
En el valle verde y jugoso de Anekakanekulo, donde el sol besaba la tierra con cariño, vivía una comunidad muy peculiar. Todos y cada uno de sus habitantes eran aguacates, ¡pero no aguacates cualquiera! Tenían unos labios grandes y rosados, tan prominentes y brillantes que parecían dos pétalos de rosa recién abiertos. Se reían con ellos, comían con ellos (¡puré de aguacate, por supuesto!), y los usaban para dar los besos más suaves del mundo. Anekakanekulo era un lugar feliz, lleno de risas y canciones. Los aguacates jugaban al escondite entre las hojas de los árboles de mango, organizaban picnics a la orilla del río de jugo de limón, y contaban historias alrededor de la fogata de hojas secas por la noche. Pero, como en todo lugar, existía una leyenda, una historia que se susurraba con un poquito de miedo y mucha curiosidad: la leyenda de la Puchaina Negra. Se decía que en lo más profundo del Bosque de los Huesos de Durazno, vivía una Puchaina Negra, una criatura oscura y misteriosa hecha de aguacate podrido y hojas secas. Tenía ojos brillantes como brasas y una voz que helaba la sangre de aguacate. Según la leyenda, la Puchaina Negra odiaba la alegría y la felicidad, y cada cierto tiempo salía de su guarida para robar la risa de los aguacates de Anekakanekulo. Un día, una joven aguacate llamada Aguacatita, con los labios más rosados y brillantes de todo el valle, escuchó a los ancianos contar la leyenda. Aguacatita era valiente y curiosa, y no creía en cuentos de miedo. "¡Tonterías!", pensó. "Seguro que la Puchaina Negra no existe. Y si existe, seguro que no es tan mala como dicen". Así que, sin que nadie lo supiera, Aguacatita decidió ir en busca de la Puchaina Negra. Empacó una mochila con su puré de aguacate favorito, una linterna hecha con una luciérnaga atrapada en un frasco de pepinillos y un mapa dibujado en una hoja de aguacate. Al amanecer, se adentró en el Bosque de los Huesos de Durazno.


