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Gratis · elegí una vozHabía una vez una niña llamada Luna, que cada mañana despertaba con una gran sonrisa. El sol entraba por su ventana y la llenaba de alegría, pero lo que más le gustaba era saber que un nuevo día lleno de aventuras la esperaba.
Cuando abría los ojos, veía las manos suaves de mamá, que la ayudaban a vestirse y a peinar su cabello con mucho cariño. Mamá siempre cantaba una canción mientras le hacía una trenza, y Luna reía con cada cosquilla que sentía en su cuello. Las manos de mamá eran como magia, siempre suaves y protectoras.
—¡Gracias, mamá! —decía Luna mientras le daba un abrazo apretado. A Luna le encantaban los abrazos de mamá, eran cálidos y reconfortantes, como un refugio seguro.
Al llegar al jardín, la esperaba la maestra Ana, que con sus manos abría la puerta y la saludaba diciendo: —¡Buenos días, Luna! Hoy aprenderemos y jugaremos juntos. La maestra Ana tenía manos que enseñaban, manos que dibujaban soles amarillos y corazones rojos. Con ellas, Luna aprendió a escribir su nombre y a contar hasta diez.
Durante el recreo, mientras jugaba a la rayuela con sus amigos, Luna tropezó y cayó. ¡Auch! Se raspó la rodilla. Rápidamente, las manos del doctor del colegio la ayudaron a levantarse, le limpiaron la rodilla con un algodón suave y soplaron suavecito para que no doliera. El doctor le puso una curita de colores con un dibujo de un osito. Las manos del doctor eran como un bálsamo, aliviaban el dolor y la hacían sentir mejor.
Más tarde, cuando volvió a casa, el abuelo Tomás la esperaba con sus manos arrugadas pero fuertes. El abuelo Tomás tenía manos que contaban historias, manos que construían barcos de papel y que plantaban flores en el jardín. Con ellas le preparaba un rico jugo de naranja recién exprimido y le contaba historias de cuando él era pequeño, historias de piratas y tesoros escondidos. A Luna le encantaba escuchar las historias del abuelo, siempre la hacían reír.
Esa noche, después de cenar, mientras se cepillaba los dientes, Luna miró sus propias manos y pensó: —Yo también tengo manos que pueden cuidar. Sus manos eran pequeñas, pero ya eran capaces de hacer muchas cosas. Podía dibujar, podía ayudar a mamá a poner la mesa, y podía abrazar a su osito de peluche.
Entonces tomó a su osito de peluche, Osito, y lo arropó con cuidado en su camita. Le acomodó la cobija y le dio un beso en la nariz de felpa. —Buenas noches, Osito —susurró Luna—, ahora yo te cuido a ti. Sintió una gran alegría al cuidar de Osito. Era una sensación nueva y maravillosa.
Antes de cerrar los ojos, Luna pensó en todas las manos que la cuidaban y la amaban: las manos suaves de mamá, las manos que enseñaban de la maestra Ana, las manos que curaban del doctor, y las manos que contaban historias del abuelo Tomás. Y entendió que todos tenemos manos que cuidan y que cuidar también es una forma de amar. Cerró los ojos con una sonrisa, sintiéndose agradecida y amada.
Al día siguiente, Luna despertó con más energía que nunca. Quería usar sus propias manos para hacer el bien. Ayudó a su mamá a preparar el desayuno, le dio un abrazo a su abuelo, y le regaló un dibujo a la maestra Ana. En el recreo, vio a un niño que estaba solo y se acercó a jugar con él. Le ofreció su mano y lo invitó a jugar a la rayuela.
Luna entendió que cuidar no solo significaba proteger y curar, sino también compartir, ayudar y dar amor. Sus manos, aunque pequeñas, tenían el poder de hacer una gran diferencia en el mundo.
Con el tiempo, Luna creció y sus manos se hicieron más grandes y fuertes. Pero nunca olvidó la lección que aprendió cuando era niña: que todos tenemos manos que cuidan y que cuidar es una forma de amar. Y así, Luna siguió usando sus manos para hacer del mundo un lugar mejor, un lugar lleno de amor y cuidado para todos.
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