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Había una vez, una muchacha llamada Lucía que siempre había soñado con ser maestra de niños pequeños. Desde que era niña, jugaba a la escuela con sus muñecas, enseñándoles las letras y los números con una paciencia infinita. Lucía tenía el cabello negro como la sombra de un sauce llorón y unos ojos grandes y brillantes que parecían dos luceros. Siempre llevaba una sonrisa en los labios, una sonrisa que iluminaba cualquier habitación, y su corazón estaba lleno de alegría y emoción por comenzar su nueva aventura.
Un día soleado, Lucía llegó a un preescolar lleno de color y risas llamado "El Jardín de las Mariposas". Las paredes estaban pintadas con murales de animales y flores, y el aire olía a crayones y pegamento. Al entrar al salón, vio a un grupo de niños con ojos curiosos y sonrisas tímidas. Algunos se escondían detrás de sus madres, otros observaban con cautela, y uno, un pequeño con un parche en el ojo, le dedicó una gran sonrisa.
Cuando Lucía los conoció, uno por uno, sintió algo extraño y maravilloso dentro de ella. Cada nombre, cada carita, cada pequeña mano que estrechaba, era como una nota musical en una melodía que se estaba creando dentro de su pecho. Su corazón, se hizo un poquito más grande. Era como si cada niño le regalara un pedacito de su propia alegría.
Un día, mientras jugaban en el parque del preescolar, una niña muy dulce y algo tímida, llamada Sofía, se acercó a Lucía. Sofía tenía dos coletas rubias y un vestido lleno de flores. En su mano, sostenía una margarita blanca y amarilla. "La recogí para ti", dijo Sofía con una sonrisa que iluminó su carita pecosa.
Lucía se agachó para estar a la altura de Sofía y recibió la flor con gratitud. Sintió de nuevo esa sensación cálida que había experimentado el primer día. Esta vez, era aún más intensa. Su corazón creció un poquito más, como una planta que recibe agua fresca.
De repente, uno de los niños, un travieso llamado Tomás, que era famoso por sus carreras y sus bromas, no le hizo caso a la maestra y salió corriendo hacia la calle. Lucía sintió un pequeño dolor en el pecho y su corazón se encogió un poquito. Sintió miedo por Tomás y preocupación por su seguridad.
¿Pero qué ha pasado? se preguntó la joven maestra, sintiendo una mezcla de frustración y angustia. Corrió tras Tomás, llamándolo por su nombre hasta que, afortunadamente, lo alcanzó antes de que llegara a la calle. Lo abrazó fuerte, sintiendo un gran alivio.
Pasaron los días y Lucía siguió yendo al preescolar, cada día con más entusiasmo. Cuando los niños hacían sus tareas con cuidado, dibujando soles amarillos y casas rojas, y se sentaban en silencio para escuchar sus historias de princesas y dragones, su corazón crecía un poquito. Sentía orgullo por sus pequeños logros y por su capacidad de concentrarse.
Cuando los niños gritaban y no querían compartir sus juguetes, peleándose por un camión de bomberos o una muñeca, su corazón se encogía un poquito. Le dolía verlos discutir y ser egoístas. Deseaba que pudieran entender la importancia de compartir y ser amables.
Cuando la escuchaban en silencio mientras explicaba los números y las letras, mostrándole sus deditos para contar y repitiendo el abecedario con entusiasmo, su corazón crecía un poquito. Se sentía feliz de poder enseñarles cosas nuevas y ver cómo sus cerebritos absorbían el conocimiento como esponjas.
Cuando ensuciaban el salón con pintura, creando obras de arte abstractas en las paredes y en el suelo, y no querían ayudar a limpiar, su corazón se encogía un poquito. Le costaba mantener la paciencia y deseaba que fueran más responsables.
Pero cuando la abrazaban y le decían "te quiero", con sus vocecitas dulces y sus bracitos regordetes, su corazón crecía muchísimo más de lo normal, como un globo lleno de amor que se elevaba hacia el cielo. Esos abrazos y esas palabras eran el mejor regalo que podía recibir.
La nueva maestra se dio cuenta de que sentía un amor muy grande por esos niños. Un amor incondicional, como el de una madre. Su corazón se llenaba de alegría cuando se portaban bien y eran amables entre ellos y con su maestra. Le encantaba verlos jugar, reír y aprender juntos.
Pero se entristecía cuando se portaban mal y no eran buenos compañeros. Se preocupaba por su bienestar y deseaba que fueran felices y que crecieran siendo buenas personas.
Y así, cada día, el corazón de la Maestra Lucía crecía y se encogía, a veces como una ola suave y otras como una tormenta, pero siempre, siempre, estaba lleno del amor por sus pequeños alumnos. Y cada noche, antes de dormir, Lucía sonreía al recordar las aventuras del día, sabiendo que tenía el trabajo más maravilloso del mundo. Porque el corazón de una maestra, después de todo, es un corazón mágico.
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