¡La Risa de Elmo: Una Aventura Contagiosa!
Elmo pierde su risa contagiosa y sus amigos de Plaza Sésamo lo ayudan a encontrarla. A través de intentos fallidos de Beto, Enrique y Abby Cadabby, es Oscar el Gruñón quien, sin querer, provoca la risa de Elmo con una lata de gusanos bailando. Elmo aprende que la alegría es contagiosa y se disfruta mejor con amigos.
Elmo, el monstruo rojo y peludo de Plaza Sésamo, era conocido por su risa contagiosa. ¡Ja, ja, ja! Era un sonido que podía iluminar hasta el día más nublado. Un día, Elmo se despertó sintiéndose extrañamente… ¡serio! No podía reír. Intentó cosquillas, contar chistes, incluso verse en el espejo haciendo caras graciosas. ¡Nada! Su risa había desaparecido. Preocupado, Elmo corrió a buscar a su mejor amigo, Comegalletas. Comegalletas estaba sentado en su sillón favorito, intentando decidir qué galleta comer primero: ¿la de chocolate con chispas, la de avena o la de mantequilla de maní? Al ver la cara triste de Elmo, dejó caer las galletas. "¿Qué pasa, Elmo?", preguntó Comegalletas con la boca llena de galleta de avena. "¡Elmo no puede reír!", exclamó Elmo, con los ojos llenos de lágrimas imaginarias. Comegalletas, siendo un monstruo muy comprensivo, abrazó a Elmo. "No te preocupes, amigo. Encontraremos tu risa. ¡Vamos a buscarla juntos!" Y así, comenzó la búsqueda de la risa perdida de Elmo. Primero, fueron a ver a Beto y Enrique. Beto estaba, como siempre, coleccionando clips. Enrique, como siempre, estaba tratando de tocar la trompeta (con resultados desastrosos). "¡Hola, Beto! ¡Hola, Enrique!", saludó Comegalletas. "Elmo ha perdido su risa. ¿Nos pueden ayudar a encontrarla?" Beto, sin levantar la vista de su colección de clips, dijo: "Mmm, quizás la risa de Elmo está escondida debajo de un clip raro. ¿Has revisado debajo de un clip con forma de pato?" Enrique, por otro lado, estaba muy emocionado. "¡Yo sé cómo hacer reír a Elmo! ¡Voy a tocar mi trompeta!", exclamó, levantando su trompeta brillante. Pero en lugar de risa, la trompeta de Enrique produjo un sonido chirriante que hizo que Beto se tapara los oídos y Comegalletas dejara caer otra galleta. Elmo seguía serio. "Quizás la trompeta no es la solución", dijo Beto, con un suspiro. Elmo, Comegalletas, Beto y Enrique decidieron ir a ver a Abby Cadabby. Abby estaba en su jardín, regando sus flores mágicas con su varita brillante. "¡Abby!", gritó Elmo. "¡Elmo ha perdido su risa!" Abby, con una mirada preocupada, agitó su varita mágica. "¡Ábrete Sésamo! ¡Haz que Elmo recupere su risa!" Pero en lugar de risa, la varita de Abby hizo aparecer una lluvia de confeti. El confeti era muy bonito, pero Elmo seguía sin poder reír. "Lo siento, Elmo", dijo Abby. "Mi magia no funcionó esta vez." Desanimados, Elmo y sus amigos se sentaron en la escalinata de Plaza Sésamo. Elmo se sentía más triste que nunca. ¿Volvería a reír alguna vez? De repente, Oscar el Gruñón salió de su cubo de basura. "¿Qué está pasando aquí?", gruñó. "¿Por qué tanto ruido?" "Elmo ha perdido su risa", explicó Comegalletas. Oscar sonrió (una sonrisa gruñona, por supuesto). "¡Ja! Eso es maravilloso. El mundo es mucho más tranquilo sin la risa de Elmo." Pero luego, Oscar vio la cara triste de Elmo. Y por alguna razón, la tristeza de Elmo le hizo sentir… ¡extraño! No le gustaba ver a Elmo triste. Era mucho más divertido cuando Elmo reía y hacía ruido. Oscar, con un resoplido, sacó algo de su cubo de basura. Era una vieja lata oxidada llena de gusanos. "Aquí", dijo Oscar, extendiendo la lata hacia Elmo. "Estos gusanos son muy graciosos. Te harán reír." Elmo miró la lata de gusanos. Al principio, se sintió un poco asqueado. Pero luego, vio que los gusanos estaban haciendo una especie de baile gracioso. Se movían de un lado a otro, como si estuvieran haciendo una conga. Y entonces, sucedió. Una pequeña risita escapó de la boca de Elmo. Luego, otra. Y otra. ¡Ja, ja, ja! La risa de Elmo volvió. Era más fuerte y contagiosa que nunca. Comegalletas se rió. Beto se rió. Incluso Enrique se rió (aunque su risa sonaba un poco como una trompeta desafinada). Y, para sorpresa de todos, ¡Oscar el Gruñón dejó escapar una pequeña risita gruñona! (La cual negó inmediatamente, por supuesto.) Elmo se dio cuenta de que su risa no había desaparecido realmente. Simplemente necesitaba un pequeño empujón, algo inesperado y un poco… ¡asqueroso! Pero lo más importante, necesitaba a sus amigos. La alegría, como la risa de Elmo, es contagiosa y se disfruta mejor cuando se comparte con los amigos. Y así, Elmo y sus amigos continuaron riendo y jugando en Plaza Sésamo, contagiando su alegría a todos los que los rodeaban. ¡Ja, ja, ja! Desde ese día, Elmo nunca olvidó la importancia de la amistad y el poder de una buena risa. Incluso Oscar el Gruñón aprendió que, a veces, un poco de alegría no es tan malo después de todo. ¡Y todos vivieron felices para siempre, o al menos hasta la hora de la merienda! Ja, ja, ja!
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