¡La Gran Broma a Tomás Travieso!
Tomás Travieso siempre molestaba a sus compañeros con bromas pesadas. Cansados, sus amigos le gastan una broma con plumas que lo cubre por completo. Tomás aprende una valiosa lección sobre cómo sus acciones afectaban a los demás y decide cambiar.
Tomás era conocido en toda la escuela como Tomás Travieso. No era un niño malo en el fondo, pero le encantaba hacer bromas. No bromas amables, sino bromas que a veces hacían sentir mal a los demás. Le gustaba poner chinchetas en las sillas, esconder los estuches, y cambiar el azúcar por sal en los bocadillos. Lo hacía solo para ver las caras de sorpresa y, sobre todo, para reírse. Sus compañeros de clase, Ana, Pablo, Sofía y Miguel, estaban cada vez más cansados de sus travesuras. Cada día era una nueva broma, y ya no sabían cómo detenerlo. Un día, mientras Tomás se reía de Ana porque le había puesto un gusano de goma en su pelo, Pablo susurró: "¡Ya basta! Tenemos que hacer algo". Sofía asintió. "Sí, pero ¿qué? No podemos ser como él y hacerle daño". Miguel, que siempre tenía buenas ideas, propuso: "¿Y si le damos una cucharada de su propia medicina? No algo malo, pero una broma que le haga entender cómo nos sentimos nosotros". Así que, los cuatro amigos se reunieron después de la escuela para planear la gran broma a Tomás Travieso. Después de mucho pensar, decidieron que lo mejor era algo divertido y un poco embarazoso, pero que no le causara ningún daño real. El plan era el siguiente: Tomás amaba su gorra de béisbol. Era su posesión más preciada. Siempre la llevaba puesta, incluso dentro de la clase (aunque la maestra se lo prohibía). Los amigos de Tomás conseguirían la gorra y la llenarían de plumas suaves de colores, luego la devolverían a su lugar sin que él se diera cuenta. Cuando Tomás se pusiera la gorra, se vería cubierto de plumas. Al día siguiente, mientras Tomás estaba distraído haciendo otra de sus bromas (esta vez, atando los cordones de los zapatos de la maestra), Pablo, con mucho cuidado, abrió la mochila de Tomás y sacó la gorra. Corrió al patio donde lo esperaban Ana, Sofía y Miguel con una bolsa llena de plumas de colores. Llenaron la gorra hasta el tope con las plumas. ¡Parecía un nido de pájaro! Luego, Pablo volvió a colocar la gorra en la mochila de Tomás, asegurándose de que estuviera exactamente como antes. La espera fue larga y tensa. Los amigos estaban nerviosos. ¿Funcionaría su plan? ¿Se enfadaría Tomás? ¿Entendería la lección? Finalmente, llegó la hora del recreo. Tomás, como siempre, se puso su gorra. Pero esta vez, algo era diferente. Sintió algo suave y cosquilloso en su cabeza. Se rascó la cabeza y… ¡de repente, una nube de plumas de colores explotó a su alrededor! Tomás se quedó boquiabierto, cubierto de plumas rojas, azules, amarillas y verdes. Toda la escuela estalló en risas. Incluso la maestra sonrió un poco. Al principio, Tomás se enfadó mucho. Quería gritar y vengarse. Pero luego, al ver las caras de sus compañeros, recordó todas las veces que él se había reído de ellos. Se dio cuenta de que así era como ellos se sentían cuando él les hacía sus bromas. Respiró hondo y, sorprendentemente, empezó a reírse también. Se reía de sí mismo, cubierto de plumas como un payaso. Después del recreo, Tomás se acercó a Ana, Pablo, Sofía y Miguel. "Vale, me lo merecía", dijo. "Entiendo cómo se sienten cuando les hago bromas. Lo siento mucho". Los cuatro amigos se miraron sorprendidos. No esperaban que Tomás reaccionara así. Ana le ofreció un pañuelo para limpiarse las plumas. "¿Significa esto que vas a dejar de hacernos bromas?", preguntó Pablo. Tomás asintió. "Sí, voy a intentar ser más amable. Quizás pueda usar mi sentido del humor para hacer reír a la gente, pero sin hacerles sentir mal". Desde ese día, Tomás Travieso dejó de ser tan travieso. Empezó a usar su ingenio para contar chistes y hacer reír a sus compañeros de forma divertida y respetuosa. Se convirtió en un niño más considerado y amable, y hasta se hizo amigo de Ana, Pablo, Sofía y Miguel. La gran broma de las plumas le había enseñado una valiosa lección: que la risa es mucho más divertida cuando todos se ríen juntos, y no a expensas de los demás.
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