El Secreto del Bosque de Ceniza

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El Secreto del Bosque de Ceniza — leído en voz alta

Leído por Elvira (España) · 5:27 · 895 palabras · 1 reproducciones

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El Secreto del Bosque de Ceniza

Mateo era un niño de ocho años con una curiosidad más grande que su propia sombra. Un sábado lluvioso, mientras exploraba el ático de su abuelo, encontró un viejo baúl de madera que olía a pino y a tiempo. Dentro, bajo una pila de mantas, brillaba una tela de un rojo tan intenso que parecía latir. Al tocarla, el mundo a su alrededor se desvaneció en una niebla espesa y fría.

Cuando la niebla se disipó, Mateo ya no estaba en su casa. Se encontraba en medio de un sendero flanqueado por árboles cuyos troncos se retorcían como dedos largos y huesudos. El cielo era de un color violeta oscuro, y no se oía ni un solo pájaro. De repente, una niña apareció frente a él. Tenía trenzas rubias, piel pálida y vestía una capa roja idéntica a la del baúl. Pero había algo extraño: la niña no parpadeaba.

—Hola, Mateo —dijo ella con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas—. Llegas justo a tiempo para la merienda de la abuela.

Mateo, sintiendo un escalofrío que le recorría la espalda, decidió seguirla. Mientras caminaban, las sombras de los árboles parecían moverse por su cuenta. De pronto, un gruñido profundo vibró en el aire. Entre los arbustos, apareció el Lobo. No era un lobo común; era una criatura enorme, de pelaje gris carbón y ojos que brillaban como brasas encendidas, vistiendo un chaleco morado roto.

—¿A dónde vas con tanta prisa, Caperucita? —preguntó el Lobo, pero su voz cambió de repente, sonando exactamente igual a la madre de Mateo—. Ten cuidado, el bosque tiene hambre hoy.

Mateo retrocedió, asustado. —¿Cómo sabes el nombre de mi madre? —exclamó. El Lobo solo mostró sus colmillos en una sonrisa gélida y desapareció en la penumbra. Caperucita continuó caminando como si nada hubiera pasado, tarareando una melodía que ponía los pelos de punta.

Finalmente, llegaron a una cabaña pequeña que parecía estar hecha de madera vieja y cansada. En la puerta, un hombre alto con un maletín de cuero los esperaba. Era el Doctor. Llevaba gafas redondas y un estetoscopio que emitía una luz azulada y tenue.

—Pasen, pasen —dijo el Doctor con urgencia—. La paciente está en un estado... interesante. El cuento está perdiendo su forma.

Dentro de la cabaña, el ambiente era pesado. En la cama, la Abuela estaba cubierta hasta la nariz por una colcha de retazos. Sus manos, que asomaban por fuera, no parecían de carne y hueso, sino hechas de paja y tela vieja. El Doctor comenzó a examinarla, pero no buscaba latidos, sino costuras.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Mateo, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.

—Este es el Bosque de los Relatos Olvidados —explicó el Doctor sin mirarlo—. Los personajes se cansan de repetir siempre lo mismo. El Lobo ya no quiere comer, la Abuela se está deshilachando y Caperucita... bueno, ella solo quiere compañía nueva.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Entró el Cazador, un hombre robusto con una barba espesa y un hacha que brillaba con una luz plateada. Pero el Cazador no venía a rescatar a nadie. Sus ojos eran iguales a los del Lobo: ámbar y brillantes.

—Es hora del cambio —dijo el Cazador con la misma voz dual del Lobo.

Mateo se dio cuenta del horror: en este mundo, el Lobo, el Cazador y el Doctor eran partes de la misma sombra que intentaba atraparlo para que él ocupara su lugar en el cuento. Caperucita se acercó a Mateo y le ofreció una cesta llena de manzanas negras.

—Si comes una, te quedarás para siempre y la historia volverá a ser perfecta —susurró ella.

Mateo recordó lo que su abuelo siempre decía: 'La realidad es el único camino a casa'. Buscó en su bolsillo y encontró un pequeño trompo de madera que siempre llevaba consigo. Lo lanzó al suelo y el juguete comenzó a girar con un brillo dorado, una luz que no pertenecía a ese mundo de sombras y niebla.

La luz del trompo comenzó a quemar la realidad del bosque. Los árboles empezaron a derretirse como cera y las figuras de Caperucita y el Lobo se distorsionaron. El Doctor gritó mientras sus gafas se rompían.

—¡No puedes irte! ¡El cuento te necesita! —rugieron las voces al unísono.

Pero Mateo cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el olor a pino del ático y en el sonido de la lluvia sobre el techo de su verdadera casa. Sintió un tirón violento en el ombligo y, de repente, el silencio absoluto.

Cuando abrió los ojos, Mateo estaba sentado en el suelo del ático. La capa roja estaba frente a él, pero ahora era solo un trozo de tela vieja y polvorienta, sin rastro de aquel brillo inquietante. Rápidamente, guardó la capa en el fondo del baúl, cerró la tapa con llave y bajó las escaleras corriendo.

Esa noche, mientras su madre le daba un beso de buenas noches, Mateo se aseguró de que sus ojos no brillaran como brasas y de que su voz fuera la de siempre. El bosque de ceniza se había quedado atrás, pero desde entonces, Mateo nunca volvió a leer el cuento de Caperucita Roja de la misma manera, sabiendo que detrás de las palabras, a veces, las sombras esperan una oportunidad para cambiar de lugar.

El mismo cuento con otras voces