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Gratis · elegí una vozPedrito vivía en una casa muy particular. No había ni una sola falda, ni un solo lazo, ni un solo par de zapatos brillantes. Solo pantalones, camisetas de fútbol y muchísimos calcetines apilados en el cajón. Pedrito vivía con su papá, Don Ramón, y sus dos hermanos mayores, Tomás y Samuel. Era una casa de hombres, ¡y vaya que se notaba!
Lo más curioso de todo era que Pedrito… ¡casi nunca usaba ropa! Le encantaba corretear desnudo por la casa. Don Ramón y sus hermanos le repetían una y otra vez: “Pedrito, ¡ponte algo! Hace frío, o te vas a resfriar. Además, no es apropiado”. Pero Pedrito, con su carita llena de pecas y su pelo castaño alborotado, siempre respondía lo mismo: “¡Pero si aquí solo estamos nosotros! ¿Para qué necesito ropa? ¡Deberían quitarse la ropa ustedes también!”.
Tomás y Samuel, ya adolescentes, se ponían colorados cada vez que Pedrito decía eso. Les daba vergüenza que el vecino los viera jugando al fútbol en el jardín con su hermano pequeño… bueno, sin nada puesto. Don Ramón suspiraba y le ponía un par de pantalones a Pedrito, pero al rato, ¡zas!, ya andaba correteando otra vez como Dios lo trajo al mundo.
Un día, Tomás tuvo una idea. No era una idea muy amable, la verdad, pero estaba desesperado. “Ya sé cómo vamos a enseñarle una lección a Pedrito”, le dijo a Samuel en secreto. “Vamos a invitar a todas las niñas de su clase a casa, sin que él sepa nada. ¡Cuando lleguen y lo vean así, se morirá de vergüenza y seguro que aprende la lección!”.
Samuel, aunque al principio le pareció una idea un poco cruel, terminó aceptando. Los dos hermanos se pusieron manos a la obra. Llamaron a todas las mamás de las niñas del salón de Pedrito y les explicaron la situación. La mayoría se rieron y aceptaron llevar a sus hijas a casa de los Ramón el sábado por la tarde.
El sábado, Pedrito estaba más feliz que nunca. Jugaba al escondite con su papá, completamente desnudo, por supuesto. Don Ramón intentaba disimular su nerviosismo, pero estaba preocupado por la sorpresa que le esperaba a Pedrito. Tomás y Samuel miraban por la ventana, esperando impacientes a que llegaran las invitadas.
Y entonces, ¡llegaron! Un autobús escolar lleno de niñas, vestidas con sus mejores galas, se detuvo frente a la casa. Pedrito, ajeno a todo, salió corriendo al jardín para seguir jugando. Al ver el autobús, se detuvo en seco. ¡Nunca había visto tantas niñas juntas!
Las niñas, al ver a Pedrito, se quedaron boquiabiertas. Algunas se rieron, otras se taparon los ojos, y otras simplemente lo miraron con curiosidad. Pedrito, por primera vez en su vida, sintió un calor extraño en las mejillas. ¡Se dio cuenta de que estar desnudo frente a tanta gente era… diferente!
Tomás y Samuel salieron corriendo de la casa, muertos de risa. “¡Sorpresa, Pedrito!”, gritaron. “¡Hemos invitado a tus amigas!”.
Pedrito, muy avergonzado, corrió a esconderse detrás de su papá. Don Ramón, con una sonrisa comprensiva, lo abrazó y le dijo: “Hijo, creo que es hora de que te pongas algo de ropa”.
Pedrito, sin protestar, asintió con la cabeza. Corrió a su habitación y se puso sus pantalones favoritos, una camiseta de fútbol y sus calcetines con rayas. Cuando salió, las niñas lo miraron con una sonrisa.
Una de ellas, una niña llamada Sofía con dos coletas rubias, se acercó a Pedrito y le dijo: “Hola, Pedrito. Me llamo Sofía. ¿Quieres jugar con nosotras?”.
Pedrito, todavía un poco colorado, asintió tímidamente. Jugaron a las escondidas, al pilla-pilla y a muchos otros juegos. Pedrito se dio cuenta de que jugar con niñas era muy divertido, ¡incluso con ropa puesta!
Esa tarde, Pedrito aprendió una lección muy importante. Aprendió que, aunque a veces es cómodo andar desnudo por casa, hay momentos en los que es mejor vestirse, especialmente cuando hay visitas. Y también aprendió que tener amigas es algo maravilloso, ¡y que da igual si llevas pantalones o una falda!
A partir de ese día, Pedrito siguió siendo un niño alegre y divertido, pero siempre se aseguraba de tener algo de ropa puesta, por si acaso. Y aunque a veces seguía diciendo que sus hermanos y su papá deberían quitarse la ropa, lo decía con una sonrisa, sabiendo que, al final, lo importante es sentirse cómodo y feliz, ¡con o sin pantalones!
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