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Gratis · elegí una vozTomás era un niño de siete años con unos ojos cafés tan grandes que parecían dos charcos de chocolate brillante. Sus pestañas, ¡oh, sus pestañas!, eran tan largas y abundantes que parecían pequeñas cortinas alrededor de sus ojos. Contrastaban maravillosamente con su piel blanca y su cabello oscuro como la noche. Vivía con su hermano mayor, Maty, y su mamá en una casita llena de sol y plantas. Su papá, un aventurero de corazón, había viajado a un país lejano para trabajar, y Tomás lo extrañaba con cada fibra de su ser.
Su mejor amigo era Piolín, un conejito blanco y esponjoso con una nariz rosa que siempre temblaba de curiosidad. Piolín era el confidente de Tomás, el receptor de todos sus secretos y el compañero de todas sus aventuras imaginarias en el jardín.
Pero Tomás tenía un pequeño secreto, un secreto que le pesaba en el corazón como una piedra. A veces, cuando su mamá o Maty le preguntaban cómo se había sentido en la escuela, o qué había hecho en sus clases de fútbol o pintura, Tomás no decía la verdad. No era que quisiera ser malo, simplemente… la verdad a veces le parecía aburrida.
Un día, después de la clase de fútbol, su mamá le preguntó: “Tomás, ¿te divertiste hoy en el fútbol? ¿Metiste algún gol?”
Tomás, con las mejillas sonrojadas, respondió: “¡Sí, mamá! ¡Metí tres goles! ¡Fui el mejor de todos!”.
Su mamá sonrió, orgullosa. “¡Qué bien, mi campeón! Estoy segura de que tu papá estaría muy orgulloso”.
Pero la verdad era que Tomás no había metido ningún gol. Había pasado la mayor parte del tiempo sentado en el banquillo, sintiéndose un poco torpe y desanimado. La culpa lo carcomía por dentro. Corrió a su habitación y se escondió debajo de las cobijas con Piolín.
“Piolín,” susurró Tomás, abrazando al conejito con fuerza. “Mentí. Le dije a mamá que metí tres goles, pero no es cierto”.
Piolín lo miró con sus ojos redondos y brillantes. Tomás sintió que el conejito lo entendía.
Al día siguiente, en la clase de pintura, la maestra, la Señora Elena, les pidió que pintaran algo que los hiciera felices. Tomás, inspirado por el peso de su mentira, decidió pintar a su papá. Pintó a su papá con colores brillantes, rodeado de estrellas y aviones. Cuando la Señora Elena le preguntó por qué había pintado a su papá, Tomás respondió: “Porque lo extraño mucho y quiero que vuelva pronto”.
La Señora Elena le sonrió con ternura. “Es un cuadro muy bonito, Tomás. Se nota que lo quieres mucho”. Luego le preguntó: “¿Te gustó pintar hoy?”.
Tomás, sintiendo la presión de la verdad, respondió: “Sí, Señora Elena. Me gustó mucho, pero… en realidad no entendí muy bien cómo mezclar los colores”.
La Señora Elena se acercó y le explicó pacientemente cómo mezclar los colores primarios para obtener los secundarios. Tomás la escuchó atentamente y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba diciendo la verdad. Se sentía mucho mejor.
Esa noche, antes de dormir, Tomás le contó a Maty sobre la mentira de los goles. Maty lo escuchó con atención y luego le dijo: “Tomás, mentir no te hace sentir bien, ¿verdad? La verdad a veces puede ser difícil, pero siempre es mejor ser honesto”.
Tomás asintió. “Lo sé, Maty. Pero a veces quiero que las cosas sean diferentes. Quiero que papá esté aquí y quiero ser bueno en fútbol”.
Maty lo abrazó. “Yo también lo extraño, Tomás. Y recuerda que no tienes que ser el mejor en todo. Lo importante es que te diviertas y que te esfuerces”.
Al día siguiente, Tomás decidió confesar su mentira a su mamá. Con el corazón latiéndole con fuerza, le dijo: “Mamá, ayer te mentí. No metí ningún gol en el fútbol. Estaba un poco triste y quería que estuvieras orgullosa de mí”.
Su mamá lo abrazó con fuerza. “Tomás, mi amor, estoy orgullosa de ti siempre, por ser quien eres. No necesitas mentir para hacerme feliz. Lo más importante es que seas honesto contigo mismo y con los demás”.
Tomás se sintió aliviado. La piedra en su corazón se había desvanecido. A partir de ese día, Tomás intentó siempre decir la verdad, aunque a veces fuera difícil. Aprendió que la honestidad era como un superpoder que lo hacía sentir más fuerte y más feliz. Y Piolín, su fiel compañero, siempre estuvo a su lado, escuchando sus secretos y recordándole la importancia de ser uno mismo. Y aunque extrañaba mucho a su papá, sabía que el amor de su familia y la amistad de Piolín lo ayudarían a superar cualquier tristeza. Sus pestañas mágicas, ya no escondían la verdad, sino que brillaban con la luz de la honestidad y el cariño. Al final, descubrió que la verdadera magia no estaba en inventar historias, sino en vivir una vida auténtica y llena de amor.
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