Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita de colores brillantes, un niño llamado Tomás. Tomás era un niño curioso y juguetón, pero a veces… bueno, a veces tenía pequeños accidentes. Un día, después de comer una enorme porción de espagueti con albóndigas (su plato favorito, ¡por supuesto!), Tomás sintió la llamada de la naturaleza. Corrió al baño, se sentó en el inodoro e hizo lo suyo.
Pero esta vez, algo fue diferente. Cuando tiró de la cadena, en lugar de ver cómo todo desaparecía mágicamente, ¡el agua comenzó a subir! Subía y subía, amenazando con desbordarse. Los ojos de Tomás se abrieron como platos. ¡Había atascado el inodoro!
"¡Oh, no!" exclamó Tomás, con la voz temblorosa. Nunca antes había atascado el inodoro. ¿Qué iba a hacer? Entró en pánico un poco. Imaginó que el agua seguiría subiendo hasta inundar toda la casa. ¡Qué desastre!
Tomás corrió a buscar a su mamá. La encontró en la cocina, cantando mientras preparaba galletas de chocolate. "¡Mamá! ¡Mamá! ¡He atascado el inodoro!", gritó Tomás, con los ojos llenos de preocupación.
La mamá de Tomás, una mujer sabia y paciente, dejó de cantar y se agachó para abrazar a su hijo. "Tranquilo, Tomás", dijo con una sonrisa. "Todos atascamos el inodoro alguna vez. No es el fin del mundo. Vamos a solucionarlo juntos."
La mamá de Tomás llevó a Tomás de vuelta al baño. El agua seguía subiendo lentamente. "Lo primero que vamos a hacer es cerrar la llave del agua del inodoro", dijo la mamá. Le enseñó a Tomás dónde estaba la llave, detrás del inodoro. Tomás la cerró con cuidado.
"Ahora", continuó la mamá, "necesitamos un desatascador". Buscó en el armario del baño y sacó un desatascador rojo brillante. Tomás nunca había usado un desatascador. Le parecía un poco intimidante.
"Mira, Tomás", explicó la mamá. "Ponemos el desatascador sobre el agujero del inodoro, asegurándonos de que esté cubierto de agua. Luego, empujamos y tiramos con fuerza, ¡así!"
La mamá de Tomás demostró cómo usar el desatascador. Hizo varios movimientos enérgicos, empujando y tirando. Tomás observaba con atención. Después de unos minutos, la mamá le dijo: "Ahora te toca a ti, Tomás. ¡Con cuidado!"
Tomás agarró el desatascador con ambas manos. Era más pesado de lo que esperaba. Lo colocó sobre el agujero del inodoro y comenzó a empujar y tirar, como le había enseñado su mamá. Al principio, no pasó nada. Pero Tomás no se rindió. Siguió empujando y tirando con todas sus fuerzas.
De repente, ¡escuchó un gorgoteo! El agua comenzó a bajar. ¡Estaba funcionando! Tomás siguió empujando y tirando hasta que el agua desapareció por completo. ¡Lo había logrado! Había desatascado el inodoro.
Tomás saltó de alegría. "¡Lo hice, mamá! ¡Lo hice!", gritó, abrazando a su mamá con fuerza.
La mamá de Tomás sonrió y le dio un beso en la frente. "¡Estoy muy orgullosa de ti, Tomás!", dijo. "Has sido muy valiente y persistente."
Después de desatascar el inodoro, la mamá de Tomás le enseñó una valiosa lección. "Tomás", dijo, "es importante no echar demasiadas cosas al inodoro. Solo el papel higiénico debe ir ahí. Así evitaremos que se atasque de nuevo."
Tomás asintió con la cabeza. Había aprendido su lección. Prometió a su mamá que siempre tendría cuidado con lo que echaba al inodoro.
Para celebrar el éxito de Tomás, la mamá le dejó decorar las galletas de chocolate que había horneado. Tomás las decoró con chispas de colores y caras sonrientes. Las galletas sabían aún mejor después de la aventura del inodoro atascado.
Esa noche, antes de acostarse, Tomás abrazó a su mamá y le dio las gracias por ayudarle a desatascar el inodoro. Se sentía muy orgulloso de sí mismo por haber superado ese pequeño desafío. Y aunque nunca olvidaría el susto que se había llevado, también recordaría lo importante que es ser persistente y aprender de los errores.
Desde ese día, Tomás se convirtió en un experto en el inodoro. Siempre recordaba no echar demasiadas cosas y, de vez en cuando, incluso revisaba el desatascador, ¡por si acaso! Y cada vez que veía un inodoro, sonreía, recordando la aventura del inodoro atascado y la valiosa lección que había aprendido.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¡Es hora de ir a dormir y soñar con desatascadores y galletas de chocolate!
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