Celestino, El Ángel Desplumado
Celestino, un ángel novato, cae del cielo al jardín de Pepita mientras aprende a volar. Pepita y su abuela lo ayudan a reparar sus alas y a recuperar la confianza para volar, demostrando que incluso los ángeles necesitan ayuda a veces.

Una mañana, mientras el sol pintaba el cielo de rosa y naranja, Pepita, una niña de ojos curiosos y coletas traviesas, jugaba en el jardín de su abuela. De repente, ¡pum!, algo cayó del cielo con un suave golpe. Pepita, asustada pero valiente, se acercó con cautela. ¡Era un ángel! Pero no un ángel brillante y resplandeciente como los de los cuentos. Este ángel era… diferente. Tenía las alas llenas de barro y le faltaban algunas plumas. "¡Ay!", gimió el ángel, frotándose la cabeza. "¿Dónde estoy?" "En el jardín de mi abuela", respondió Pepita, mirándolo con incredulidad. "¿Eres un ángel?" El ángel asintió, con una expresión triste. "Me llamo Celestino, y sí, soy un ángel. Pero creo que he tenido un pequeño… accidente." Pepita examinó a Celestino de arriba abajo. Era pequeño, con el pelo revuelto y una túnica blanca un poco sucia. Le faltaban plumas en las alas, y donde deberían estar las plumas, solo había pequeños espacios vacíos. "¿Qué te pasó?", preguntó. Celestino suspiró. "Estaba aprendiendo a volar. Es que soy un ángel… principiante. Y me distraje mirando a las ovejas que contaban nubes. ¡Son tan esponjosas! Perdí el equilibrio y… bueno, aquí estoy." Pepita sintió pena por Celestino. Se veía tan desamparado. "¡No te preocupes!", dijo. "Te ayudaré. Mi abuela sabe curar todo. Tiene unas manos mágicas." Tomados de la mano, Pepita y Celestino entraron a la casa. La abuela de Pepita, una señora de sonrisa cálida y ojos sabios, estaba horneando galletas de jengibre. Al ver a Celestino, no se sorprendió en lo más mínimo. Parecía que ya había visto ángeles caídos antes. "¡Hola, abuela!", exclamó Pepita. "Este es Celestino. Es un ángel que se cayó del cielo y necesita ayuda." La abuela sonrió. "Bienvenido, Celestino. Descansa un poco. Te prepararé un té de hierbas y luego veremos qué podemos hacer con esas alas." Celestino bebió el té de hierbas, que era dulce y reconfortante. La abuela examinó sus alas con cuidado. "Necesitas plumas nuevas", dijo. "Y un poco de práctica." Pepita y su abuela pasaron la tarde buscando plumas en el jardín. Recogieron plumas de paloma, plumas de gallina (¡gracias a la vecina!) e incluso una pluma de pavo real que encontraron por casualidad. La abuela de Pepita, con mucha paciencia, pegó las plumas a las alas de Celestino con una goma especial que olía a miel. Al día siguiente, Celestino estaba listo para intentar volar de nuevo. Pepita y su abuela lo llevaron al campo, donde el viento soplaba suavemente. "Recuerda, Celestino", dijo Pepita. "Concéntrate y no te distraigas con las ovejas." Celestino respiró hondo, cerró los ojos y batió sus alas. ¡Al principio, nada! Pero luego, con un esfuerzo más, se elevó un poco del suelo. Aleteó con más fuerza y, esta vez, ¡voló! Al principio, de forma torpe y tambaleante, pero luego, con más seguridad. Pepita y su abuela lo animaban desde abajo. Celestino voló alrededor del campo, disfrutando de la sensación del viento en su cara. Se sentía feliz y agradecido. Después de un rato, Celestino aterrizó suavemente frente a Pepita y su abuela. "¡Lo hice!", exclamó, radiante. "¡Gracias por ayudarme!" "De nada, Celestino", dijo Pepita. "Siempre estaremos aquí si necesitas ayuda." Celestino miró al cielo, que ahora estaba lleno de nubes blancas y esponjosas. "Tengo que volver", dijo. "Pero nunca olvidaré su amabilidad." Celestino abrazó a Pepita y a su abuela, y luego, con un batir de alas, se elevó hacia el cielo. Esta vez, voló con confianza y seguridad. Pepita y su abuela lo observaron hasta que se convirtió en un punto brillante en el horizonte. Esa noche, Pepita se acostó en su cama, pensando en Celestino. Sabía que nunca olvidaría al ángel desplumado que se había caído del cielo. Y sabía que, a veces, incluso los ángeles necesitan un poco de ayuda para encontrar su camino. Y siempre recordaría el olor a jengibre y miel, que le recordaba a la magia que había compartido con un ángel caído y su abuela. Y cada vez que veía una pluma en el jardín, sonreía, sabiendo que tal vez, era una señal de Celestino, volando felizmente en el cielo.
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