
Había una vez un pueblito escondido entre montañas. Las montañas eran tan altas que tocaban las nubes. En ese lugar vivía una pequeña llamada Betzabe. Ella era un animalito muy lindo y muy tierno. Tenía un pelaje suave y ojos llenos de luz. El aire del pueblo siempre olía a tierra mojada. Las tardes eran frescas y los pinos estaban verdes. El viento soplaba suave y contaba cuentos muy viejos. Betzabe salía de su casita cada mañana muy temprano. Siempre llevaba puesta una bufanda de muchos colores alegres. No importaba si el sol brillaba con mucha fuerza. Ella decía que su bufanda era su gran tesoro. Los vecinos la veían pasar y se sentían felices. Su aspecto era muy lindo y su alma pura. Caminaba por los senderos con mucha alegría y calma. Betzabe saludaba a las flores y a los insectos. Para ella, cada piedra tenía un nombre muy secreto. El mundo era un lugar lleno de maravillas grandes. Ella era la alegría de aquel rincón del mundo. Las flores se abrían cuando ella pasaba por allí.
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