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Gratis · elegí una vozEn la ciudad de Samaria, la gente estaba muy, muy triste. Un rey malvado, Ben-Adad, y su ejército habían rodeado la ciudad. ¡Nadie podía entrar ni salir! Pronto, la comida se acabó. Los niños tenían hambre, y sus barriguitas hacían ruidos graciosos, pero no había nada que comer. ¡Ni siquiera una miga de pan!
El rey de Israel, un hombre preocupado, caminaba por lo alto de la muralla de la ciudad, mirando hacia afuera con tristeza. De repente, una señora lo llamó: “¡Ayúdame, rey! ¡Por favor, ayúdame!”
El rey suspiró. “Si Dios no nos ayuda, ¿qué puedo hacer yo? No tengo comida para darte.”
La señora empezó a llorar. “¡Esa otra señora y yo hicimos un trato terrible! Decidimos que comeríamos a mi hijo un día, y al hijo de ella al día siguiente. ¡Ya comimos a mi hijo! Pero ahora, ¡ella escondió al suyo!”
El rey se puso tan, tan triste que rasgó su ropa. ¡Era una situación horrible! El rey culpó al profeta Eliseo por todo esto, pensando que si Eliseo no estuviera allí, todo estaría bien.
Ese día, Eliseo estaba en su casa, rodeado de ancianos. De repente, sintió que el rey enviaba a alguien para hacerle daño. “¡Cierren la puerta!,” dijo Eliseo. “¡Ese rey está muy enojado y nos quiere hacer daño!”
Pero antes de que pudieran cerrar la puerta, ¡llegó el mensajero del rey! “¡Este problema viene de Dios!,” gritó el mensajero. “¡Ya no hay esperanza!”
Pero Eliseo, un hombre muy sabio que hablaba con Dios, sonrió. “¡No se preocupen!,” dijo. “¡Escuchen lo que Dios dice! Mañana, a esta misma hora, ¡habrá tanta comida en Samaria que todos podrán comer hasta saciarse! ¡Será como un gran festín!”
Un soldado muy importante, que siempre estaba al lado del rey, se rió. “¡Eso es imposible!,” dijo. “¡Ni siquiera si Dios abriera ventanas en el cielo podría haber tanta comida!”
Eliseo lo miró fijamente. “Lo verás con tus propios ojos,” dijo Eliseo, “pero no comerás nada de esa comida.”
Afuera de la ciudad, junto a la puerta, vivían cuatro hombres que tenían una enfermedad en la piel llamada lepra. Nadie quería acercarse a ellos. “¿Qué vamos a hacer?,” dijo uno de los hombres. “Si nos quedamos aquí, moriremos de hambre. Si entramos a la ciudad, también moriremos de hambre. ¡Tengo una idea! Vamos al campamento de los sirios. Si nos dan comida, viviremos. Si nos matan, al menos habremos intentado algo.”
Así que, cuando empezó a oscurecer, los cuatro hombres se levantaron y caminaron hacia el campamento de los sirios. Pero, ¡oh, sorpresa! ¡No había nadie allí! El campamento estaba completamente vacío. ¡Ni un solo soldado!
¿Qué había pasado? Pues, Dios había hecho un truco maravilloso. Había hecho que los sirios escucharan un ruido enorme, como si un ejército gigante con muchos caballos y carros estuviera atacando. Los sirios, llenos de miedo, pensaron que el rey de Israel había contratado a otros reyes para luchar contra ellos. ¡Así que salieron corriendo, dejando todo atrás!
Los cuatro hombres leprosos entraron en una tienda. ¡Estaba llena de comida deliciosa! Comieron y bebieron hasta que no pudieron más. Luego, encontraron oro, plata y ropa bonita, y lo escondieron. Pero luego, uno de ellos dijo: “¡Esto no está bien! Hoy tenemos buenas noticias, y no se las estamos contando a nadie. ¡Si esperamos hasta mañana, nos meteremos en problemas! ¡Tenemos que avisar a la ciudad!”
Así que corrieron de vuelta a Samaria y gritaron a los guardias de la puerta: “¡Hemos ido al campamento de los sirios, y está vacío! ¡Hay comida para todos!”
Los guardias corrieron a contárselo al rey. El rey, al principio, no lo creyó. Pensó que era una trampa. “Los sirios saben que tenemos hambre,” dijo el rey. “Seguro que se escondieron para atacarnos cuando salgamos a buscar comida.”
Pero uno de los siervos del rey tuvo una idea. “Enviemos a unos pocos hombres a caballo para que revisen el camino. Si mueren, bueno, de todos modos morirán de hambre. Pero si ven algo, sabremos la verdad.”
Así que el rey envió a dos hombres a caballo. Fueron hasta el río Jordán, ¡y encontraron el camino lleno de ropa y cosas que los sirios habían tirado mientras huían! ¡Estaba claro que los sirios se habían ido de verdad!
Cuando los hombres volvieron y le contaron al rey, ¡la gente de Samaria se puso muy contenta! Corrieron al campamento de los sirios y tomaron toda la comida, la ropa y las cosas valiosas que encontraron. ¡De repente, había comida para todos! ¡Era como un gran festín sorpresa!
Tal como Eliseo había dicho, al día siguiente, se podía comprar mucha harina y cebada por muy poco dinero. ¡La promesa de Dios se había cumplido!
Pero, ¿qué pasó con el soldado importante que no había creído a Eliseo? El rey lo puso a cargo de la puerta de la ciudad para controlar a la gente. Pero había tanta gente corriendo para conseguir comida que lo empujaron y lo pisotearon, y murió. ¡Así, se cumplió también la palabra de Eliseo! El soldado vio la comida, pero no pudo comerla.
Y así, la ciudad de Samaria, que había estado triste y hambrienta, se llenó de alegría y comida. ¡Todo gracias a Dios y a su profeta Eliseo!
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