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Gratis · elegí una vozEra un típico lunes por la mañana. El inicio de la rutina laboral a la que el Subteniente Cristopher Müller ya se había acostumbrado, si no fuera porque la fiesta de anoche y las apenas dos horas de descanso habían perturbado su percepción. Cruzó la puerta de seguridad con gafas oscuras bien puestas para disimular las ojeras y una postura recta, pretendiendo dar una impresión de frescura. Sin embargo, la guardia de turno brindó un saludo inusual, con caras que mostraban una actitud pícara, junto a un ligero contoneo de caderas.
Él, en su posición superior, no toleraba tanta confianza y, por supuesto, esa actitud liviana de los soldados, que solo eran cadetes cursando su último año, hizo que el Subteniente Müller entrara en cólera. Al parecer, los soldados olvidaron el mal carácter y la severidad con que era conocido el subteniente. Se paró firme frente a ellos, bajó sus gafas un poco y posó su mirada sobre cada uno. La risa de ambos soldados se desvaneció y sus rostros comenzaron a palidecer.
"¿Qué creen que están haciendo?" preguntó, su voz grave resonando en el aire. "¿Acaso soy su amigo para que me hablen con tanta confianza, par de imbéciles?"
"Subteniente Müller, lo sentimos, nunca fue nuestra intención ofenderlo, solo fue una broma, pero entendemos que no fue lo correcto," dijo uno de ellos con voz temblorosa, mientras que su compañero simplemente asintió con la cabeza.
Para fortuna de los cadetes, la tensión palpable se diluyó cuando el Subteniente Gonzales lo abrazó de manera sorpresiva y le reclamó: "¡Hermano, ¿por qué no me despertaste?" Müller, de reojo, le dijo que lo despertó tres veces sin éxito. Gonzales, sorprendido, soltó una risa nerviosa, saludó a los cadetes, quienes aún padecían esa expresión de palidez. Gonzales se echó a reír al ver la cara de los cadetes. "Desde temprano empezaste a asustar a los cadetes, parece que te alimentas de su miedo," dijo, mientras observaba a Müller con diversión. Los cadetes intercambiaron miradas.
"Me gusta desayunar miedo y desesperación, quizás podrías intentarlo, te respetarían más," dijo Müller con voz firme y burlona.
"Yo prefiero un rico café por las mañanas," respondió Gonzales. Müller, aunque un poco decepcionado por la escasa capacidad de su amigo de entender el trasfondo de sus dichos, decidió aventajarlo unos metros, mientras Gonzales se quedaba pensando.
"Oye, si me respetan... espera, yo voy al mismo lugar que tú," añadió Gonzales, apurando el paso.
Mientras caminaban, Gonzales seguía riendo. "¿Desayuno de miedo? ¡Eso es ridículo, Müller! ¿Cómo puedes asustar a esos pobres chicos tan temprano?"
Müller se encogió de hombros. "Es una forma de mantener la disciplina. Y además, es divertido ver sus caras."
"¡Pero no es justo!" exclamó Gonzales. "Deberías ser más amable con ellos. Recuerda cuando nosotros éramos cadetes. ¿Te gustaría que te hubieran tratado así?"
Müller se quedó en silencio por un momento. "Supongo que tienes razón," admitió finalmente. "Pero es difícil cambiar mis hábitos."
Llegaron a la cafetería. El olor a café recién hecho inundaba el ambiente. Gonzales pidió dos cafés grandes y le entregó uno a Müller.
"Aquí tienes. Un desayuno de campeón, no de miedo," dijo Gonzales con una sonrisa.
Müller tomó un sorbo de café. Era delicioso. "Gracias," murmuró.
Mientras bebían su café, Müller observó a los cadetes que estaban sentados en una mesa cercana. Parecían tensos y nerviosos. Sintió un poco de remordimiento.
Después del café, Müller y Gonzales se dirigieron a sus oficinas. En el camino, se encontraron con los mismos cadetes que estaban de guardia en la puerta. Esta vez, Müller les sonrió.
"Buenos días, cadetes," dijo con un tono amable.
Los cadetes se sorprendieron. Sus rostros se iluminaron con una sonrisa.
"Buenos días, Subteniente Müller," respondieron al unísono.
Müller continuó caminando, sintiéndose mucho mejor que antes. Tal vez, pensó, podría intentar ser un poco más amable con los cadetes. Tal vez el desayuno de miedo no era la mejor opción después de todo. Tal vez, un poco de amabilidad y un buen café eran suficientes para empezar bien el día. Y tal vez, solo tal vez, Gonzales tenía razón.
Esa tarde, Müller decidió cambiar su rutina. En lugar de pasar la hora del almuerzo encerrado en su oficina, invitó a los cadetes a un partido de fútbol. Al principio, los cadetes estaban un poco intimidados, pero pronto se relajaron y comenzaron a divertirse. Müller se sorprendió al descubrir que los cadetes eran muy buenos jugadores. Incluso se dejó marcar un gol, solo para verlos sonreír.
Al final del partido, todos estaban sudados y cansados, pero también felices. Müller se dio cuenta de que había algo mucho más satisfactorio en ganarse el respeto de los cadetes que en inspirarles miedo. Y así, el Subteniente Müller, conocido por su severidad, comenzó a cambiar, un pequeño paso a la vez, gracias a un lunes por la mañana particularmente inusual y a un amigo que prefería el café al miedo. Aprendió que, a veces, lo más valiente no es inspirar temor, sino mostrar un poco de humanidad.
Desde ese día, los lunes por la mañana del Subteniente Müller comenzaron a ser diferentes. Todavía usaba sus gafas oscuras y mantenía su postura recta, pero debajo de la superficie, algo había cambiado. Ya no se alimentaba del miedo, sino de la camaradería y el respeto mutuo. Y aunque a veces todavía sentía la tentación de desayunar miedo, siempre recordaba la sonrisa de los cadetes y el sabor de un buen café.
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