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Gratis · elegí una vozMateo era un niño de cuatro años al que le encantaban los colores. Pero no los colores de las pinturas o los crayones. Le gustaba el color del cielo en un día soleado, el verde brillante de las hojas después de la lluvia, y el amarillo intenso de los taxis que pasaban por la calle. A Mateo le gustaba observar, sentir y organizar el mundo a su manera. A veces, el mundo era demasiado ruidoso, demasiado brillante, o simplemente demasiado... mucho. Mateo era autista, y aunque tenía un corazón lleno de alegría y curiosidad, a menudo se sentía abrumado.
En la escuela, Mateo prefería jugar solo. Construía torres altísimas con bloques de madera, cada uno colocado con precisión milimétrica. Le encantaba alinear sus carritos de juguete por colores, del rojo más brillante al morado más oscuro. Los otros niños, a veces, intentaban jugar con él, pero Mateo se ponía nervioso. Sus voces fuertes y movimientos bruscos lo asustaban. A veces, se tapaba los oídos y se mecía hacia adelante y hacia atrás.
La maestra de Mateo, la Señora Elena, era muy amable, pero sabía que Mateo necesitaba ayuda adicional. Un día, le contó a los padres de Mateo sobre la posibilidad de tener una acompañante pedagógica. Al principio, estaban un poco preocupados. ¿Cómo reaccionaría Mateo ante una persona nueva en su pequeño mundo?
Entonces, llegó Sofía. Sofía tenía una sonrisa suave y ojos que brillaban con paciencia. El primer día, simplemente se sentó cerca de Mateo mientras él jugaba con sus bloques. No intentó hablarle ni tocar sus juguetes. Solo observó con atención, aprendiendo sobre el mundo de Mateo.
Al día siguiente, Sofía trajo consigo una caja de arena. Mateo la miró con curiosidad. Sofía, sin decir nada, empezó a dibujar figuras simples en la arena con un palito. Hizo un sol, una flor, una casa. Mateo se acercó lentamente y observó con atención. Luego, tímidamente, tomó otro palito y dibujó una línea. Sofía sonrió suavemente.
Poco a poco, Mateo empezó a confiar en Sofía. Descubrió que Sofía entendía cuando necesitaba silencio, cuando necesitaba moverse, y cuando necesitaba un abrazo fuerte. Sofía aprendió a anticipar las necesidades de Mateo y a ayudarlo a regular sus emociones. Le enseñó estrategias para enfrentar los ruidos fuertes y las luces brillantes. Le mostró cómo pedir ayuda cuando se sentía abrumado.
Un día, durante la hora del círculo, la Señora Elena leyó un cuento sobre un dragón que perdía su tesoro. Mateo, que normalmente se mantenía apartado, levantó la mano. La Señora Elena se sorprendió y le dio la palabra. Mateo, con voz suave pero clara, dijo: "El dragón se siente triste porque perdió algo importante. Necesita un amigo que lo ayude a buscarlo."
Los otros niños lo miraron con asombro. Nunca antes habían escuchado a Mateo hablar tanto en clase. Sofía le sonrió con orgullo. Sabía que Mateo estaba empezando a conectar con el mundo que lo rodeaba, a expresar sus sentimientos y a compartir sus ideas.
Con Sofía a su lado, Mateo empezó a participar más en las actividades de la clase. Aprendió a esperar su turno, a compartir sus juguetes, y a jugar con otros niños. Aunque a veces todavía se sentía abrumado, ahora tenía las herramientas para manejar sus emociones y la confianza para pedir ayuda.
Mateo descubrió que el mundo, aunque a veces ruidoso y confuso, también podía ser lleno de amigos, aventuras y colores maravillosos. Y Sofía, con su paciencia y comprensión, lo había ayudado a encontrar su propio camino para navegar por ese mundo.
Un día, Mateo le regaló a Sofía una de sus torres de bloques, la más alta y la más perfecta. "Para ti, Sofía", dijo. "Gracias por ayudarme a ver el mundo con mis propios colores."
Sofía abrazó a Mateo con cariño. "De nada, Mateo", dijo. "Tú me has enseñado a ver el mundo con nuevos ojos."
Y así, Mateo y Sofía siguieron explorando el mundo juntos, aprendiendo el uno del otro y celebrando la belleza de la diversidad.
Al finalizar el año escolar, Mateo estaba mucho más integrado en la clase y más cómodo con sus compañeros. Él había florecido, y Sofía se sentía inmensamente orgullosa. Sabía que Mateo seguiría enfrentando desafíos, pero también sabía que él tenía la fuerza y el apoyo necesarios para superarlos.
Un día, Sofía le preguntó a Mateo cuál era su color favorito ahora. Mateo pensó por un momento y sonrió. "Todos", dijo. "Todos los colores son mis favoritos. Porque todos son diferentes y todos son especiales."
**Moraleja:** La empatía y la paciencia pueden abrir mundos para aquellos que perciben la realidad de manera diferente. Todos tenemos nuestra propia forma de brillar, y con el apoyo adecuado, podemos encontrar la belleza en la diversidad y celebrar nuestras diferencias.
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