"¡Bolo y el Hipo Desaparecido!"
Bolo, un mono juguetón, sufre de hipo y busca remedios por todo el bosque. Después de probar todos los consejos de sus amigos animales sin éxito, un hipopótamo lo asusta accidentalmente, curándolo del hipo. Desde entonces, Bolo recuerda al hipopótamo cada vez que tiene hipo.
Bolo era un mono muy juguetón que vivía en un bosque lleno de árboles altísimos y flores de colores brillantes. Un día, mientras comía un plátano especialmente dulce, ¡hip! ¡hip! ¡hip!, le dio hipo. El hipo era tan fuerte que hacía que Bolo saltara un poquito cada vez. Preocupado, Bolo decidió buscar ayuda. "¡Debo deshacerme de este hipo!", pensó. Primero, fue a ver al elefante Eloy, que era conocido por su gran sabiduría. "¡Eloy, Eloy! ¡Tengo hipo! ¿Qué puedo hacer?", preguntó Bolo, con la voz entrecortada por los hipidos. Eloy, con su trompa levantada, reflexionó un momento. "¡Ya sé! Debes mantener la respiración y contar hasta diez. ¡Eso siempre funciona para mí!", dijo Eloy con voz grave. Bolo siguió el consejo de Eloy. Tomó una gran bocanada de aire y contó: "Uno… dos… tres…". Pero al llegar a siete, ¡hip!, el hipo lo interrumpió. "¡No funcionó!", exclamó Bolo, triste. Luego, Bolo fue a ver a la jirafa Jimena, que estaba comiendo hojas de la copa de un árbol. "¡Jimena, Jimena! ¡Tengo hipo! ¡El consejo de Eloy no funcionó! ¿Tienes alguna idea?", preguntó Bolo, mirando hacia arriba. Jimena, con su largo cuello, bajó la cabeza y sonrió. "¡Ah, el hipo! A mí me funciona beber agua al revés. ¡Inténtalo!", aconsejó Jimena. Bolo intentó beber agua al revés de un charco cercano, pero el agua le entró por la nariz y tosió. ¡Hip! ¡El hipo seguía ahí! Desanimado, Bolo se encontró con la ardilla Ana, que estaba enterrando nueces. "¡Ana, Ana! ¡Tengo hipo! ¡Ni el consejo de Eloy ni el de Jimena funcionaron!", se lamentó Bolo. Ana, dejando caer una nuez, le dijo: "¡A mí me funciona que alguien me dé un susto! ¡Quizás eso te ayude!" Bolo intentó asustarse a sí mismo, haciendo caras raras frente a un charco, pero solo consiguió reírse. ¡Hip! ¡El hipo seguía presente! Continuando su camino, se topó con el conejo Carlos, mordisqueando una zanahoria. "¡Carlos, Carlos! ¡Tengo hipo! ¡Nada funciona! ¿Tienes algún truco?", suplicó Bolo. Carlos, con sus largas orejas, pensó un momento. "¡Come algo muy dulce! ¡A mí me calma!", sugirió Carlos. Bolo comió una baya muy dulce que encontró, pero el hipo seguía ahí. ¡Hip! ¡Hip! Después, Bolo se encontró con el oso panda Pablo, que estaba masticando bambú. "¡Pablo, Pablo! ¡Tengo hipo! ¡Estoy desesperado! ¿Algún consejo?", preguntó Bolo con voz débil. Pablo, sin dejar de masticar, dijo: "¡Debes hacer yoga! ¡Relaja el cuerpo y la mente!". Bolo intentó hacer yoga, pero el hipo lo desequilibraba y terminaba rodando por el suelo. ¡Hip! ¡El hipo no se iba! Siguiendo su búsqueda, Bolo se cruzó con la serpiente Sofía, que tomaba el sol sobre una roca. "¡Sofía, Sofía! ¡Tengo hipo! ¡Ningún remedio funciona! ¿Qué puedo hacer?", exclamó Bolo. Sofía, con su lengua bífida, le dijo: "¡Debes beber agua de un río mirando a la luna! Aunque no haya luna… ¡imagínatela!". Bolo fue al río e intentó beber agua imaginando la luna, pero solo consiguió mojarse la cara. ¡Hip! ¡El hipo seguía allí! Finalmente, Bolo se encontró con el cocodrilo Coco, que estaba tomando una siesta en la orilla del río. "¡Coco, Coco! ¡Tengo hipo! ¡Ya no sé qué hacer!", lloriqueó Bolo. Coco, abriendo un ojo, le dijo: "¡Debes cantar una canción muy triste! ¡Eso espanta el hipo!". Bolo cantó la canción más triste que conocía, pero el hipo seguía interrumpiendo su canto. ¡Hip! ¡Hip! ¡Hip! ¡El hipo parecía que nunca se iría! Desesperado y con lágrimas en los ojos, Bolo se sentó a llorar junto a un estanque. Estaba tan triste que las lágrimas caían en el agua, haciendo pequeñas ondas. De repente, ¡BOOOO! Un hipopótamo enorme saltó del estanque, asustando a Bolo. Bolo, del susto, cayó hacia atrás. El hipopótamo, con una gran sonrisa, le dijo: "¡De nada!". Bolo se levantó lentamente y se dio cuenta de algo asombroso: ¡ya no tenía hipo! El susto del hipopótamo lo había curado. Desde ese día, cada vez que Bolo tenía hipo, pensaba en el hipopótamo y en su gran "¡BOOOO!". Y aunque nunca más volvió a necesitarlo, siempre le estaría agradecido por haberlo curado del hipo más persistente de su vida.
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