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Había una vez una niña de siete años llamada Karen, que tenía unos brillantes ojos castaños y una melena del mismo color que siempre llevaba recogida en una práctica coleta. Karen no era una niña común; mientras otros niños preferían correr tras una pelota, ella pasaba horas explorando el desván de su abuela, un lugar lleno de baúles antiguos y libros con olor a vainilla. Un martes lluvioso, mientras rebuscaba entre unas cortinas de terciopelo azul, Karen encontró un espejo ovalado con un marco de plata tallada que parecía emitir un suave resplandor dorado.
Al acercar su pequeña mano al cristal, sintió un calorcito acogedor. De repente, la superficie del espejo se onduló como el agua de un estanque y, antes de que pudiera parpadear, Karen se encontró de pie en medio de un jardín que parecía sacado de un sueño. Las flores eran del tamaño de sombrillas y el aire olía a rosas frescas y magia. A pocos pasos de ella, sentada en un banco de piedra, una joven de cabellos dorados y vestido sencillo pero pulcro lloraba silenciosamente. Karen, con su corazón bondadoso, se acercó despacio.
—¿Por qué estás triste? —preguntó Karen con su voz dulce. La joven levantó la vista, revelando unos ojos azules llenos de asombro. —Me llamo Karen, ¿quién eres tú?
La joven se secó las lágrimas y sonrió con timidez. —Soy Cenicienta. Mis hermanastras han ido al baile del palacio y yo me he quedado aquí, soñando con lo que nunca podré ver. Pero, ¿cómo has llegado tú aquí? Tu ropa es muy extraña.
Karen miró sus vaqueros y su camiseta de rayas y soltó una risita. —Vengo de muy lejos, a través de un espejo mágico. Pero no llores, Cenicienta. En los libros que leo, tú siempre llegas al baile. ¡Solo necesitamos un poco de ingenio!
En ese momento, un revoloteo de luces apareció sobre sus cabezas. Era el Hada Madrina, una mujer menuda con una sonrisa radiante y una varita que soltaba chispas de colores. —¡Vaya, veo que Cenicienta ya tiene una pequeña guardiana! —exclamó el Hada—. Karen, tu valentía y amistad han invocado mi magia. Vamos a preparar a nuestra amiga para la noche más importante de su vida.
Karen observó maravillada cómo el Hada Madrina transformaba una calabaza en un carruaje dorado y a los ratoncitos en caballos blancos. Pero lo más increíble fue el vestido de Cenicienta: una cascada de seda azul pálido que brillaba como si estuviera tejida con estrellas. Al final, aparecieron los famosos zapatos de cristal.
—¡Son preciosos! —exclamó Karen—. Pero, Hada Madrina, ¿puedo ir yo también? Prometo cuidar de ella y asegurarme de que regrese antes de medianoche.
El Hada Madrina asintió y, con un giro de su varita, el vestido de Karen se transformó en un traje de gala de color castaño brillante, a juego con sus ojos, adornado con pequeñas margaritas blancas. Juntas, las dos nuevas amigas subieron al carruaje. Durante el trayecto, Karen y Cenicienta hablaron de muchas cosas. Cenicienta le contó cómo hablaba con los pájaros y Karen le explicó qué era un ordenador y cómo se veía el mundo en el futuro. A pesar de venir de tiempos diferentes, descubrieron que ambas amaban la música y creían en la bondad de las personas.
Al llegar al palacio, la grandeza del salón dejó a Karen sin aliento. Había miles de velas encendidas y la música de los violines llenaba cada rincón. Cenicienta estaba nerviosa, pero Karen le tomó la mano con fuerza. —No tengas miedo, tú brillas más que todas estas luces juntas —le susurró.
Cuando el Príncipe vio a Cenicienta, el tiempo pareció detenerse. Se acercó y le pidió un baile. Mientras ellos giraban en el centro del salón, Karen se dedicó a observar la escena. Se dio cuenta de que las hermanastras de Cenicienta estaban cerca, murmurando con envidia sin reconocer a la joven. Con astucia, Karen se acercó a la mesa de los postres y, aprovechando un descuido, colocó un poco de mermelada de fresa en los zapatos de las hermanastras para que no pudieran dejar de resbalar al intentar acercarse al Príncipe. Fue una travesura pequeña, pero muy efectiva.
La noche avanzaba y las dos amigas se divirtieron como nunca. Karen probó pasteles de limón que sabían a nubes y bailó con un joven duque que no paraba de preguntarle de qué reino venía. Sin embargo, Karen no perdía de vista el gran reloj de la torre. Cuando las manecillas marcaron las doce menos cinco, corrió hacia Cenicienta.
—¡Debemos irnos ahora! —gritó Karen sobre el ruido de la música.
Cenicienta asintió y juntas bajaron las escaleras de mármol a toda prisa. En la huida, tal como decía la leyenda, Cenicienta perdió uno de sus zapatos de cristal. Karen se detuvo un segundo para recogerlo, pero el Hada Madrina le susurró al oído desde el aire: «Déjalo ahí, pequeña Karen, es parte del destino». Karen obedeció y siguió corriendo hacia el carruaje, que justo al cruzar las puertas del jardín, volvió a ser una calabaza.
De vuelta en el jardín de la casa de Cenicienta, ambas se miraron. Sus vestidos elegantes habían desaparecido, volviendo a ser la ropa sencilla y los vaqueros de siempre. El silencio de la noche las rodeaba.
—Gracias, Karen —dijo Cenicienta, abrazándola fuertemente—. Esta noche ha sido mágica no por el baile, sino porque encontré a una amiga de verdad que creyó en mí.
—Siempre creeré en ti —respondió Karen con los ojos empañados—. Y no te preocupes, sé que el Príncipe te encontrará. El zapato que dejaste atrás es la llave de tu felicidad.
El espejo en el rincón del jardín empezó a brillar de nuevo, indicando que era hora de que Karen regresara a su hogar. Con un último adiós y una promesa de recordarse siempre, Karen atravesó el cristal. De repente, se encontró de nuevo en el desván de su abuela. La lluvia seguía golpeando suavemente la ventana y el espejo ahora era solo un objeto antiguo y polvoriento.
Karen bajó a cenar con una sonrisa radiante. Esa noche, mientras su madre le leía el cuento de Cenicienta antes de dormir, Karen acarició un pequeño detalle que había quedado en su bolsillo: una diminuta margarita de tela de su vestido de baile. Sabía que no había sido un sueño. En algún lugar, en otro tiempo, su mejor amiga estaba a punto de convertirse en princesa, y ella, la niña de los ojos castaños, siempre guardaría el secreto de la noche en que la magia las unió.
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