¡Uri y el Monstruo de la Rabia Domada!
Uri tenía un problema: cuando se enojaba, pegaba. Un día, descubre que tiene un Monstruo de la Rabia interno que lo obliga a hacerlo, pero decide enfrentarlo aprendiendo a expresar sus sentimientos con palabras en lugar de golpes. Al practicar la respiración y la comunicación asertiva, Uri logra controlar su enojo, fortalece sus amistades y se siente más feliz y orgulloso de sí mismo.
Uri era un niño como cualquier otro. Le gustaba jugar al fútbol, dibujar monstruos graciosos y comer helado de fresa. Pero Uri tenía un problema: cuando se enojaba, ¡pegaba! No pegaba fuerte, pero sí lo suficiente para que sus amigos se sintieran tristes y él se sintiera fatal después. Un día, después de un partido de fútbol donde perdió y, como era costumbre, empujó a su amigo Mateo, Uri se sentó solo en un banco del parque, sintiéndose muy, muy mal. "¿Por qué tengo que pegar?" se preguntó en voz alta, pateando una piedrecita. De repente, una vocecita respondió: "¡Porque tienes un Monstruo de la Rabia dentro de ti!". Uri pegó un brinco. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Entonces, la vocecita volvió a hablar, esta vez más cerca. Venía de su propia mochila. Uri la abrió con cuidado y allí, en el fondo, ¡vio una pequeña criatura hecha de humo púrpura con ojos brillantes y un mohín fruncido! "¿Quién eres tú?" preguntó Uri, asustado pero también un poco curioso. "Soy el Monstruo de la Rabia. Vivo dentro de ti y me alimento de tu enojo. Cada vez que te enfadas, ¡me hago más grande y más fuerte, y te obligo a pegar!" explicó el Monstruo con una voz chillona. Uri se cruzó de brazos. "Pues no me gusta que vivas dentro de mí y no me gusta pegar. ¡Quiero que te vayas!" El Monstruo de la Rabia soltó una carcajada. "¡Ja! No es tan fácil deshacerte de mí. Me necesitas. ¿Qué harías sin mí para defenderte cuando alguien te molesta?" Uri pensó un momento. Era cierto que a veces se sentía indefenso cuando otros niños se burlaban de él. Pero pegar no lo hacía sentir mejor, solo peor. "No quiero defenderme pegando. Quiero defenderme con palabras, con mi voz," dijo Uri con determinación. El Monstruo de la Rabia pareció desconcertado. "¿Con palabras? ¡Qué aburrido!" "No es aburrido. Es valiente," respondió Uri. "Y además, quiero tener amigos. Y mis amigos no quieren estar conmigo si les pego." El Monstruo de la Rabia se encogió un poco. Parecía menos púrpura y más grisáceo. "¿Y qué vas a hacer entonces? ¿Dejar que todos te pisoteen?" Uri respiró hondo. Había escuchado a su mamá hablar de respirar profundo cuando uno se siente enojado. Cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando los abrió, se sentía un poco más calmado. "Voy a hablar. Voy a decir cómo me siento. Y si no me escuchan, me alejaré y buscaré a alguien que sí lo haga," dijo Uri con firmeza. El Monstruo de la Rabia se encogió aún más. Estaba casi transparente. "Pero… ¿y si no funciona? ¿Y si te siguen molestando?" "Entonces… entonces pediré ayuda. A mi mamá, a mi papá, a mi maestra… a alguien que me pueda ayudar a resolver el problema sin pegar," respondió Uri. El Monstruo de la Rabia soltó un gemido y desapareció por completo. Uri sintió un ligero cosquilleo en el estómago, como si algo se hubiera ido. Se sintió más ligero, más libre. Al día siguiente, en la escuela, otro niño, Pablo, le quitó su lápiz favorito a Uri. Uri sintió que la rabia empezaba a crecer dentro de él, pero recordó al Monstruo de la Rabia y respiró hondo. "Pablo, ese es mi lápiz. Por favor, devuélvemelo," dijo Uri con una voz tranquila pero firme. Pablo, sorprendido por la reacción de Uri, le devolvió el lápiz sin decir nada. Uri sonrió. ¡Había funcionado! A partir de ese día, Uri siguió practicando. Cuando se sentía enojado, respiraba hondo, contaba hasta diez y hablaba con calma. A veces funcionaba, a veces no. Pero cada vez que lograba controlar su rabia sin pegar, se sentía más fuerte y más orgulloso de sí mismo. Y sus amigos, especialmente Mateo, estaban muy contentos de tenerlo de vuelta, un Uri que ya no pegaba, sino que hablaba y escuchaba. Uri había domado al Monstruo de la Rabia, y ahora era mucho más feliz. Y de vez en cuando, todavía dibujaba monstruos graciosos, pero ninguno se parecía al Monstruo de la Rabia que había vivido dentro de él.
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