¡Nueces Seguras o Pastel Peligroso!
Ratón de Campo recibe a su primo de la ciudad, quien lo invita a vivir en el lujo. Tras una experiencia aterradora con el gato de la casa, Ratón de Campo decide que prefiere la seguridad y la paz de su hogar humilde, aprendiendo que la felicidad no siempre está en la abundancia.

En un día soleado que parecía pintado con miel, Ratón de Campo recibió una visita inesperada. ¡Era su primo, Ratón de Ciudad! Ratón de Campo, feliz como una lombriz bajo la lluvia, no cabía en su piel de alegría. Para celebrar la llegada de su pariente, preparó una cena muy especial. Sirvió tres nueces crujientes y unos pequeños restos de queso añejo, los mejores manjares que su humilde hogar podía ofrecer. Al llegar la noche, con mucho cariño, preparó una cama con hojas secas, buscando el sitio más calentito y seguro dentro de su agujero, un agujero sencillo pero lleno de amor. Ratón de Ciudad, con los bigotes alzados y los ojos como platos, miraba a su alrededor sorprendido por la aparente pobreza en la que vivía Ratón de Campo. No pudo contenerse y exclamó: —Primo, ¡no entiendo cómo puedes vivir así! ¿Comer unas cuantas nueces y dormir en una cama de hojas secas? ¡Es impensable! Ven conmigo a la ciudad, primo, y te mostraré cómo se vive de verdad. Te mostraré el verdadero lujo y la abundancia. Ratón de Campo, con el corazón latiendo a mil por hora, estaba tan emocionado que esa noche apenas pudo pegar ojo. La idea de la ciudad, con sus luces y sus promesas de abundancia, lo mantenía despierto y lleno de ilusión. A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de desperezarse, los dos ratones emprendieron su viaje a la ciudad. Se escondieron valientemente en el baúl de un coche, temblando un poco con cada bache del camino. Ya era de noche cuando finalmente llegaron a la lujosa casa donde vivía Ratón de Ciudad. Las luces brillaban como estrellas y la casa parecía un palacio. —¡Mira dónde duermo! —dijo Ratón de Ciudad, con una sonrisa orgullosa, señalando una cómoda cama hecha de suave algodón. Parecía una nube esponjosa—. Pero antes de dormir, busquemos algo de comer. ¡Ya verás qué festín te espera! Ratón de Ciudad guio a Ratón de Campo hacia la cocina. ¡Era un paraíso de olores y sabores! Al poco tiempo, se encontraban comiendo deliciosos restos de pasta con salsa de tomate, un trozo de pastel de fresa con crema y, para rematar, una cucharada de helado de chocolate. Ratón de Campo nunca había probado algo tan exquisito. Estaba en el cielo. Pero, de repente, en medio de su festín, escucharon un alarmante maullido que les heló la sangre. ¡Era un maullido profundo y amenazante que resonaba en toda la cocina! —¡Es el gato de la casa! —dijo Ratón de Ciudad, con los ojos llenos de pánico. —¡Corre! En un abrir y cerrar de ojos, el gato, un felino enorme y de mirada penetrante, se abalanzó sobre ellos con la agilidad de un rayo. Sus garras afiladas brillaban bajo la luz de la cocina. Los dos ratones, con el corazón en la garganta, lograron escapar por muy poco. Atravesaron la enorme mesa de la cocina, saltando por encima de platos y vasos, hasta llegar a un hueco en la pared que parecía un oasis en medio del peligro. Ratón de Campo, con el pelo erizado y el corazón latiendo como un tambor, estaba tan asustado que sentía sus patitas temblar sin control. El miedo lo había invadido por completo. —Apenas se vaya el gato, me devuelvo para mi casa —dijo sin vacilar, con la voz temblorosa pero firme. —¡No puedo vivir así! —¿Por qué quieres irte tan pronto? —preguntó Ratón de Ciudad, visiblemente decepcionado. —¡Apenas estamos empezando a disfrutar de la ciudad! —Porque es mejor comer nueces en un lugar seguro y tranquilo, que pastel con helado de chocolate y estar siempre en peligro de ser devorado por un gato gigante —respondió Ratón de Campo, todavía muy tembloroso. —La tranquilidad no tiene precio. Y así, al amanecer del día siguiente, Ratón de Campo regresó a su humilde agujero en el campo. Volvió a su cama de hojas secas y a sus simples nueces. Pero esta vez, las nueces le supieron a gloria y la cama de hojas le pareció el colchón más cómodo del mundo. Había aprendido que la felicidad no está en la abundancia, sino en la seguridad y la tranquilidad. Ratón de Ciudad se quedó en su lujosa casa, disfrutando de sus manjares y corriendo del gato. Pero, en el fondo, envidiaba un poco la paz y la seguridad de su primo Ratón de Campo. Porque, al final, la felicidad no siempre se encuentra en el lugar más brillante, sino en el lugar donde el corazón se siente seguro y en paz.
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