¡Bernardo Aprende a Compartir!
Bernardo, un elefantito juguetón, lastima a su amigo Cándido al lanzar una piedra. Después de ser reprendido por sus maestras, Bernardo aprende la importancia de pensar en los demás, se disculpa con Cándido y se convierte en un mejor amigo.
Había una vez, en una soleada sabana llena de árboles de baobab y charcos brillantes, un elefantito llamado Bernardo. Bernardo era un bebé elefante muy juguetón, pero a veces, solo a veces, se olvidaba de que sus amigos también tenían sentimientos. Le encantaba jugar a las carreras, a esconderse detrás de los grandes árboles y a salpicar agua con su trompita en los charcos. Un día, en la escuelita de la sabana, donde todos los animalitos bebés aprendían a leer, a cantar y a dibujar, Bernardo estaba jugando con sus compañeros. Estaban construyendo una gran torre de arena con conchas marinas y piedritas de colores. Estaban la cebrilla Zaira, el leoncito Leo, la jirafita Jimena y el burrito Cándido, todos muy concentrados en su tarea. De pronto, Bernardo encontró una piedra lisa y redonda. ¡Era perfecta para lanzarla! Sin pensarlo dos veces, la cogió con su trompita y… ¡pluf!, la lanzó hacia sus compañeros. No pensó en las consecuencias, solo en la diversión del momento. ¡Ay, no! La piedra voló por el aire y… ¡pum! Golpeó la orejita de Cándido. El burrito Cándido, que era muy sensible, se llevó una gran sorpresa. De su orejita empezó a salir un poquito de sangre. Cándido se puso a llorar. ¡Le dolía mucho! Las maestras, la señora leona Leonor y la señora cebra Celestina, vieron lo que había pasado. Inmediatamente corrieron a ayudar a Cándido. La señora Leonor, con su suave voz, le dijo: "¡Ay, Cándido, pobrecito! No te preocupes, te vamos a curar". La señora Celestina sacó de su botiquín un gran curita de colores, con florecitas y estrellitas. Lo pegó con mucho cuidado en la orejita de Cándido. "¡Listo!", dijo la señora Celestina. "Ahora te sentirás mucho mejor". Cándido, aunque todavía un poco asustado, se sintió aliviado con el curita. Mientras Cándido lloraba y las maestras lo consolaban, ¿dónde estaba Bernardo? ¡Bernardo se había escondido detrás de un gran árbol de mango! Se sentía un poco culpable, pero en lugar de pedir perdón, se burlaba de Cándido a escondidas. ¡Qué mal se portaba Bernardo! Pensaba: "¡Ja, ja, mira a Cándido con su curita gigante! Parece un payaso". Pero la señora Leonor lo vio. Se acercó a Bernardo con una mirada seria pero amable. "Bernardo", le dijo, "¿sabes que lo que has hecho no está bien? Cándido está muy triste porque le has hecho daño. ¿No crees que deberías pedirle perdón?". Bernardo se sintió muy avergonzado. Bajó la cabeza y movió la trompita de un lado a otro. No sabía qué decir. Nunca había pensado en cómo se sentían los demás cuando él hacía travesuras. La señora Leonor continuó: "A veces, Bernardo, nos olvidamos de que nuestras acciones tienen consecuencias. Es importante pensar en los demás y ser amables. ¿Quieres ser un buen amigo de Cándido?". Bernardo asintió con la cabeza. Sí, quería ser un buen amigo. Quería que Cándido dejara de llorar y que volvieran a jugar juntos. Con un poco de timidez, salió de detrás del árbol de mango y se acercó a Cándido. "Cándido", dijo Bernardo con voz suave, "lo siento mucho. No quería hacerte daño. Estaba jugando y no pensé en lo que hacía. ¿Me perdonas?". Cándido miró a Bernardo con sus grandes ojos llenos de lágrimas. Vio que Bernardo estaba realmente arrepentido. Entonces, sonrió un poquito. "Sí, Bernardo", dijo Cándido. "Te perdono. Pero la próxima vez, ¡ten más cuidado!". Bernardo se sintió muy feliz. Le dio un abrazo suave a Cándido con su trompita. "¡Gracias, Cándido! Prometo que seré más cuidadoso". La señora Leonor y la señora Celestina sonrieron al ver a Bernardo y Cándido abrazados. Les alegraba que hubieran resuelto su problema. Desde ese día, Bernardo aprendió una lección muy importante: que es importante pensar en los demás y ser amable. Dejó de lanzar piedras y empezó a compartir sus juguetes. Jugaba con Cándido, Zaira, Leo y Jimena, y siempre se aseguraba de que todos se divirtieran. Incluso, un día, Bernardo le regaló a Cándido su piedra favorita, la que había usado para lastimarlo, pero ahora, como símbolo de amistad y arrepentimiento. Cándido la guardó como un tesoro, recordando siempre que hasta los amigos cometen errores, pero lo importante es aprender de ellos y pedir perdón. Y así, Bernardo el elefantito, aprendió a compartir y a ser un buen amigo. Y todos en la escuelita de la sabana vivieron felices para siempre, jugando y aprendiendo juntos, siempre pensando en los demás.
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