El Caballero Tito y el Dragón Comilón del Castillo Risueño
El Caballero Tito y sus amigos deben lidiar con un dragón hambriento llamado Comilón que llega al Castillo Risueño. Descubren que Comilón no solo tiene hambre de comida, sino también de amistad, y organizan una fiesta para darle la bienvenida a la comunidad, enseñándoles a todos el valor de la amistad sobre la glotonería.
En el Valle Esmeralda, donde las flores cantaban canciones suaves y los ríos reían a borbotones, se alzaba el Castillo Risueño. No era un castillo de torres sombrías y pasadizos secretos, sino uno con ventanas redondas que parecían ojos curiosos y una veleta en forma de payaso que nunca dejaba de bailar con el viento. En ese castillo vivía el Caballero Tito, un joven valiente, pero un poco despistado. Su armadura, en lugar de ser brillante y reluciente, estaba llena de abolladuras y remiendos, producto de sus constantes caídas intentando montar a su fiel, pero lento, caballo, Ruperto. Ruperto, más que un corcel de guerra, parecía una almohada con patas, siempre dispuesto a echar una siesta a la sombra de un árbol. Tito tenía un amigo muy especial: el mago Melchor, un anciano de barba larga y blanca que siempre llevaba un sombrero torcido y un conejo llamado Pomponio escondido en su manga. Melchor era el consejero de Tito y siempre tenía un truco bajo la manga (literalmente) para ayudarlo en sus aventuras. También vivía en el castillo la Princesa Lila, una niña curiosa y aventurera que prefería trepar a los árboles a bordar tapices. Ella era la mejor amiga de Tito y siempre lo acompañaba en sus travesuras, aunque su madre, la Reina Rosalinda, preferiría que se comportara como una princesa "de verdad". Un día, una sombra enorme se proyectó sobre el Castillo Risueño. Era un dragón, ¡pero no un dragón feroz y escupe fuego! Era un dragón rechoncho y de colores pastel, con una barriga enorme y una mirada tristísima. Se llamaba Comilón, y como su nombre indicaba, era un glotón insaciable. "¡Tengo hambre!", gimió Comilón, con una voz que hacía temblar las ventanas del castillo. "¡Mucha hambre! ¡Necesito comer…pastel de fresas!" Tito, que nunca se había enfrentado a un dragón (ni siquiera a uno comilón), sintió un nudo en el estómago. Pero Lila, siempre valiente, se adelantó. "¿Pastel de fresas? ¡Nosotros tenemos un pastel de fresas delicioso! La Reina Rosalinda es la mejor pastelera del reino." La Reina Rosalinda, que había estado escuchando detrás de una cortina, se asomó con una expresión preocupada. "Pero… ¡he horneado ese pastel para la fiesta del rey!" "¡Por favor, Reina Rosalinda!", suplicó Tito. "Si no le damos el pastel a Comilón, ¡podría comernos el castillo entero!" La Reina, a regañadientes, accedió. Le entregaron el enorme pastel de fresas a Comilón, quien lo devoró en un abrir y cerrar de ojos. Pero, para sorpresa de todos, el dragón seguía teniendo hambre. "¡Quiero más!", gritó Comilón, con lágrimas en los ojos. "¡Necesito… milanesas con puré!" Esta vez, fue Melchor quien intervino. "Creo que sé qué le pasa a Comilón", dijo el mago, rascándose la barba. "Comilón no tiene hambre de comida, tiene hambre de… ¡amigos!" Tito, Lila y la Reina Rosalinda se miraron sorprendidos. Melchor explicó que Comilón vivía solo en una cueva oscura y que la única forma que conocía de llamar la atención era comiendo. Tito tuvo una idea brillante. "¡Podemos organizar una fiesta para Comilón!", exclamó. "¡Invitaremos a todos los habitantes del Valle Esmeralda y haremos un festín para celebrar su amistad!" Y así lo hicieron. El Castillo Risueño se llenó de música, risas y deliciosos manjares. Comilón, al principio tímido, pronto se unió a la diversión. Jugó a las escondidas con los niños, bailó torpemente con la Reina Rosalinda y aprendió a compartir sus tesoros (que, en realidad, eran solo piedras brillantes que había encontrado en su cueva). Comilón descubrió que la amistad era mucho más satisfactoria que comer pastel de fresas o milanesas con puré. A partir de ese día, Comilón se convirtió en un miembro más de la comunidad del Valle Esmeralda. Visitaba el Castillo Risueño a menudo, contaba historias de su cueva y, de vez en cuando, compartía una que otra piedra brillante. Y Tito, el Caballero Despistado, aprendió que la valentía no solo se demuestra luchando contra dragones, sino también ofreciendo una mano amiga a quien más lo necesita. Pomponio el conejo, finalmente salió de la manga de Melchor y se hizo amigo de Comilón, compartiendo zanahorias y secretos. Ruperto, incluso, dejó que Comilón lo usara como almohada para sus siestas, aunque a veces se despertaba con un poco de baba de dragón en su pelaje.
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