La Paella y el Pequeño Desobediente

La Paella y el Pequeño Desobediente

Cuento corto para niños

La Paella y el Pequeño Desobediente

Un niño desobediente se queda dormido en su triciclo y termina cayendo en una paella de aceite caliente. Afortunadamente, su abuela lo rescata rápidamente y solo sufre algunas rojeces. A partir de ese día, el niño aprende la importancia de hacer caso a los mayores.

A partir de: La Paella y el Pequeño Desobediente En el soleado y mediterráneo pueblo de La Font d’en Carrós había una casa donde la vida transcurría con paz y sosiego. Allí vivían Ramón Gregori Escrivá y Fidela Just Moreno, mis queridos abuelos maternos. Yo pasaba parte de los veranos más felices en esa casa, una construcción amplia y luminosa que olía a las plantas que tenía mi abuela y a comida casera. En un rincón del patio trasero, entre macetas y plantas, vivía mi tortuga de tierra. Mi madre me la había regalado después de mucho insistir, la compró en una tienda de animales cerca de la calle Alicante, en Valencia. Ella exploraba con curiosidad el pequeño corral y muchas veces incluso se adentraba en la casa. En ese mismo patio, sobre una superficie de cemento y chapado, mi abuela preparaba sus deliciosos arroces de bacalao o jureles, siempre colocando la cebolla en los bordes del caldero para que se caramelizara y le diera un toque dulce al plato. "Pablo, menja per les voretes" (Pablo, come por los bordes), me solía decir en valenciano, para que no me quemara, señalando los bordes de la paella. ¡Y qué delicia era! La combinación del arroz, el pescado y la cebolla caramelizada, junto con unas gotas de limón, creaba un contraste de sabores que hacía de ese plato algo muy especial. Al fondo del patio, en el vértice, se encontraban las conejeras, aunque ya no albergaban animales. Solo gatos como “Mish”, europea tricolor, que tenían allí su resguardo y que nos regaló un técnico que vino a arreglar una antigua TV de tubo catódico. Además, mi abuela solía hacer jabón con el aceite usado y sosa, y tender la ropa en este “pati”, que alcanzaba altas temperaturas en los veranos de esta localidad de la Safor. Recuerdo un día de verano en particular, cuando la Yaya decidió prepararnos una paella, no sé si tradicional de pollo y conejo o de arroz con pescado y cebolla. Yo, con mi triciclo, iba de un lado a otro, disfrutando del calorcito y de la libertad. Yaya, mientras tanto, se concentraba en sus tareas culinarias y en vigilar que no hiciera ninguna trastada. "Pablo, ves espai i no t’adorgues" (Pablo, ten cuidado y no te duermas), me advertía mi abuela en valenciano. Pero yo, como todo niño, no hacía caso. Seguí dando vueltas con mi triciclo, cada vez más cerca de la paella. En un descuido, me quedé mirando fijamente el aceite que empezaba a calentarse. El calor me estaba atontando. Y así, sin darme cuenta, me quedé dormido encima de mi triciclo. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando me desperté dentro de la paella! El aceite caliente me había salpicado por todas partes. Mi Yaya, horrorizada, me sacó de allí lo más rápido que pudo. Para aliviar el ardor, me restregó trozos de patata cruda por la piel. Afortunadamente, no tuve más que un buen susto y algunas rojeces. Desde entonces, aprendí una valiosa lección: ¡siempre hay que hacer caso a los mayores! Y, por supuesto, a mantener una distancia prudencial de las paellas que se están cocinando, y más aún si están en el suelo.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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La Paella y el Pequeño Desobediente

En el soleado y mediterráneo pueblo de La Font d’en Carrós había una casa donde la vida transcurría con paz y sosiego. Allí vivían Ramón Gregori Escrivá y Fidela Just Moreno, mis queridos abuelos maternos. Yo pasaba parte de los veranos más felices en esa casa, una construcción amplia y luminosa que olía a las plantas que tenía mi abuela y a comida casera.

En un rincón del patio trasero, entre macetas y plantas, vivía mi tortuga de tierra. Mi madre me la había regalado después de mucho insistir, la compró en una tienda de animales cerca de la calle Alicante, en Valencia. Ella exploraba con curiosidad el pequeño corral y muchas veces incluso se adentraba en la casa. En ese mismo patio, sobre una superficie de cemento y chapado, mi abuela preparaba sus deliciosos arroces de bacalao o jureles, siempre colocando la cebolla en los bordes del caldero para que se caramelizara y le diera un toque dulce al plato. "Pablo, menja per les voretes" (Pablo, come por los bordes), me solía decir en valenciano, para que no me quemara, señalando los bordes de la paella. ¡Y qué delicia era! La combinación del arroz, el pescado y la cebolla caramelizada, junto con unas gotas de limón, creaba un contraste de sabores que hacía de ese plato algo muy especial. Al fondo del patio, en el vértice, se encontraban las conejeras, aunque ya no albergaban animales. Solo gatos como “Mish”, europea tricolor, que tenían allí su resguardo y que nos regaló un técnico que vino a arreglar una antigua TV de tubo catódico. Además, mi abuela solía hacer jabón con el aceite usado y sosa, y tender la ropa en este “pati”, que alcanzaba altas temperaturas en los veranos de esta localidad de la Safor.

Recuerdo un día de verano en particular, cuando la Yaya decidió prepararnos una paella, no sé si tradicional de pollo y conejo o de arroz con pescado y cebolla. Yo, con mi triciclo, iba de un lado a otro, disfrutando del calorcito y de la libertad. Yaya, mientras tanto, se concentraba en sus tareas culinarias y en vigilar que no hiciera ninguna trastada.

"Pablo, ves espai i no t’adorgues" (Pablo, ten cuidado y no te duermas), me advertía mi abuela en valenciano. Pero yo, como todo niño, no hacía caso. Seguí dando vueltas con mi triciclo, cada vez más cerca de la paella.

En un descuido, me quedé mirando fijamente el aceite que empezaba a calentarse. El calor me estaba atontando. Y así, sin darme cuenta, me quedé dormido encima de mi triciclo.

¡Y cuál fue mi sorpresa cuando me desperté dentro de la paella! El aceite caliente me había salpicado por todas partes. Mi Yaya, horrorizada, me sacó de allí lo más rápido que pudo. Para aliviar el ardor, me restregó trozos de patata cruda por la piel. Afortunadamente, no tuve más que un buen susto y algunas rojeces.

Desde entonces, aprendí una valiosa lección: ¡siempre hay que hacer caso a los mayores! Y, por supuesto, a mantener una distancia prudencial de las paellas que se están cocinando, y más aún si están en el suelo.

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Publicado el 14/04/2026

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