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En un cielo azul y esponjoso, vivía una nube llamada Celestina. Celestina era una nube peculiar, regordeta y llena de gotitas brillantes. Pero Celestina tenía un secreto: no quería llover. ¡De ninguna manera! Ella pensaba que sus gotitas eran demasiado valiosas para desperdiciarlas en la tierra.
"Son mías," murmuraba Celestina, mirando con recelo al sol. "Son preciosas y brillantes. ¿Por qué debería regalarlas?"
Abajo, en la tierra, el campo suspiraba. Las flores estaban mustias, con sus pétalos caídos. El pasto crujía bajo los pies de las vacas. El río, antes bullicioso, se había convertido en un hilo delgado y triste. Un pequeño espantapájaros, con su sombrero de paja ladeado, observaba el cielo con desesperanza.
"¡Necesitamos la lluvia!" gritaba el viento, soplando con fuerza para animar a Celestina. Pero Celestina se hacía la sorda. Ella se acurrucaba aún más, aferrándose a sus gotitas como si fueran tesoros.
Un día, una pequeña mariposa, con alas de colores desvanecidos, voló hasta Celestina. "Por favor, nube," suplicó la mariposa, con voz débil. "Las flores se están muriendo. No tengo néctar para beber. Mis amigos están sufriendo."
Celestina miró a la mariposa con frialdad. "Lo siento, pequeña. Mis gotitas son demasiado valiosas para desperdiciarlas en flores. Busca néctar en otro lugar."
La mariposa, con el corazón roto, voló de regreso al campo. Allí, encontró al espantapájaros, que parecía aún más triste que antes. "No quiere llover," sollozó la mariposa. "Celestina es muy egoísta."
El espantapájaros, a pesar de su tristeza, tuvo una idea. "Tenemos que mostrarle a Celestina lo importante que es la lluvia," dijo el espantapájaros. "Pero ¿cómo?"
Entonces, una pequeña lombriz, que había estado escuchando la conversación, se arrastró hacia adelante. "Yo tengo una idea," dijo la lombriz. "Conozco a todas las raíces de las plantas. Les diré que envíen un mensaje a Celestina."
Y así lo hizo. La lombriz se arrastró de raíz en raíz, contándoles la situación. Las raíces, a su vez, enviaron un mensaje silencioso a través de la tierra, un mensaje de sed y desesperación, un mensaje que subió hasta el cielo y llegó a los oídos de Celestina.
Al principio, Celestina intentó ignorar el mensaje. Pero cuanto más lo intentaba, más fuerte se volvía. Podía sentir la sed de las plantas, el dolor de las flores, la tristeza del río. Por primera vez, Celestina sintió algo diferente a la avaricia: sintió empatía.
"Pero… ¿qué debo hacer?" se preguntó Celestina. "Si dejo caer mis gotitas, me quedaré vacía y desapareceré."
En ese momento, una nube anciana, arrugada y sabia, se acercó a Celestina. "Pequeña Celestina," dijo la nube anciana con voz suave. "El verdadero valor no está en guardar, sino en compartir. Cuando compartes, no te vuelves menos, te vuelves más. Tus gotitas no desaparecerán, se transformarán en vida."
Celestina miró a la nube anciana con duda. Luego, miró hacia abajo, al campo sediento, a las flores mustias, al río agonizante. Sintió el dolor de la tierra, la desesperación de la mariposa, la tristeza del espantapájaros.
Tomó una respiración profunda, y por primera vez, sintió el peso de la responsabilidad. Lentamente, con timidez, Celestina comenzó a soltar una gotita. Luego otra, y otra más. Al principio, fueron solo unas pocas, pero pronto, las gotitas cayeron como una lluvia suave y constante.
Al principio, Celestina sintió un poco de miedo. Pero luego, sintió algo más: sintió alegría. Vio cómo las flores levantaban sus cabezas, cómo el pasto recuperaba su color verde, cómo el río comenzaba a fluir con fuerza. Vio la mariposa beber néctar de las flores, y al espantapájaros sonreír.
La lluvia de Celestina duró horas. Y cuanto más llovía, más grande y brillante se volvía Celestina. No se había vuelto vacía, ¡se había llenado de alegría y satisfacción! Las gotitas que había compartido se habían transformado en vida, en belleza, en esperanza.
Finalmente, la lluvia cesó. El sol volvió a brillar, pero esta vez, el campo era verde y exuberante. Las flores estaban radiantes, el río era bullicioso y la mariposa volaba felizmente. Celestina, orgullosa y feliz, flotaba en el cielo azul, sabiendo que había hecho algo maravilloso.
A partir de ese día, Celestina aprendió la importancia de compartir. Ya no era una nube avarenta, sino una nube generosa y amada por todos. Y cada vez que llovía, la gente recordaba a Celestina, la nube que aprendió a dar y a encontrar la verdadera felicidad en el acto de compartir.
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