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Gratis · elegí una vozEn las Islas Flotantes, un lugar mágico suspendido entre las nubes, vivía una niña llamada Lila. No había coches ni autobuses allí. En cambio, la gente viajaba sobre la espalda de las Avizorias, aves gigantescas del tamaño de caballos, con plumas de todos los colores del arcoíris. Lila tenía una Avizoria llamada Chispa, con plumas brillantes como el sol y un graznido que sonaba como una campanilla. Chispa era su mejor amiga y su compañera de aventuras.
La vida en las Islas Flotantes era tranquila y feliz, hasta que llegó Yael. Yael era un hombre alto y sombrío, con ojos oscuros y una risa que helaba la sangre. Él no amaba a las Avizorias como los demás. Él quería controlarlas, usarlas para sus propios fines egoístas. Yael construyó una jaula gigante, hecha de metal oscuro, con la intención de capturar a todas las Avizorias y convertirlas en su ejército volador.
Lila, al ver las intenciones de Yael, sintió un escalofrío. Sabía que tenía que detenerlo. Ella amaba a Chispa y a todas las Avizorias. No permitiría que Yael las encerrara y les quitara su libertad. Lila reunió a sus amigos, Tomás, el inventor, y Sofía, la curandera de Avizorias. Juntos, planearon una forma de frustrar los malvados planes de Yael.
Mientras tanto, en la isla más lejana, vivía Eber. Eber era un hombre extremadamente gordo, con una barriga tan grande que casi no podía caminar. Eber tenía un apetito insaciable. Comía todo lo que se le ponía por delante: frutas, verduras, incluso las rocas flotantes que sostenían las islas. Pero Eber no era malo, solo estaba muy, muy hambriento. Nadie entendía por qué comía tanto, pero todos sabían que, si seguía así, terminaría comiéndose el mundo.
Un día, la jaula de Yael estuvo casi completa. Las Avizorias, presintiendo el peligro, volaban nerviosas por el cielo. Lila, Tomás y Sofía montaron a Chispa y volaron hacia el taller de Yael. Tomás había inventado un dispositivo que emitía un sonido agudo, insoportable para los oídos de Yael, pero inofensivo para las Avizorias. Era su única esperanza.
Cuando llegaron al taller, Yael estaba a punto de cerrar la jaula. Lila gritó: "¡Yael, detente! ¡No puedes hacer esto!" Yael se giró, con una mirada furiosa en sus ojos. "¡Apartaos de mi camino, niños! Estas Avizorias me pertenecen ahora." Tomás activó el dispositivo. Un sonido agudo y penetrante llenó el aire. Yael se tapó los oídos, gritando de dolor. Las Avizorias, a pesar del ruido, se mantuvieron tranquilas.
Aprovechando la distracción, Lila y Sofía liberaron a las Avizorias que ya habían sido capturadas. Las aves salieron volando, uniéndose a sus compañeras en el cielo. Yael, derrotado, cayó al suelo, aún tapándose los oídos. La jaula, sin nadie que la controlara, se derrumbó en un montón de metal.
Pero la alegría no duró mucho. De repente, la tierra tembló. Todos miraron hacia el horizonte y vieron a Eber, acercándose peligrosamente a su isla. Eber estaba comiendo todo a su paso, dejando un rastro de destrucción a su alrededor. "¡Eber está comiéndose el mundo!" gritó alguien con pánico.
Lila, Tomás y Sofía sabían que tenían que hacer algo. No podían permitir que Eber destruyera su hogar. Pero, ¿cómo detener a alguien que simplemente no podía dejar de comer? Sofía tuvo una idea. Recordó una antigua leyenda que hablaba de una fruta mágica, la Manzana Celestial, que tenía el poder de saciar cualquier apetito. La Manzana Celestial solo crecía en la isla más alta de las Islas Flotantes, una isla casi inaccesible, cubierta de niebla y protegida por criaturas místicas.
Lila, Tomás y Sofía, montados en Chispa, se dirigieron hacia la isla más alta. El viaje fue peligroso. Tuvieron que esquivar tormentas eléctricas y evitar a las criaturas místicas que custodiaban la isla. Finalmente, después de muchas dificultades, llegaron a la cima. Allí, en el centro de un jardín resplandeciente, encontraron la Manzana Celestial. Era una fruta dorada, brillante como el sol, con un aroma dulce y embriagador.
Regresaron volando hacia donde estaba Eber, quien ya había comenzado a comerse parte de la isla de Lila. Lila se acercó a Eber y le ofreció la Manzana Celestial. Eber, con los ojos llenos de asombro, tomó la fruta y le dio un mordisco. Al instante, su rostro se iluminó. Sintió una sensación de satisfacción que nunca antes había experimentado. Por primera vez en su vida, no sintió hambre. Dejó de comer y miró a Lila con gratitud.
Eber se disculpó por todo el daño que había causado. Lila lo perdonó y le explicó lo importante que era cuidar el mundo. Eber, ahora con el apetito saciado, se convirtió en el protector de las Islas Flotantes. Usó su gran fuerza para reparar los daños que había causado y para proteger las islas de cualquier peligro. Yael, avergonzado por sus acciones, se marchó de las Islas Flotantes, prometiendo enmendar su camino. Lila, Chispa, Tomás y Sofía continuaron viviendo felices en las Islas Flotantes, siempre listos para defender su hogar y a sus amigos.
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