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En lo más alto del Reino de los Cielos Azules, donde el aire es fresco y el sol brilla como una moneda de oro, vivía una pequeña nube llamada Luna. Luna era diferente a las demás; mientras que sus hermanas mayores eran gigantescas cordilleras de vapor que cubrían ciudades enteras, Luna era pequeña, redonda y tan blanca como el algodón de azúcar recién hecho. Tenía unos ojos grandes y curiosos con los que observaba, cada mañana, el mundo que se extendía bajo sus pies de aire.
Luna era una nube soñadora. Le encantaba ver cómo los pajaritos tejían sus nidos en las copas de los árboles y cómo los conejitos jugaban a las carreras entre los arbustos. Sin embargo, su mayor deseo no era solo observar, sino participar en la vida del bosque. «Quiero ser útil», suspiraba Luna, dejando escapar un poquito de vapor que se disolvía en la brisa. «Quiero hacer algo grande por mis amigos de abajo».
Un verano, el sol decidió brillar con más fuerza de lo habitual. Pasaron los días, las semanas y los meses, pero ninguna nube se acercaba al Gran Bosque. El río, que antes cantaba entre las piedras, se convirtió en un hilo silencioso de barro. Las flores, que solían lucir vestidos de colores vibrantes, ahora agachaban sus cabecitas, amarillentas y sedientas. Benito, el conejo más veloz del lugar, ya no corría; se quedaba bajo la sombra de un roble seco, tratando de encontrar un poco de frescor.
Luna, desde su posición privilegiada, veía todo con gran tristeza. —¡Pobre Benito! ¡Pobres margaritas! —exclamó con voz temblorosa—. Necesitan agua, y yo solo soy una nubecita que no sabe hacer otra cosa que flotar.
Un día, mientras Luna intentaba estirarse para dar un poco de sombra a un nido de jilgueros, sintió un cosquilleo en sus bordes. Era el Gran Viento, un anciano sabio y veloz que recorría el mundo de punta a punta.

—¿Por qué estás tan triste, pequeña Luna? —preguntó el Viento con un susurro que movió todas las hojas secas del bosque.
—Oh, Gran Viento —respondió ella—. El bosque se muere de sed y yo soy demasiado pequeña para ayudar. Mis hermanas son las que traen las tormentas, pero ellas están ocupadas en las altas montañas. Yo no tengo suficiente agua dentro de mí.
El Gran Viento rió suavemente, creando un pequeño remolino de alegría. —Escucha bien, pequeña —le dijo con solemnidad—. No importa el tamaño que tengas, sino la fuerza de tu voluntad. A veces, los cambios más grandes comienzan con el gesto más pequeño. Si reúnes todo tu amor y te concentras, descubrirás que llevas un océano en tu interior.
Inspirada por las palabras del Viento, Luna cerró sus ojos y respiró hondo. Empezó a buscar en cada rincón de su esponjoso cuerpo. Recordó el frescor de la mañana y la humedad de la noche. Poco a poco, Luna empezó a cambiar. Su color blanco puro se tornó en un gris azulado, y su cuerpo, antes ligero, empezó a sentirse pesado y lleno de vida.
—¡Puedo hacerlo! —gritó con determinación.

Luna comenzó a girar y a concentrar todo el vapor de agua que flotaba a su alrededor. Se hizo un poco más grande, un poco más oscura, y de repente, sintió un cosquilleo eléctrico. ¡Ploc! Una gota cristalina escapó de su centro y cayó directamente sobre la nariz de Benito el conejo. El animalito saltó de sorpresa y miró hacia arriba.
¡Ploc, ploc, ploc!
Pronto, el sonido del agua golpeando las hojas secas se convirtió en una melodía rítmica. Luna estaba lloviendo. No era una tormenta aterradora con truenos y rayos, sino una lluvia fina, dulce y constante que acariciaba la tierra. Las flores, al sentir el contacto del agua, comenzaron a enderezar sus tallos como si estuvieran despertando de un largo sueño. El río empezó a llenarse de nuevo, y su murmullo volvió a llenar el aire.
Los animales salieron de sus madrigueras. Los ciervos bebieron con ansia, las ardillas bailaron entre las ramas mojadas y los pájaros batieron sus alas creando mil gotas de colores. Todos miraban hacia arriba y gritaban con alegría: —¡Gracias, Luna! ¡Gracias, pequeña nube!
Luna se sentía cada vez más ligera. A medida que entregaba su agua al bosque, volvía a ser blanca y pequeña, pero su corazón estaba más grande que nunca. Al terminar su labor, el sol volvió a asomarse, pero esta vez lo hizo con suavidad. Al tocar las últimas gotitas que flotaban en el aire, se formó un arcoíris espectacular que unía la montaña con el valle.
Luna se recostó sobre el arcoíris, cansada pero inmensamente feliz. Había aprendido que para salvar un bosque entero, no se necesitaba ser un gigante, sino tener el valor de dar todo lo que uno tiene. Desde aquel día, Luna fue conocida como la Guardiana del Bosque, la pequeña nube que demostró que el tamaño del cuerpo nunca limita la grandeza del alma.
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