olga también formé amistades que marcaron mi infancia, como Giselle, mi gran amiga, con quien compartí juegos, risas y travesuras. Pero hay alguien que no puedo dejar de nombrar: mi amigo Pin. Con él viví algunas de las aventuras más simples y felices de mi niñez. Éramos creativos, inquietos y llenos de imaginación. Se nos ocurrían cosas como prender fuego y colocar una lata de jurel vacía, simulando que era una tetera. Según nosotros, estábamos “preparando mate”. Nos sentábamos a su alrededor, jugando a ser grandes, riendo sin saber los riesgos, viviendo ese mundo inocente que solo los niños pueden crear. También jugábamos cerca del risco, donde estaba mi primera casita humilde pero acogedora, con un gallinero que se transformaba en nuestro universo. Jugábamos a ser el gallo y la gallina, riendo sin parar. Hasta que un día todo cambió en un segundo: me resbalé y caí, fracturándome un pie. Aun así, ese momento no borró nuestra alegría. Después, cuando ya podía moverme, Pin me paseaba en un coche improvisado, y entre risas transformamos el dolor en otro recuerdo más. Así era nuestra infancia: simple, intensa y real. Recuerdo también el patio de greda del liceo, especialmente en los días de lluvia. Terminábamos completamente embarrados, riendo sin importar nada más. No había tecnología ni distracciones… solo juegos, libertad y momentos verdaderos. Con mi amiga también inventábamos pequeñas mentiras para poder salir a jugar. Éramos niñas, queríamos libertad, queríamos aprovechar cada instante. Capítulo 2. Recuerdo nuestro árbol de Navidad. Era natural: íbamos al bosque a buscarlo. Lo adornábamos con algodón, serpentinas y dulces. No tenía luces, porque no teníamos. Tampoco había regalos. Pero éramos felices. Aunque esa noche ocurrió algo mágico. Mi vecina Margarita entró por la ventana de nuestra casa y dejó regalos para todos. Yo la descubrí… porque era la única que me decía “Yisenia”. Ese acto de amor quedó en mi memoria como uno de los más hermosos de mi vida. No todo fue fácil. También viví burlas y rechazo por parte de compañeros del colegio. Como mi padre no estaba mucho en casa, me decían “guacha”. Se burlaban del trabajo de mi mamá, que hacía aseo en la plaza, diciendo que recogía basura, que era barrendera, y que eso era lo que comíamos. En ese tiempo era la ley del más fuerte. Y yo me defendía a golpes. Era la única forma en que lograba que me respetaran. En silencio, también enfrenté problemas que hoy reconozco como trastornos alimenticios y depresión. A tan corta edad conocí el dolor profundo. Hubo momentos en que intenté rendirme… pero algo siempre me sostuvo. Hoy lo entiendo como una fuerza mayor, como Dios, que no permitió que mi historia terminara ahí. A pesar de todo… fui feliz. Porque mi infancia no fue solo dolor. Fue también amor, juegos, personas buenas y momentos que aún viven en mí. Santa Olga no fue solo un lugar. Fue el inicio de mi historia… y el hogar donde aprendí que, incluso en medio de la escasez, el amor puede hacerlo todo. PARTE II EL REFUGIO DEL CORAZÓN Capítulo 4. Pahuil no fue solo un lugar en el mapa. Fue mi refugio. Mi segunda casa. Mi segundo hogar. Desde que tenía apenas cinco años, comencé a viajar hacia allá como quien regresa a un lugar seguro. Cada fin de semana o feriado se transformaba en una promesa: volver a los brazos de mi tita. Aún puedo verme en Puente Cerro Alto, esperando el bus, con esa mezcla de impaciencia y alegría que solo tiene la infancia. Los conductores de los buses Orellana ya me conocían. Me miraban y sonreían. —¿Vas a ver a la abuelita? —me preguntaban. —Sí —respondía yo, con una felicidad que no necesitaba explicación. A veces me quedaba dormida durante el trayecto. Pero ellos, con una ternura silenciosa, siempre se aseguraban de despertarme justo a tiempo. Como si entendieran que ese viaje era importante. Como si supieran que al otro lado del camino me esperaba el amor. Y ahí estaba ella. Mi tita. Georgina Cárdenas. La “señora Ginito” para muchos… pero para mí, mucho más que un nombre: un pilar. En su casa, en la Población Las Rosas, no solo encontraba cariño. También encontraba enseñanzas. Porque amar, para ella, también era formar. Cada vez que quería salir a jugar, aparecían las hojas de ejercicios: sumas, restas, multiplicaciones, divisiones. Largas, interminables a los ojos de una niña. —Primero las tareas —decía firme. Y no había negociación. Muchas veces mis amigos llegaban en grupo a buscarme —Yajaira, Cristina, Pablo, Alejandro, Rocío—, riendo, insistiendo, llamándome desde afuera. Pero la respuesta era siempre la misma: —No, hasta que termine. En ese entonces no lo entendía. Me frustraba. Me enojaba. Hoy lo agradezco. Porque entre números y cuadernos, mi tita me enseñó disciplina, constancia… y el valor de hacer las cosas bien. Pero no todo eran tareas. Al lado de su casa había un sitio que para nosotros era un mundo entero. Ahí jugábamos, corríamos, inventábamos historias. No necesitábamos mucho. Solo tiempo, compañía… y libertad. Mi tita también me enseñó algo que marcaría mi forma de ser: el respeto. Por eso yo le decía “tía” a mi tía Hilda. No por costumbre, sino por enseñanza. Porque así se honra a quienes uno quiere. Ella siempre me recibía con cariño. Yo corría a abrazarla sin pensar. Hoy ya no está. Pero hay ausencias que no se sienten vacías… porque siguen habitando en los recuerdos. A veces aún la imagino sentada junto a la estufa, o al brasero, con un mate en la mano, como si el tiempo no hubiera pasado. También hay nombres que guardo en el corazón: , mi nene José, la Jimena mi tío Mario… personas que hoy descansan en Dios, pero que siguen vivas en mi memoria. Y otros que siguen presentes, como mi tío Guille, mi tía Minda, mi tía Cotito, o mi vecina Fresia, que siempre fue un amor. La vida en Pahuil estaba hecha de pequeñas cosas. De ir al negocio de don Tichito. De ver a don Carlitos cantar cuecas con su guitarra, llenando el aire de alegría. De pasar por la carnicería de don Orlandito o por el negocio de don Luis, que con el tiempo creció junto al pueblo. Jugábamos en los juegos de la posta, que no eran los más bonitos, pero para nosotros eran suficientes. Porque la infancia no necesita perfección… necesita libertad. Recuerdo las caminatas con mi tita por el camino al bosque. Correr sin rumbo, saltar, reír. Salir a buscar piñas para encender la estufa. Sentir el frío en las manos y el calor del hogar al volver. Recuerdo la comida, el mar, los silencios tranquilos… pero, sobre todo, recuerdo el amor. Porque eso era Pahuil: amor en su forma más simple. También recuerdo a mi vecina Teito, que tenía un pequeño ciber. Un computador, un teléfono… algo que en ese tiempo parecía un lujo. A veces iba a llamar a mi familia. Porque antes, comunicarse no era tan fácil. Era una niñez distinta. Más lenta. Más real. La televisión no dominaba nuestros días. No había pantallas constantes. Había vida afuera, en la calle, en los juegos, en las conversaciones. Cada momento era único. Irrepetible. Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo algo con claridad: fui profundamente bendecida. Mi tita no solo me cuidó. Me formó. Me enseñó a cocinar, a barrer, a cortar leña, a hacer mi cama. Me enseñó a ser independiente, a valerme por mí misma. Me enseñó, sin decirlo, que la vida no siempre es fácil… pero que una mujer fuerte siempre encuentra la forma de salir adelante. Y también le agradezco a mi mamá. Porque gracias a ella, tuve la oportunidad de vivir todo eso. De ser feliz en ese lugar. De tener una infancia que, aunque sencilla, fue profundamente rica en lo que realmente importa. Pahuil no fue solo un destino de viajes. Fue un lugar donde crecí por dentro. Un lugar que, hasta el día de hoy, sigue siendo parte de mí. Capítulo 5. Cada vez que llegaban las vacaciones, algo dentro de mí se encendía. No era solo el descanso del colegio… era la promesa de un nuevo viaje. Con mi tita, cada salida se transformaba en una aventura. A veces era la playa, otras veces distintos rincones del sur, pero siempre había algo en común: la ilusión de partir juntas. Cuando tenía siete años, vivimos uno de los viajes más significativos de mi vida. Fuimos a Chiloé, a la isla de Quehui, donde vivían sus padres. No era un viaje corto ni sencillo. Era largo, cansador… pero lleno de emoción. Todo comenzaba en Pahuil, desde donde viajábamos a Cauquenes. Luego tomábamos otro bus —Turbus o los antiguos buses Jack— que nos llevaba hasta Castro. Y desde ahí, venía una de las partes más especiales: la lancha que cruzaba hacia la isla. El mar se abría frente a mis ojos como algo inmenso, casi infinito. Al llegar, nos esperaba mi tío Rubén, hermano de mi tita, quien nos llevaba en su camioneta hasta la casa de mi bisabuela. Y ahí estaba. Una casa verde, hermosa, con miradores en el segundo piso. Rodeada de árboles frutales, rosales y flores de todos los colores. Había animales por todas partes, y muy cerca, el mar. Siempre el mar. Para mí, ese lugar era mágico. Cerca de la playa había un bote donde pasaba horas jugando. No necesitaba nada más. Solo ese espacio, el sonido del viento y la sensación de estar viviendo algo especial. Con mi tita siempre llevábamos provisiones: frutas, verduras… y muchas ganas de disfrutar. Cuando la marea bajaba, salíamos a mariscar. Ella me enseñaba con paciencia, mostrándome cómo sacar los mariscos desde la arena. Yo me reía cuando ella se quedaba atascada, pero cuando me pasaba a mí, el miedo aparecía. Y ella, con esa mezcla de firmeza y amor, solo decía: —Sal como puedas. Y yo salía. Así aprendí. Así crecí. No fue un solo viaje. Fueron muchos. Con el tiempo, recorrí distintos lugares de Chiloé: Castro, Chonchi, Dalcahue… y muchas otras islas que quedaron guardadas en mi memoria. Caminé entre iglesias llenas de historia, algunas silenciosas por dentro, otras imponentes por fuera. Pero había algo que me fascinaba profundamente: los palafitos de Castro. Esas casas sobre el agua despertaban en mí una curiosidad infinita. Me preguntaba cómo estaban construidas, cómo resistían… cómo podían sostener vida sobre el mar. Eran preguntas de niña, pero llenas de asombro. Los viajes con mi tita eran mucho más que desplazarse de un lugar a otro. Eran momentos de conexión, de complicidad, de amor. Siempre llevábamos algo rico en nuestra canasta. Y ella, como buena abuela, cumplía todos mis gustos. Si quería zapatos de taco, me los compraba. Si quería algo especial para comer, también. Yo era —y sigo siendo— su nieta regalona. Aunque ella diga que quiere a todos por igual… hay cosas que se sienten, no se explican. Éramos inseparables. Cada viaje dejó huellas profundas en mi alma. Recuerdos que no se borran, que no se reemplazan, que no se olvidan. Pero con el tiempo, la vida comenzó a cambiar. Los viajes se hicieron menos frecuentes cuando su salud empezó a deteriorarse. Ya no era tan fácil moverse, planificar, recorrer. Poco a poco, nuestras aventuras se fueron transformando en visitas. Hasta que un día, todo cambió. Falleció su madre, mi bisabuela. Ese fue el último viaje que hicimos juntas a la isla. Después de eso, nada volvió a ser igual. Nuestras grandes aventuras llegaron a su fin… pero dejaron algo mucho más importante: recuerdos que no tienen precio. Recuerdos que viven en mí. Hubo incluso un viaje que nunca se realizó. Lo habíamos planeado, lo habíamos soñado… pero un accidente cambió todo. Esa vez, los roles se invirtieron. Me tocó cuidarla a ella. Y no me arrepiento de nada. Porque cuando el amor es verdadero, cuidar también es una forma de agradecer. Hasta hoy seguimos juntas, con altos y bajos. No soy perfecta, y sé que a veces la he defraudado. Pero hay algo que nunca ha cambiado: ella siempre ha estado para mí… y yo siempre estaré para ella. Hay un momento que guardo con especial cariño: los trayectos en transbordador. Me bajaba del bus y subía al mirador. Me quedaba en silencio, mirando la inmensidad del mar. Sintiendo el viento, escuchando el agua… sabiendo que no estaba sola. Porque ella estaba ahí. Y mientras ella estuviera a mi lado… cualquier lugar del mundo se sentía como hogar PARTE III CUANDO LA VIDA CAMBIA DE RUMBO Capítulo 6. Hay decisiones que cambian la vida sin pedir permiso. Y hay madres que, aun con miedo, eligen dar ese paso. Un día, mi mamá decidió que nos iríamos de Santa Olga. No fue una decisión fácil. Fue una decisión valiente. Lo hizo pensando en nosotras, en nuestro futuro, en darnos oportunidades que ella sabía que en ese lugar ya no estaban. En ese entonces, yo no entendía. Hoy… lo agradezco con todo mi corazón. Recuerdo esa tarde como si fuera ayer. Después del colegio, mi mamá me envió donde mi tita, en Pahuil. Necesitábamos dinero para completar el pago del flete. Nos iríamos esa misma noche. Yo fui sin cuestionar, sin comprender realmente lo que estaba ocurriendo. Cuando llegué, mi tita me recibió como siempre: con amor, con esa alegría que llenaba cualquier espacio. Pero cuando le conté que nos íbamos, su expresión cambió. Fue como si el tiempo se detuviera por un instante. Nuestra rutina era sagrada. Cada viernes, después del colegio, yo tomaba el bus hacia su casa. Pasaba el fin de semana con ella y luego regresaba. Era nuestro tiempo, nuestro refugio. Y de pronto… todo eso se terminaba. Irnos significaba más que un cambio de casa. Significaba dejar atrás una parte de mí. Pero yo era niña. Y como muchos niños, simplemente acepté. Capítulo 7. Llegamos a la ciudad de Los Ángeles, en la región del Biobío. Nos instalamos en una casa con grandes ventanales. A un costado vendían chatarra, y en la segunda casa del sector vivía mi tía Mili, quien siempre fue cercana y cariñosa con nosotras. Pero ese nuevo comienzo no fue fácil. Los fines de semana, sin darme cuenta, repetía el mismo ritual: armaba mi mochila con ropa, convencida de que iría donde mi tita. —Hija, ¿qué estás haciendo? —me preguntaba mi mamá. —Preparando mi bolso para ir donde mi tita —respondía, como si todo siguiera igual. Y entonces venía esa frase que me rompía por dentro: —No alcanzas a llegar… son muchas horas de viaje. Ahí comenzaron los primeros choques. La realidad no coincidía con lo que yo sentía. Tuve que aprender, de golpe, que no todo en la vida se puede repetir. Que hay cosas que cambian… aunque uno no quiera. Como llegamos a mitad de año, entré a un colegio donde no fui bien recibida. Me sentía fuera de lugar. Los profesores no eran cercanos, no había empatía, incluso llegaron a perder mi documentación. Mis compañeros me aislaban, me ignoraban. Era un lugar donde no encajaba. Un lugar donde me sentía sola. Pero en medio de esa oscuridad, apareció una luz. Valeska. Fue la única que se acercó, la única que me miró sin prejuicios, la única que decidió conocerme de verdad. Me acompañó, me sostuvo, me hizo sentir que no estaba completamente sola. Hasta hoy, nuestra amistad sigue viva. Y eso dice mucho de lo que fuimos. Ese año no fue fácil. Y al terminarlo, supe que no podía seguir ahí. Le pedí a mi mamá que me cambiara de colegio. Necesitaba empezar de nuevo. Así llegué al colegio Diego de Almagro N°74. Recuerdo perfectamente ese día. Era época de vacaciones y el colegio estaba abierto por una ceremonia. Fue ahí donde conocimos a la directora, la tía Mari, María Liur. Una mujer pequeña en estatura, pero enorme en calidez. —No se preocupe —le dijo a mi mamá—, traiga los papeles. Aquí la recibimos con los brazos abiertos. Y así, sin saberlo, comenzó una etapa que marcaría mi vida. En ese colegio viví séptimo y octavo básico. Fue ahí donde volví a sentirme parte de algo. Donde conocí profesores que dejaron huella: el profesor Enzo Sepúlveda, el profesor Daniel, la tía Loreto, la tía Mónica, la tía Tita y tantas otras personas que aportaron a mi formación. Pero hubo alguien en especial. Mi profesor jefe de inglés, Ricardo Salazar. Él no solo enseñaba un idioma. Él enseñaba a creer. —Estudia —me decía—, porque el día de mañana serás grande. Y yo, poco a poco, comencé a creerle. En ese colegio fui candidata a reina… y terminé siendo reina de la promoción 2017. Fue algo simbólico, pero para mí significó mucho más: fue una señal de que estaba cambiando, de que podía ser vista, valorada. De que podía brillar. También formé amistades que marcaron mi vida: Angélica Gatica, Jonathan Mora, Sergio Crisosto… y Franco. Franco no fue solo un amigo. Fue un hermano del alma. Su partida, en un trágico accidente, dejó un vacío que aún duele. Hay ausencias que nunca se llenan, solo se aprenden a llevar. Al terminar la enseñanza básica, llegó otra decisión importante: dónde continuar mis estudios. Postulé a tres liceos. Al que más quería entrar… no quedé. A pesar de mi esfuerzo, a pesar de mis notas. Fue frustrante. Pero la vida, muchas veces, tiene otros planes. Ingresé al Liceo Don Orione. Un lugar exigente, donde la disciplina era parte del día a día. Ahí conocí a personas que también dejaron huella: mi profesor jefe Patricio León, el padre Ferrini, el director Alfonso Riquelme, y los inspectores que nos enseñaban responsabilidad incluso desde la exigencia. También llegaron nuevas amistades, como mi querida Carlita Alonso, quien me enseñó cosas tan simples —y tan importantes— como usar un computador. Compartí con compañeras como Macarena y Angie, con quienes construí recuerdos que aún conservo. Y fue ahí donde viví mi primer gran amor. Una relación que duró tres años, llena de aprendizajes, compañía y cariño. Hoy la recuerdo con respeto, porque fue parte de mi crecimiento. También fue en ese lugar donde tomé una decisión que marcaría mi camino: estudiar Administración de Empresas. No lo sabía en ese momento… pero esa elección cambiaría mi vida. Me entregó herramientas, seguridad y una nueva forma de mirar el futuro. Para poder titularme, debía realizar mi práctica profesional. Y sin saberlo, ese paso me llevaría a otro capítulo de mi historia. Un nuevo lugar. Un nuevo desafío. Lota. PARTE IV CRECER EN MEDIO DE LA TORMENTA Capítulo 8 Después de tantos cambios, la vida volvió a moverse bajo mis pies. Y con ese movimiento, llegó una nueva etapa. Mis padres ya no estaban juntos, y mi mamá decidió radicarse por un tiempo en Lota. Yo, sin pensarlo demasiado, decidí irme con ella. No sabía exactamente qué me esperaba… pero algo dentro de mí entendía que ese cambio también era parte del camino. No imaginaba cuánto me iba a transformar. Fue en ese lugar donde realicé mi práctica profesional como Técnico en Administración de Empresas. Me asignaron al hospital de Lota, específicamente en el área de bodega y adquisiciones. Recuerdo mis primeros días. Los nervios, la inseguridad, esa sensación de no saber si sería capaz. Pero, al mismo tiempo, había algo más fuerte: las ganas de aprender, de demostrarme a mí misma que podía. Y entonces aparecieron ellas. Personas que no solo cumplieron un rol… sino que dejaron huella. La señora Anita, mi tutora, me recibió con una calidez que no se olvida. Con paciencia infinita, me enseñó paso a paso cada procedimiento: órdenes de compra, solicitudes, el uso de la plataforma Chile Compra. Nunca hubo prisa en sus palabras, nunca hubo molestia en repetir una explicación. Me enseñó desde el respeto. Desde la vocación. Y también estaba la señora Alejandra. Ella fue más que una guía laboral. Fue apoyo, fue contención, fue impulso. En momentos en que dudaba de mí, ella aparecía con palabras simples pero poderosas. Me enseñó a confiar. A no rendirme. A creer que sí era capaz. Fueron tres meses intensos. Días de aprendizaje constante, de errores, de avances, de pequeñas victorias que iban construyendo algo más grande dentro de mí. No solo aprendí lo técnico. Aprendí lo que significa trabajar con responsabilidad. Aprendí el valor del compromiso. Aprendí que creer en uno mismo no siempre es fácil… pero es necesario. Ellas veían en mí algo que yo recién comenzaba a descubrir. —Tienes potencial —me decían. Y por primera vez… empecé a creerlo. Cuando terminó mi práctica, me fui con el corazón lleno. Orgullosa, agradecida, distinta. Recuerdo ese momento como un antes y un después. Mi evaluación fue de excelencia. Ese reconocimiento fue enviado a mi establecimiento, pero más allá de un papel, fue una confirmación interna: todo el esfuerzo había valido la pena. Por primera vez, sentí que estaba avanzando de verdad. Que todo lo vivido tenía sentido. Pero Lota no fue solo aprendizaje profesional. Fue también un espacio de cercanía. Un lugar donde volví a conectar con mi mamá, desde otro lugar, desde otra etapa de la vida. Y también apareció alguien importante: Marcelo. Con el tiempo, él se convirtió en mucho más que la pareja de mi mamá. Se convirtió en una figura paterna, en un apoyo real, en alguien que eligió estar. Con él aprendí algo fundamental: que la familia no siempre es la que nace contigo… a veces, es la que se construye con amor. En Lota conocí sus playas, sus mercados, su gente, su ritmo. Era un lugar distinto, con otra energía, otra forma de vivir. Y sin darme cuenta, comencé a mirar el mundo con otros ojos. Más madura. Más consciente. Más fuerte. Porque crecer no siempre se nota de un día para otro… pero se siente. Y así, con el corazón lleno de aprendizajes, regresé a Los Ángeles. No era la misma. Era una versión más firme de mí misma. Más segura. Más preparada para lo que vendría. Sin saber que la vida… aún tenía muchas lecciones guardadas para mí. . Capítulo 9 Hay etapas que se cierran en silencio… y otras que nos empujan, sin aviso, hacia la vida adulta. Había terminado cuarto medio. Había realizado mi práctica profesional en el hospital de Lota y obtenido mi título como técnico de nivel medio en Administración de Empresas. Con eso, dejaba atrás una etapa importante: la vida escolar. Frente a mí se abría un nuevo camino. Uno incierto. Uno lleno de preguntas. Uno donde ya no bastaba con soñar… había que decidir. Y en medio de esa confusión, apareció alguien. En ese momento, parecía una buena persona. Yo me sentía sola, vulnerable, con muchas heridas aún abiertas y pocas respuestas. Tal vez por eso decidí comenzar esa relación. Tal vez porque necesitaba sentir compañía. Tal vez porque quería creer que ese era el comienzo de algo bueno. Al principio, lo fue. Los primeros meses fueron tranquilos. Incluso felices. Había momentos de calma, de cercanía, de ilusión. Pero con el tiempo… todo empezó a cambiar. Poco a poco, comenzó a mostrarse otra cara. Las palabras dejaron de ser suaves. Se transformaron en ataques. En críticas constantes. En frases que no solo dolían… sino que se quedaban. —Mírate al espejo, ¿quién te va a mirar? Esa frase aún resuena. Porque no era solo una burla. Era una forma de romper algo dentro de mí. Y yo… lo permití. Callé. Aguanté. Lloré en silencio. Me fui apagando sin darme cuenta. Hoy puedo decirlo con claridad: es fundamental saber a quién dejamos entrar en nuestra vida. Pero en ese momento no lo veía así. Mi familia intentó advertirme. Me decían que ese no era mi lugar, que me alejara, que estaba a tiempo. Pero no escuché. No porque no quisiera… sino porque no podía. Tenía miedo. Miedo a fracasar. Miedo a quedarme sola. Miedo a repetir historias. Y por intentar sostener algo que ya estaba roto… me quedé. Así, sin darme cuenta, fui construyendo un destino doloroso. La relación se transformó en un ciclo del que parecía imposible salir. Idas y venidas. Momentos de calma seguidos de tormentas. Promesas que nunca se cumplían. Y, poco a poco, también llegó el aislamiento. No le gustaba que mi familia me visitara. No le gustaba que yo compartiera con ellos. Mi mundo comenzó a hacerse más pequeño. Más cerrado. Más silencioso. Vivía en una especie de cautiverio emocional. Y así pasaron los años. Diez años. Diez años donde muchas veces me perdí a mí misma. En medio de ese proceso, quedé embarazada. Y con eso… todo cambió otra vez. Sentí miedo, incertidumbre, dudas que me atravesaban por completo. Pero también sentí algo más fuerte: esperanza. Porque dentro de mí estaba creciendo una vida. Y esa vida merecía algo distinto. Quería salir adelante. Quería estudiar. Quería construir un futuro mejor para mi hijo. Quería romper con todo lo que me había hecho daño. Pero el camino no fue fácil. Hubo momentos duros. Castigos familiares, distancias emocionales, sensaciones profundas de abandono. Momentos en los que sentía que estaba completamente sola. Pero no me rendí. Algo dentro de mí comenzó a despertar. Una fuerza que quizás siempre estuvo ahí… esperando el momento. Y poco a poco, comencé a reconstruirme. A entender que mi valor no dependía de nadie más. A reconocer que merecía algo mejor. A dar los primeros pasos hacia mi independencia emocional. No fue de un día para otro. Pero fue real. Porque crecer no siempre significa avanzar sin miedo… a veces significa avanzar a pesar de él. Y ese… fue mi verdadero comienzo. PARTE V RECONSTRUIR DESDE LAS CENIZAS . Capítulo 10 Siempre tuve un sueño: estudiar. Pero no siempre basta con soñar cuando la realidad pesa. En ese tiempo, mis padres no contaban con los recursos necesarios para apoyarme, y entendí, quizás antes de lo que me correspondía, que si quería avanzar… tendría que hacerlo por mis propios medios. Así comenzó mi camino. Decidí trabajar, ahorrar, buscar oportunidades donde pareciera que no las había. Pasé por distintos oficios: aseo, atención al cliente, cajera, reponedora, secretaria. Cada trabajo, por pequeño que pareciera, fue dejando una huella en mí. No solo aprendí tareas… aprendí disciplina, esfuerzo y dignidad. Aprendí a no rendirme. Con el tiempo, la vida me regaló un encuentro inesperado: conocí a mi abuelo materno, don José Navero. Hasta ese momento, él no había sido parte de mi historia. Pero cuando llegó… marcó un antes y un después. Porque él vio en mí algo que yo aún no lograba reconocer. Vio potencial. Y no solo lo vio… me hizo creer en él. Me impulsó a buscar una institución donde estudiar, a atreverme, a confiar en mis capacidades. Fue una mano que apareció en el momento justo, cuando más lo necesitaba. Y así llegué a un instituto profesional. Ese lugar no solo fue un espacio de estudio. Fue un punto de reconstrucción. Ahí conocí personas que dejaron huella en mi vida. Amigos que estuvieron en momentos difíciles, que me sostuvieron cuando flaqueaba. ¿Cómo olvidar a Jordy? Siempre tenía una palabra de aliento. —Estudia, tú puedes —me decía cuando me veía caer. Y entre bromas, me llamaba “paloma con tacos”, porque soy bajita y siempre usaba zapatos con plataforma. Esos pequeños gestos, esas palabras simples… muchas veces fueron el impulso que necesitaba para seguir. No fue fácil, pero lo logré. Con esfuerzo, con caídas, con dudas… me titulé. Y cuando una puerta se cierra, la vida —si insistimos— abre otra. Así fue como llegué a trabajar a un hogar geriátrico. Ahí conocí a una persona que también marcaría profundamente mi camino: la enfermera Claudia Hormazábal. Ella creyó en mí incluso cuando yo dudaba de mí misma. Me enseñó no solo lo técnico, sino algo mucho más importante: la vocación. La empatía. El valor de hacer las cosas con amor. Gracias a ella entendí que el trabajo no es solo cumplir funciones, sino también dejar una parte de uno en lo que hace. Con el tiempo, seguí creciendo profesionalmente. Trabajé en clínicas, en hospitalización domiciliaria, incluso en una faena en un parque eólico. Conocí distintas realidades, distintas culturas, distintas formas de ver la vida. Cada experiencia me transformó. Pero mientras todo eso pasaba… había otro desafío aún más grande latiendo en mi vida: la maternidad. Ser madre me enfrentó a decisiones que nunca imaginé tener que tomar. Para poder trabajar, dejé a mi hijo al cuidado de su padre, confiando en un apoyo que nunca llegó. Y esa fue una de las experiencias más dolorosas que me tocó vivir. Porque al volver del trabajo, muchas veces encontraba a mi hijo en condiciones que me rompían el alma. Hasta que un día… algo dentro de mí se quebró. Y también despertó. Ese día dije: basta. Decidí dejarlo al cuidado de mi madre. Y esa decisión lo cambió todo. Mi mamá se convirtió en mi pilar. En mi apoyo. En mi compañera de lucha. En ese abrazo firme que no se quiebra. Gracias a ella pude seguir adelante sin sentir que todo se derrumbaba. Más adelante, tomé otra decisión importante: integrarlo a sala cuna. No fue fácil. Ninguna decisión de madre lo es. Pero fue un paso necesario. Y, con el tiempo, positivo. Mi hijo comenzó a adaptarse, a crecer, a desenvolverse en un nuevo entorno. Y yo… aprendí a soltar un poco el miedo. Los años pasaron, con altos y bajos. Hubo momentos difíciles, como cuando en el colegio lo catalogaron como “niño problema” con apenas cinco años. Una etiqueta que dolía, que pesaba, que no hacía justicia a su esencia. Pero esa es una historia que merece ser contada con el tiempo que corresponde. Porque hay heridas que necesitan su propio espacio para ser comprendidas. Con los años, también reconstruí mi vida afectiva. Conocí a una persona que fue un verdadero apoyo para mi hijo. Lo cuidaba, lo acompañaba, estaba presente incluso cuando yo no podía estar. Le dio cuatro años de amor y estabilidad. Y aunque nuestra relación no prosperó, dejó algo valioso: recuerdos hermosos. Porque no todo lo que termina… fracasa. Algunas personas llegan para cumplir un propósito, y luego siguen su camino. Hoy entiendo algo fundamental: La vida no se trata de aferrarse… se trata de aprender a soltar lo que duele y abrazar lo que nos hace bien. Y seguir adelante. Siempre. Hoy puedo mirarme y decir, con humildad pero con firmeza, que soy una mujer profundamente agradecida. Agradecida con Dios, por darme nuevas oportunidades, por sostenerme cuando no podía más, por darme la fuerza y la claridad para seguir estudiando, creciendo y construyendo una vida distinta. Agradecida de la familia que tengo, de ese respaldo silencioso pero constante, de cada mano que me sostuvo en los momentos más difíciles. Vengo de una familia emprendedora. Una familia donde el esfuerzo no es una opción… es una forma de vida. Donde levantarse después de caer no es una excepción… es parte del camino. Y gracias a eso, hoy sigo aquí. De pie. Avanzando. Creciendo. Y creyendo, con todo mi corazón, que siempre —siempre— es posible comenzar de nuevo Capítulo 13. Si hay una persona que ha marcado profundamente mi vida, esa es mi madre. No solo por haberme dado la vida… sino por enseñarme, día a día, cómo sostenerla. Su historia no ha sido fácil. Como muchas mujeres, ha tenido que enfrentarse a dolores silenciosos, a pérdidas, a decisiones difíciles, especialmente durante su matrimonio con mi padre. Pero si hay algo que siempre ha definido su camino, es su incansable perseverancia. Esa capacidad de caer… y aun así levantarse. Una y otra vez. Mi madre no se rindió cuando todo parecía en contra. No se detuvo cuando el cansancio pesaba más que las fuerzas. No bajó los brazos cuando el mundo no ofrecía respuestas. Siguió. Siempre siguió. Y en ese seguir constante, se aseguró de algo fundamental: que a sus hijos nunca nos faltara lo esencial. Tal vez no tuvimos todo lo que queríamos… pero siempre tuvimos lo necesario. Y, sobre todo, tuvimos su presencia, su esfuerzo, su lucha silenciosa. De ella aprendí lo que significa ser una mujer guerrera. Aprendí a resistir cuando la vida aprieta. A buscar oportunidades donde otros ven límites. A entender que la justicia no siempre llega… pero la dignidad sí se defiende. Aprendí que la vida puede ser dura, injusta incluso… pero que aun así vale la pena enfrentarla con valentía. Admiro profundamente su historia. La recuerdo recorriendo calles, ofreciendo joyas de fantasía, vendiendo plata con una sonrisa que escondía el cansancio. La recuerdo reinventándose, vendiendo ropa usada, buscando siempre una forma de salir adelante. Nunca se quedó quieta. Nunca esperó que las oportunidades llegaran solas. Las creó. Y hoy, verla con su tienda, reconocida y establecida en la ciudad de Los Ángeles, no es solo un logro material. Es el reflejo de años de sacrificio, de constancia, de noches largas y días difíciles. Es la prueba viva de que el esfuerzo sí da frutos. Pero nada de eso fue fácil. Su historia también estuvo marcada por carencias, por heridas que vienen desde la infancia. Tal vez la ausencia de una figura paterna. Tal vez la distancia con su hermano. Dolencias que muchas veces no se dicen… pero se sienten. Y aun así, eligió no quedarse ahí. Eligió transformar ese dolor en fuerza. Porque hay personas que se quiebran con la vida… y hay otras, como ella, que se reconstruyen. Hoy entiendo algo que antes no podía ver. Entiendo que detrás de su carácter fuerte, de su forma a veces estricta de educar, siempre hubo amor. Un amor imperfecto, sí… pero real. Profundo. Intenso. Porque nadie nace sabiendo ser madre. No hay manual. No hay respuestas correctas todo el tiempo. No hay garantía de no equivocarse. Y aun así, ella lo hizo. Con lo que tenía. Con lo que sabía. Con lo que pudo. Y eso… vale más que cualquier perfección. Hoy, desde la madurez, desde mi propia experiencia de vida, la miro distinto. La entiendo. La abrazo desde otro lugar. Y la honro. Porque mi madre no es solo parte de mi historia. Es raíz. Es fuerza. Es ejemplo. Es uno de los pilares que me enseñó, incluso sin palabras, que rendirse… nunca fue una opción. Capítulo 11. En la vida, hay personas que llegan sin promesas… sin la obligación de quedarse… sin un lazo que las ate. Y aun así, se quedan. Se quedan por decisión. Se quedan por amor. Quiero detenerme aquí, en este punto de mi historia, para agradecer a alguien que no estaba destinado a ser parte de mi vida… pero que eligió serlo. La pareja de mi madre. Un hombre que, sin deberme nada, decidió mirarme como una hija. No con palabras grandes, ni con gestos exagerados… sino con presencia. Con actos. Con ese amor silencioso que no hace ruido, pero sostiene. Recuerdo tiempos difíciles. Momentos en que la vida pesaba más de lo que podíamos cargar. Las necesidades eran muchas, y los recursos… escasos. Había días en que no tenía lo básico para mi hijo. Pañales. Leche. Cosas tan simples… pero tan indispensables. Y en medio de esa realidad, él nunca miró hacia otro lado. Nunca. Aun sabiendo que mi hijo no llevaba su sangre, jamás permitió que le faltara lo esencial. En cada compra, siempre estaba considerado. La leche, los pañales, las toallitas húmedas… siempre estaban ahí. Y no solo eso. Muchas veces llegaba con cajas de mercadería, sin anunciarlo, sin esperar nada a cambio. Solo porque sabía que hacía falta. Ese tipo de gestos… no se olvidan. Se quedan grabados en el alma. Porque no nacen de la obligación… nacen del corazón. Como en toda relación humana, hemos tenido diferencias. Momentos en que no hemos estado de acuerdo, en que el carácter se impone y las palabras se cruzan. Pero nada de eso borra lo esencial. Nada de eso cambia el profundo agradecimiento que siento. Porque hay personas que pasan… y hay otras que sostienen. Y él… sostuvo. Mi querido Marcelo Reyes. Un hombre de gran corazón. Un lotino de alma noble, de esos que cargan su historia con dignidad. Con virtudes, con defectos, con mañas como cualquiera… pero con una esencia que siempre termina inclinándose hacia el bien. Puede ser fuerte de carácter, sí. Pero su nobleza siempre prevalece. Es de esas personas que, incluso en medio de sus propias batallas, sigue teniendo la capacidad de mirar al otro y tender la mano. Y eso… no es algo común. Admiro profundamente su perseverancia. Porque no ha tenido un camino fácil. Ha enfrentado enfermedades, dolencias físicas, momentos que podrían haber detenido a cualquiera. Y aun así… sigue. Sigue de pie. Sigue adelante. Con fuerza. Con dignidad. Con esa terquedad hermosa de quienes no se rinden. Ha sido una figura fundamental en la vida de mi hermana menor, ocupando un rol paterno con amor, compromiso y presencia real. Y también ha dejado una huella profunda en mi hijo. Le ha enseñado valores que no se aprenden en libros: el respeto, la disciplina, la importancia de hacer las cosas bien, incluso cuando nadie está mirando. Porque al final… la familia no siempre se construye con la sangre. A veces se construye con decisiones. Con actos. Con amor. Y él… eligió quedarse. Y esa elección… lo dice todo. PARTE VI SANAR PARA CONTINUAR Capítulo 12 Papá, cuando pienso en ti, lo primero que llega a mi memoria no son las distancias… sino los recuerdos. Esos que, a pesar del paso del tiempo, siguen intactos, guardados en un rincón cálido de mi corazón. Te recuerdo acompañándome al hospital, quedándote a mi lado hasta que me atendieran. Puede parecer un gesto simple para otros… pero para mí era todo. Era protección. Era compañía. Era saber que no estaba sola. También vuelvo a esas tardes en que salíamos a jugar a la pelota. Reíamos, corríamos, compartíamos sin pensar en el tiempo. Éramos simplemente padre e hija, viviendo el momento. Y cómo no recordar, con una sonrisa, aquel día en que jugando al “muerto” golpeaste a mi tita con una pelota de básquetbol… —¡Casi me matas de verdad! —te dijo ella, entre enojo y risa. Son escenas simples, pero llenas de vida. Momentos que hoy abrazo con cariño. Hubo un tiempo en que nuestra mesa estaba llena. No faltaba nada… incluso sobraba. Recuerdo los paquetes de mortadela, las bebidas, los cajones de tomates, las paltas, los sacos de papas. Eran días de abundancia. Días que quizás en ese momento no valorábamos del todo… pero que hoy entiendo como un regalo. Con los años, también fui comprendiendo algo importante: nadie nace sabiendo ser padre. Quizás la vida no fue fácil para ti. Fuiste un papá joven, un papá adolescente. Tal vez creciste junto a mí, aprendiendo sobre la marcha, cargando también con tus propias historias, con tus propias carencias. Y como en muchas familias, hubo errores. Hubo silencios. Hubo distancias. Hubo momentos en que nuestros caminos parecían separarse. Recuerdo tiempos en los que no hablábamos, en los que el vínculo se enfrió, en los que el dolor ocupó espacios que antes eran de cercanía. Pero la vida… también enseña a sanar. Y yo elegí hacerlo. Elegí perdonar. Elegí mirar con otros ojos. Elegí quedarme con lo bueno… y soltar aquello que me hacía daño. Hoy puedo decir algo que nace desde lo más profundo de mi corazón: Ya no recuerdo lo malo. No porque no haya existido… sino porque decidí no vivir atada a ello. Decidí sanar. Decidí liberar mi memoria de aquello que me hería. Y en ese proceso… encontré algo más grande: paz. Te cuento algo, papá: soy feliz. Y en esa felicidad también estás tú. Porque todos cometemos errores. Todos nos equivocamos en el camino. Pero lo importante no es caer… es tener la capacidad de levantarse, de reconocer, de enmendar, de seguir adelante. Y en eso, te admiro. Admiro tu valentía. Porque, con las herramientas que has tenido, con una educación quizás limitada, has hecho lo que has podido para salir adelante. Has construido una vida junto a tu esposa y tu hijo, y eso también habla de tu esfuerzo, de tu forma de seguir luchando. Hoy te miro distinto. Más humano. Más real. Más cercano. Agradezco cada gesto que tienes ahora, en mi vida adulta. El preocuparte de que no pasemos frío, el llevarnos leña, el visitarnos cuando puedes. Tal vez no siempre con la frecuencia que quisiéramos, porque la vida también pesa… el trabajo, las dificultades. Pero siempre estás. De alguna forma… siempre estás. Y eso importa. También quiero agradecer a tu esposa, Maryorie. Nunca la he visto como alguien que viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Al contrario, la veo como una amiga, una confidente. Una persona que me escucha, que me aconseja, que me ha brindado cariño sincero. Gracias por eso. Gracias también por darme la oportunidad de ser hermana mayor. Es un rol que asumo con amor, con responsabilidad y con orgullo. Hoy, siendo madre, entiendo mucho más. Entiendo que cada decisión, cada sacrificio, cada error incluso… nace desde el amor, aunque a veces no sepamos expresarlo de la mejor manera. Porque amar también se aprende. Y a veces… se aprende tarde. Pero se aprende. Si pudiera pedirte algo, papá… sería solo esto: no seas tan enojón. La vida ya es suficientemente dura como para cargarla con más peso del necesario. Permítete disfrutar. Permítete estar en calma. Permítete vivir más liviano. Porque al final, más allá de todo… de los errores, de las distancias, de las diferencias… lo que permanece es el vínculo. Ese lazo invisible que nos une, que no se rompe, que se transforma… pero que sigue ahí. Siempre. Y hoy, desde ese lugar, te digo: te amo Papá ANDRES. Capítulo 14. A lo largo de mi vida, he aprendido algo que no se enseña en los libros: la familia no siempre se define por la sangre… se define por el amor. Por la presencia. Por la compañía. Por ese apoyo que no se rompe, incluso cuando todo lo demás parece desmoronarse. En este capítulo quiero detenerme. Respirar. Mirar hacia atrás con el corazón abierto… y honrar a quienes han sido parte esencial de mi camino. A quienes han sostenido mi alma. Mis hermanas. Mis amadas hermanas ocupan un lugar que nadie más podría llenar. Katy mi hermana del medio. Mi deseo hecho realidad. Recuerdo que, siendo niña, le pedía a Dios una compañera. Alguien con quien compartir mis días, mis juegos, mis silencios. Y un día, sin saberlo, ese deseo tomó forma en ti. Nuestra relación no ha sido perfecta. Hemos discutido. Hemos tenido diferencias. Hemos visto la vida desde lugares distintos. Pero hay algo que nunca ha cambiado: siempre hemos estado la una para la otra. En los momentos buenos… y en los más difíciles. Nos hemos sostenido emocionalmente, nos hemos apoyado cuando la vida pesa, cuando las fuerzas faltan, cuando todo parece cuesta arriba. Admiro tu espíritu. Esa fuerza silenciosa que llevas dentro. Esa forma de seguir luchando, incluso cuando las cosas no resultan como esperabas. Tal vez la vida tiene otros planes para ti… caminos que aún se están formando. Pero para mí, siempre serás mi hermanita. Sin importar los años. Sin importar las vueltas de la vida. Luego está Linjja. Ella llegó a mi vida como un torbellino. Desde pequeña, llenó mis días de travesuras, de aprendizajes, de momentos que mezclaban risas con paciencia. Fue quien, sin darse cuenta, me enseñó cosas simples pero importantes: cómo cuidar, cómo asumir pequeñas responsabilidades, cómo estar para otro. Y sí… también fue quien muchas veces lograba sacarme de quicio con su carácter. Pero incluso en eso… había amor. Porque su presencia vino a llenar espacios. A acompañarme. A hacerme sentir que no estaba sola. Y eso… es un regalo que no se olvida. Con el tiempo, la vida volvió a sorprendernos. Llegó Nanita. Pequeña. Frágil. Prematura. Un milagro. Los médicos no daban esperanzas. Incluso aconsejaban a mi madre no ilusionarse, como si el amor pudiera detenerse por precaución. Pero ella luchó. Luchó con una fuerza que no se explica, solo se siente. Y hoy… verla crecer, verla avanzar, verla terminar su etapa escolar con esfuerzo y determinación, llena mi corazón de orgullo. Su vida es un testimonio. Un recordatorio de que incluso cuando todo parece perdido… la vida puede abrirse paso. Le deseo siempre lo mismo: humildad, fe… y esa capacidad de seguir creyendo, incluso cuando el camino se vuelve difícil. Y en medio de todos estos lazos… hay uno que transformó completamente mi vida. Mi hijo. Él no solo llegó a mi vida… vino a cambiarla. A ordenarla. A cuestionarla. A darle sentido. Gracias a él aprendí a madurar. A tomar decisiones desde otro lugar. A pensar no solo en el presente, sino en el futuro. Él se convirtió en mi motor. En la razón por la que decidí seguir estudiando, crecer, esforzarme, buscar herramientas para acompañarlo en cada etapa de su vida. Sé que cometerá errores. Porque es parte de crecer. Porque es humano. Porque yo también los cometí. Pero hay algo que tengo claro: en cada paso que dé… voy a estar. Con amor. Con paciencia. Con presencia. Porque eso es lo que realmente importa. En esta historia también hay un vínculo que llegó más tarde, pero que no por eso es menos significativo: mi tío Romel. Hermano de mi madre. Nuestro encuentro no fue en la infancia, ni en los momentos más fáciles. Llegó en otro tiempo, en otra etapa… cuando la vida ya había dejado marcas en ambos. Su historia ha sido dura. Marcada por carencias afectivas, por momentos complejos, por caídas profundas. Pero hoy, lo miro… y veo algo distinto. Veo a un hombre que está luchando. Que se levanta cada día con la intención de hacerlo mejor. Que intenta reconstruirse, paso a paso, sin rendirse. Y eso… merece respeto. Porque levantarse después de tocar fondo no es fácil. Le deseo, de corazón, que siga firme. Que no retroceda. Que encuentre estabilidad, paz… y que logre construir la vida que merece. Porque todos, en el fondo, estamos buscando lo mismo: un lugar donde sanar. un lugar donde pertenecer. un lugar donde ser amados. Hoy, al mirar estos lazos, entiendo algo con claridad: no son perfectos. Pero son reales. Y son esos lazos —imperfectos, humanos, verdaderos— los que sostienen el alma cuando todo lo demás falla. EL CAMINO QUE CONTINÚA Capítulo 15 Mi historia no termina aquí. Porque la vida no es un punto final… es un camino que sigue, incluso cuando creemos haberlo contado todo. Y fue ese mismo camino el que me llevó a enfrentar uno de los desafíos más profundos y transformadores de mi vida: convertirme en madre de un niño neurodivergente. No estaba preparada. Nadie lo está. De un momento a otro, se abrió ante mí un mundo completamente nuevo. Un mundo lleno de diagnósticos que no entendía del todo, de palabras técnicas, de miradas ajenas, de dudas que pesaban más que las certezas. Llegaron los miedos. Las preguntas sin respuesta. La incertidumbre. Pero también llegó algo más fuerte. El aprendizaje. La paciencia. Y un amor que superó todo lo que creí posible sentir. Criar a un hijo con TDAH y con sospecha de TEA no solo transformó mi manera de maternar… transformó mi manera de ver la vida. Me enseñó a mirar más allá de lo evidente. A entender que cada niño tiene su propio ritmo. A celebrar logros que otros no ven. A sostener en silencio batallas que nadie imagina. Porque hay luchas que no se notan… pero se viven todos los días. He tenido que enfrentar barreras. Obstáculos. Juicios. Momentos en que la soledad pesa más de lo que debería. He tenido que criar, muchas veces, prácticamente sola. Aprender sobre la marcha. Caer. Levantarme. Volver a intentarlo. Y aun así… no rendirme. Nunca rendirme. Porque cuando se trata de un hijo, el amor no negocia. El amor empuja, sostiene, insiste… incluso cuando todo duele. En mi próximo libro, quiero invitarte a recorrer este camino conmigo. Un camino real. Sin adornos. Sin filtros. Donde encontrarás las batallas invisibles, los prejuicios, las caídas… pero también los avances, los pequeños grandes logros que llenan el alma y que muchas veces pasan desapercibidos para el resto del mundo. Ahí te contaré lo que significa amar desde otro lugar. Comprender desde la paciencia. Acompañar desde la resiliencia. Y descubrir que, incluso en medio de la dificultad, también existe una forma distinta —y profundamente hermosa— de vivir la maternidad. Porque hay historias que no se cuentan lo suficiente y esta es una de ellas. Y yo… estoy lista para contarla.

par MerryBunny84

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