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Gratis · elegí una vozEl sol se había ido, y las sombras de la noche caían como gotas de tristeza sobre el pueblo. Liberato Tucto estaba en cuclillas, masticando coca con la esperanza de que la hoja sagrada le diera una respuesta. Su hija, Faustina, había sido raptada hacía un mes por un mozo del pueblo, y su corazón no encontraba paz. Cada tres horas, su mano buscaba el huallqui, la bolsa de coca que era su única fuente de consuelo. Sus ojos fríos, su nariz curva y sus labios hinchados por el uso excesivo de la coca lo hacían parecer un ídolo incaico, más que un hombre.
La coca no le daba una respuesta clara. A veces, la sentía dulce, un presagio de buenas noticias. Otras veces, la sentía amarga, una señal de tragedia. Hilario Crispín, el raptor de su hija, era un hombre de mala reputación: bebedor, perezoso y sinvergüenza. Un mostrenco, como le decían en esas tierras a los vagabundos. ¿Qué le habría hecho a su hija? ¿La habría abandonado? El alma de Liberato estaba llena de preguntas sin respuesta.
En ese momento de profunda meditación, una figura oscura surgió de la noche. Era Hilario Crispín. Descargó un saco a los pies de Liberato y le dijo: "Viejo, aquí te traigo a tu hija para que no la busques más". Sin esperar respuesta, desató el saco y vació su contenido. El olor era nauseabundo, la visión era macabra. Era su hija, Faustina, cruelmente descuartizada con una paciencia diabólica.
Con una burla cruel, Crispín sacudió el saco y añadió: "No te dejo el saco, podría servirme para ti si te atreves a cruzarte en mi camino". Pero Liberato, que había recuperado la compostura de forma sobrenatural, le respondió con una tranquilidad que helaba la sangre: "Harás bien en llevártelo; pero ya que me has traído a mi hija, debes dejar algo para las velas del velorio. ¿No tendrás ni siquiera un sol?". Crispín, sin voltear la cara, solo respondió: "¿Qué te podrá dar un mostrenco? ¿No quisieras una cuchillada, viejo ladrón?". Y desapareció en la oscuridad.
En un rincón de los Andes, entre el río Marañón y una montaña, se encuentra Pampamarca. Es la tierra de los illapacos, de los tiradores de élite. Para ellos, el tiro al blanco no es solo un pasatiempo, es una pasión que los lleva a buscar munición por cualquier medio. Su fama y habilidad con la carabina es legendaria. En este lugar nació Juan Jorge, el más famoso de todos los illapacos, un verdadero campeón de la muerte. No solo era un tirador excepcional, también era un guitarrista talentoso y un cantor de yaravíes que enamoraba a las doncellas de la región.
Y fue a este temible campeón, a Juan Jorge, a quien el viejo Tucto envió a su esposa, Marina. Ella debía contratar la muerte de Hilario Crispín. Después de saludarlo con humildad, Marina le ofreció un puñado de coca. Juan Jorge la aceptó, la masticó lentamente y, después de un largo silencio, preguntó qué la traía por allí. Marina respondió: "Vengo para que me desaparezcas a un hombre malo". Juan Jorge probó la coca y respondió: "Tu coca no está muy dulce...". Ella le ofreció una botella de chacta, una bebida fuerte, y él aceptó.
"¿Quién es el hombre malo y qué ha hecho?", preguntó Juan Jorge. "Porque yo solo me alquilo para matar criminales. Mi máuser es la vara de la justicia". Marina le contó lo que Crispín le había hecho a su hija. Juan Jorge lo conocía. "Lástima", dijo, "es un indio valiente. ¿Y cuánto vas a pagar para que lo mate?". Marina le ofreció dos toros. "No me conviene", respondió Juan Jorge. "Ese cholo vale cuatro toros, ni uno menos". "Se te darán, taita", aceptó Marina. "Y Liberato te pide un favor: que le pongas diez tiros, y que el último sea el que lo mate". Juan Jorge se levantó bruscamente: "¡Pides mucho! Nadie ha hecho eso jamás". Pero Marina insistió, prometiendo pagar por cada tiro extra. Juan Jorge sonrió. El trato estaba sellado.
La cacería épica había comenzado. Durante cuatro días, Juan Jorge y Liberato Tucto persiguieron a Hilario Crispín. Ascendieron por despeñaderos, se ocultaron entre rocas y caminaron con la máxima precaución. Juan Jorge revisó su máuser. Hilario Crispín iba a ser su víctima número sesenta y nueve, un número impar que, según su superstición, le traería mala suerte. En la mañana del cuarto día, el viejo Tucto lo vio: Crispín emergía del fondo de una quebrada, arrastrando un carnero. "Es Crispín", susurró Liberato. "Apúntale, taita". Pero Juan Jorge retrocedió, buscando la distancia perfecta.
Desde una distancia de 200 metros, Juan Jorge se preparó. "Atención, viejito", susurró. "A la mano derecha, para que no vuelva a disparar". El primer disparo sonó, y la carabina de Crispín voló por los aires. El indio dio un salto y cayó. Juan Jorge sonrió: "Para que no escape". El segundo disparo le rompió una pierna. El tercero, la otra. Crispín cayó de rodillas, con las manos levantadas al cielo, pidiendo piedad. Juan Jorge se encendió un cigarro. "Se hace el muerto", dijo. "Esperemos a que se mueva". El illapaco sabía que su presa no había muerto.
El juego del gato y el ratón continuó. Crispín, herido, intentó arrastrarse hacia una cueva. Juan Jorge no se lo permitió. Le disparó en la mano izquierda, le destrozó la mandíbula inferior, y siguió hiriéndolo hasta que la décima bala, la que le penetró por el oído, le destrozó el cráneo. La hora más cruel de la vida de un hombre había terminado. Liberato Tucto descendió, le sacó los ojos con su cuchillo y se los guardó en el huallqui. "Estos, para que no me persigan", dijo. Y le dio una mordida a la lengua de Crispín. Juan Jorge le pidió el corazón, "porque es de un cholo muy valiente". El campeón de la muerte había completado su hazaña.
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