El Gran Corazón de Henry el Gigante
Henry es un gigante bondadoso que vive solo en las montañas porque los aldeanos le temen. Cuando una sequía amenaza al pueblo, Henry une fuerzas con una niña valiente llamada Lucía para salvar el suministro de agua y demostrar que su corazón es tan grande como su cuerpo.

En lo más alto de la Cordillera de los Suspiros, donde el aire es tan puro que brilla como el cristal, vivía un gigante llamado Henry. Henry no era como los gigantes de los cuentos antiguos; no era gruñón, ni ruidoso, ni le gustaba asustar a nadie. Al contrario, Henry era un alma gentil que pasaba sus días cuidando un jardín de girasoles gigantes que crecían casi hasta tocar el sol. Sus botas estaban hechas de cuero de roca y su túnica era del color del musgo del bosque, pero sus ojos eran tan azules y claros como un lago de montaña en primavera. A los pies de su montaña se encontraba Villa Verde, un pueblito de casas con techos de paja y chimeneas humeantes. Los habitantes de Villa Verde vivían con un miedo constante. Cada vez que Henry caminaba, la tierra temblaba sutilmente, y los aldeanos cerraban sus ventanas pensando que un terremoto se avecinaba. "¡Es el gigante!", gritaban los niños, escondiéndose bajo sus camas. Henry lo sabía y, por eso, trataba de moverse con la mayor delicadeza posible, caminando de puntillas sobre los valles, aunque eso no evitaba que sus pasos sonaran como truenos lejanos. Un verano, la tragedia golpeó a Villa Verde. No llovió durante meses. El río que alimentaba las granjas se convirtió en un hilo de lodo y los pozos se secaron. Las flores se marchitaron y los animales tenían sed. Henry, desde su altura, observaba con tristeza cómo el verde de la aldea se tornaba marrón. Quería ayudar, pero temía que su presencia causara más pánico que alivio. Sin embargo, Lucía, una niña valiente de apenas siete años, decidió que alguien debía hacer algo. Ella había visto a Henry desde lejos y no veía a un monstruo, sino a un ser solitario que acariciaba a las águilas que volaban cerca de su cabeza. Un día, Lucía subió por el sendero pedregoso hasta la entrada de la cueva de Henry. Cuando el gigante la vio, se quedó petrificado, temiendo que un simple estornudo pudiera hacer volar a la pequeña visitante. —Señor Henry —dijo Lucía con voz firme pero dulce—, mi pueblo tiene sed. El río se ha detenido y no sabemos por qué. Henry, emocionado por hablar con alguien, se inclinó tanto que su nariz quedó a la altura de Lucía. —Pequeña humana —retumbó su voz, que sonaba como el murmullo del viento en un cañón—, he visto la sequía. No es solo el sol. Una gran roca ha caído en la Garganta del Diablo, bloqueando el paso del agua. Yo puedo moverla, pero temo asustar a tu gente. —Si traes el agua de vuelta, nadie tendrá miedo —aseguró Lucía. Henry asintió y, con Lucía sentada con cuidado en su hombro, descendió la montaña. Al llegar a la Garganta del Diablo, vio el problema: un derrumbe masivo había sellado el cauce del río. Henry respiró hondo, se arremangó su túnica de musgo y hundió sus manos en la pila de escombros. Los aldeanos, que habían salido de sus casas al sentir el temblor de sus pasos, observaban desde la distancia, paralizados por el asombro. Con un esfuerzo sobrehumano, Henry levantó una roca del tamaño de una casa. Sus músculos se tensaron como cuerdas de acero. Al mover la piedra final, un torrente de agua cristalina brotó con fuerza, rugiendo de alegría mientras bajaba de nuevo hacia el valle. El agua corrió por los canales, llenó los pozos y refrescó los campos sedientos en cuestión de minutos. Los aldeanos rompieron en vítores. Ya no veían a un monstruo; veían a un héroe. Henry, algo tímido, dejó a Lucía en el suelo y comenzó a retirarse, pero el alcalde del pueblo lo llamó desde la plaza. —¡Espera, gran Henry! —gritó el hombre—. Nos has salvado. Por favor, no te vayas. Desde aquel día, Henry se convirtió en el protector oficial de Villa Verde. Los aldeanos, en agradecimiento, se unieron para construirle una silla gigante tallada en la ladera de la montaña, para que pudiera sentarse a charlar con ellos sin cansarse. Henry les enseñó a cultivar girasoles que crecían hasta el cielo, y a cambio, los panaderos del pueblo le horneaban hogazas de pan del tamaño de carretas. Henry ya no era el gigante solitario de la montaña. Era Henry, el vecino más grande y bondadoso que cualquier pueblo podría desear. Y Lucía, su mejor amiga, siempre decía que, aunque Henry era muy alto, su corazón era todavía más grande que su estatura.
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