¡El Monstruo Comelón y el Plato Vacío de Mateo!
Sinossi
Mateo, un niño que odia comer, recibe la visita de su tía Sofía. Ella le cuenta la historia del Monstruo Comelón, que se lleva a los niños que no se comen su comida. Aterrorizado, Mateo decide comerse todo su plato, descubriendo que la comida no es tan mala después de todo y que es lo suficientemente fuerte para jugar.
Había una vez, en un pueblo pintoresco rodeado de colinas verdes y ríos cristalinos, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño alegre y juguetón, pero tenía un problema: ¡no le gustaba comer! Cada vez que veía un plato lleno de verduras, carne o cualquier cosa que no fueran dulces o pizza, ponía una cara de disgusto que podía derretir el helado.
Un día, la tía Sofía, una mujer de gran corazón y con una imaginación aún mayor, vino de visita. La tía Sofía adoraba a Mateo, pero también le preocupaba su falta de apetito. Durante el almuerzo, Mateo miró su plato con desprecio. Había un guiso de pollo con zanahorias, papas y guisantes. ¡Un plato lleno de pesadillas, según Mateo!
"¡No quiero!", exclamó Mateo, empujando el plato con su tenedor. "¡No me gusta!"
La tía Sofía sonrió con picardía. "¿Sabes, Mateo?", dijo en voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto. "Dicen que por aquí vive el Monstruo Comelón. Es un monstruo muy, muy grande, con dientes afilados y un apetito insaciable. Pero no come niños, ¡no! El Monstruo Comelón se lleva a los niños que no se comen su comida."
Mateo abrió los ojos como platos. Un monstruo… ¿que se lleva a los niños que no comen? Esa idea era aterradora. "¿Un monstruo?", preguntó con voz temblorosa.
"¡Sí!", respondió la tía Sofía con una mirada seria. "Dicen que se esconde debajo de las mesas, esperando a que los niños dejen comida en sus platos. Cuando ve la oportunidad, ¡zas!, se la lleva y el niño se queda sin fuerzas para jugar."
Mateo miró su plato con renovado interés. El guiso de pollo ya no parecía tan amenazante. Pensó en el Monstruo Comelón, escondido en la oscuridad, esperando a que él dejara comida. La idea de que un monstruo lo privara de jugar con sus amigos en el parque lo llenó de horror.
"¿De verdad?", insistió Mateo, mirando a su tía con ojos suplicantes.
"¡Absolutamente!", afirmó la tía Sofía, asintiendo con la cabeza. "Dicen que tiene una barriga enorme, llena de zanahorias a medio comer y papas abandonadas. Y cuanto más comida se come, más fuerte se vuelve."
Mateo tomó su tenedor con determinación. Aunque el guiso no era su plato favorito, la idea del Monstruo Comelón era mucho peor. Comenzó a comer lentamente, al principio con cautela, pero luego con más confianza. Cada bocado lo hacía sentir más fuerte y seguro.
"Mmm, no está tan mal", murmuró Mateo, sorprendiéndose a sí mismo. Las zanahorias estaban un poco dulces, las papas suaves y el pollo jugoso. ¡Incluso los guisantes no eran tan horribles como los recordaba!
La tía Sofía observó a Mateo con una sonrisa en los labios. Sabía que su pequeño truco había funcionado. No quería asustar a Mateo, solo quería animarlo a probar cosas nuevas y a comer de manera más saludable.
Mateo siguió comiendo, concentrándose en la imagen del Monstruo Comelón acechando debajo de la mesa. Cada vez que sentía ganas de dejar de comer, recordaba los dientes afilados del monstruo y su enorme barriga llena de comida robada.
Finalmente, después de un rato, Mateo miró su plato. ¡Estaba vacío! No quedaba ni un guisante, ni una migaja de pollo. Mateo se sintió orgulloso de sí mismo. Había vencido al Monstruo Comelón, al menos por hoy.
"¡Lo comí todo!", exclamó Mateo, mostrando su plato vacío a la tía Sofía.
La tía Sofía aplaudió con entusiasmo. "¡Bravo, Mateo! ¡Has derrotado al Monstruo Comelón! Estoy segura de que ahora eres mucho más fuerte y listo para jugar."
Mateo salió corriendo al jardín, lleno de energía y alegría. Jugó al fútbol con sus amigos, corrió por el parque y se balanceó en los columpios. Se sentía increíblemente bien. Había descubierto que comer no era tan malo después de todo, especialmente si significaba mantener al Monstruo Comelón a raya.
Desde ese día, Mateo siguió comiendo su comida, aunque a veces todavía ponía mala cara. Pero cada vez que lo hacía, recordaba al Monstruo Comelón y hacía un esfuerzo por probar al menos un bocado. Y, para su sorpresa, descubrió que muchas cosas que antes no le gustaban, ahora le parecían deliciosas. Y así, Mateo aprendió una valiosa lección: a veces, un pequeño empujón (y una pizca de imaginación) es todo lo que se necesita para superar nuestros miedos y descubrir cosas nuevas y maravillosas.
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