"¡Basta!", gritó la Hormiguita Harta
Hortensia, una hormiga trabajadora, decide que ya no quiere trabajar. A través de encuentros con una abeja, una oruga y unas mariquitas, aprende la importancia del equilibrio entre el trabajo y el disfrute, y encuentra un trabajo que le gusta dentro de su colonia.
En un jardín lleno de flores gigantes y árboles de caramelos, vivía una hormiguita llamada Hortensia. Hortensia era una hormiguita muy trabajadora. Desde que salía el sol hasta que se escondía, no paraba de acarrear migas de pan, semillas y hojas para su colonia. Lo hacía con mucho esfuerzo, siguiendo el ritmo de las demás hormigas, todas en fila, llevando cargas mucho mayores que su propio tamaño. Pero un día, mientras cargaba una enorme semilla de girasol que parecía pesar más que ella misma, Hortensia sintió un pinchazo en su patita. "¡Ay!", exclamó. Se detuvo un momento, y al mirar alrededor, vio algo que nunca había notado antes. El sol brillaba con fuerza, las flores cantaban melodías suaves y las mariposas revoloteaban con gracia. Todo era hermoso y colorido. De repente, un pensamiento cruzó por su cabecita: "Ya no quiero trabajar". La idea la sorprendió tanto que dejó caer la semilla de girasol. Las demás hormigas la miraron con reprobación, pero Hortensia no les hizo caso. Por primera vez en su vida, se sentó en una hoja de trébol y observó el mundo que la rodeaba. "¡Qué aburrido es solo trabajar!", pensó. "Nunca tengo tiempo para jugar, para oler las flores o para hablar con las mariposas". Con esta nueva idea en mente, Hortensia se levantó y, en lugar de seguir a la fila de hormigas, se dirigió hacia una enorme flor de color rosa brillante. Allí, vio a una abeja zumbando alegremente mientras recolectaba néctar. "Hola", dijo Hortensia con timidez. "¿Qué haces?" "¡Recojo néctar, por supuesto!", respondió la abeja, sin dejar de trabajar. "Es el mejor trabajo del mundo. Hago miel deliciosa". "Pero… ¿no te cansas de trabajar?", preguntó Hortensia. La abeja se detuvo un momento y pensó. "Bueno, sí, a veces me canso", dijo. "Pero también me gusta mucho lo que hago. Además, siempre tengo tiempo para descansar y disfrutar del jardín". Hortensia se quedó pensando en las palabras de la abeja. Quizás trabajar no era tan malo si te gustaba lo que hacías y si tenías tiempo para disfrutar de otras cosas. Luego, Hortensia se encontró con una oruga que mordisqueaba una hoja. "Hola", saludó Hortensia. "¿Qué haces?" "¡Como!", exclamó la oruga con la boca llena de hoja. "Estoy comiendo para hacerme fuerte y convertirme en mariposa". "¡Qué interesante!", dijo Hortensia. "Pero… ¿no te aburres de solo comer?" La oruga dejó de comer y miró a Hortensia. "A veces sí me aburro", admitió. "Pero sé que todo este esfuerzo me llevará a convertirme en algo hermoso y libre. Eso me motiva a seguir adelante". Hortensia entendió que el trabajo de la oruga tenía un propósito mayor. No solo comía por comer, sino para transformarse en algo diferente. Finalmente, Hortensia llegó a un claro del jardín donde un grupo de mariquitas jugaban a las escondidas. "Hola", dijo Hortensia. "¿Qué hacen?" "¡Jugamos!", respondieron las mariquitas al unísono. "Es lo más divertido del mundo". Hortensia sintió envidia al verlas jugar. Ella nunca tenía tiempo para divertirse así. "¿Y no tienen que trabajar?", preguntó. "Claro que sí", dijo una mariquita. "Pero también sabemos que es importante divertirse y relajarse. Trabajamos juntas para que todo sea más fácil y rápido, y así tenemos más tiempo para jugar". Hortensia se dio cuenta de que el equilibrio era la clave. No se trataba de no trabajar, sino de encontrar un trabajo que le gustara y de tener tiempo para disfrutar de la vida. Regresó a su colonia y vio a las demás hormigas cargando sus pesadas cargas. Esta vez, no sintió el mismo resentimiento. Se acercó a su jefa, la hormiga reina, y le dijo: "Reina, ya no quiero cargar semillas de girasol. Me gustaría hacer otra cosa". La hormiga reina la miró con sorpresa. "¿Qué quieres hacer, Hortensia?", preguntó. "Me gustaría cuidar de las larvas", respondió Hortensia. "Me gusta mucho jugar con ellas y enseñarles cosas nuevas". La hormiga reina sonrió. "Está bien, Hortensia", dijo. "Puedes cuidar de las larvas. Creo que serás muy buena en eso". Hortensia se sintió feliz y aliviada. Ahora tenía un trabajo que le gustaba y que la hacía sentir útil. Además, tenía tiempo para jugar con las larvas, oler las flores y hablar con las mariposas. Había encontrado el equilibrio perfecto entre trabajo y diversión. Y así, Hortensia, la hormiguita que ya no quería trabajar, se convirtió en la hormiguita más feliz del jardín. Aprendió que el trabajo no tiene que ser una carga, sino una oportunidad para crecer, aprender y disfrutar de la vida.
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