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En el corazón del Valle de los Susurros, donde los árboles parecen bailar al ritmo del viento, vivía un niño llamado Derek. Derek no era un niño común; siempre llevaba un sombrero de explorador y una curiosidad que no cabía en sus bolsillos. Pero lo que realmente lo hacía especial era su mejor amigo, Yago. Yago era un dragón, aunque no el tipo de dragón que encontrarías en los libros de leyendas antiguas. Era pequeño, de un color turquesa brillante y tenía unas alas que parecían un poco cortas para su cuerpo regordete.
En el Valle de los Susurros, todos los dragones tenían un trabajo importante: ayudar a los aldeanos. Los dragones grandes encendían las forjas de los herreros y los dragones medianos mantenían calientes las estufas durante el invierno. Sin embargo, Yago tenía un problema: no podía lanzar fuego. Cada vez que lo intentaba, abría mucho la boca, cerraba los ojos con fuerza y, en lugar de una llamarada roja y poderosa, solo salían unas pequeñas chispas doradas que flotaban en el aire como luciérnagas distraídas.
—No te preocupes, Yago —decía Derek, acariciando las suaves escamas de su amigo—. Algún día descubriremos por qué tus chispas son así. Tal vez solo necesites practicar más.
Pero Yago se sentía triste. Se acercaba el Gran Festival de las Luces, la noche más importante del año, donde todos los dragones debían encender las linternas gigantes que colgaban de los árboles para guiar a los viajeros. Yago sabía que, con sus tímidas chispas, nunca podría encender ni una vela pequeña.

Una mañana, Derek decidió que era hora de buscar respuestas. Empacó unas manzanas, un mapa dibujado a mano y su brújula favorita. —Vamos, Yago. Iremos a ver al Sabio Búho del Pico Plateado. Él sabe todo sobre las criaturas del valle.
Caminaron durante horas a través de bosques de helechos gigantes y cruzaron arroyos cristalinos. Yago, a veces, intentaba volar un poquito, pero terminaba aterrizando de panza sobre el musgo, lo que hacía que Derek soltara una risita cariñosa. Finalmente, llegaron a la base de un árbol milenario donde vivía el Búho. El ave, con sus grandes ojos amarillos, los miró con curiosidad.
—¿Fuego? —ululó el búho después de escuchar su historia—. El fuego es útil, sí. Pero el mundo ya tiene mucho fuego. Lo que este dragón tiene no es un fallo, es un misterio que solo se revela en la Cueva de los Cristales Olvidados. Vayan allí y dejen que Yago haga lo que mejor sabe hacer.
Derek y Yago siguieron las indicaciones del búho hasta encontrar una entrada oculta tras una cascada. Dentro de la cueva, la oscuridad era total. Derek tropezó con una piedra y sintió un poco de miedo. —Yago, ¿puedes intentar iluminar un poco? —preguntó en un susurro.

Yago, sintiéndose valiente por primera vez, tomó aire profundamente. Sus mejillas se inflaron como dos globos y soltó un estornudo mágico. ¡Achís! De repente, miles de chispas doradas salieron disparadas. Pero en lugar de apagarse, las chispas golpearon las paredes de la cueva, que estaban cubiertas de cristales transparentes. La luz se multiplicó, rebotando de un cristal a otro, creando un arcoíris de colores neón que iluminó la cueva entera. No era fuego que quemaba; era una luz pura, cálida y mágica que hacía que las flores subterráneas se abrieran al instante.
—¡Yago, mira! —exclamó Derek asombrado—. ¡Tu magia no es para quemar, es para despertar la vida!
Regresaron al pueblo justo cuando el sol se ocultaba y el Gran Festival de las Luces comenzaba. Los otros dragones estaban teniendo dificultades porque el viento soplaba muy fuerte y apagaba sus llamas. El alcalde de la aldea estaba preocupado. Las linternas de papel eran demasiado delicadas y el fuego fuerte de los dragones grandes a veces las quemaba.
Derek corrió hacia el centro de la plaza. —¡Dejen que Yago lo intente! —gritó.
Los aldeanos miraron al pequeño dragón turquesa con duda. Yago se colocó bajo la linterna más grande. No intentó lanzar fuego. Simplemente sopló con suavidad sus chispas doradas. Las chispas entraron en las linternas y se quedaron allí, flotando y brillando con una intensidad constante que el viento no podía apagar. Una a una, Yago llenó todas las linternas del valle. El pueblo se transformó en un escenario de ensueño, bañado en un resplandor dorado y mágico.
Esa noche, Yago no fue el dragón que encendió el fuego, sino el dragón que trajo la luz eterna. Derek abrazó a su amigo, sabiendo que ser diferente no era un problema, sino el regalo más grande que Yago podía ofrecer. Desde entonces, Yago fue conocido como el Guardián de las Estrellas Terrestres, y Derek, por supuesto, fue su fiel compañero en cada nueva aventura.
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