Mamá Oveja y los Siete Cabritos Arcoíris
Mamá Oveja advierte a sus siete cabritos arcoíris sobre el Lobo Feroz antes de ir al mercado. El astuto lobo engaña a los cabritos y se los come, pero Mamá Oveja los rescata y el lobo recibe su merecido, enseñando a los cabritos una importante lección sobre la seguridad.

Mamá Oveja era una oveja muy cariñosa con una lana blanca como la nieve y unos ojos tan azules como el cielo de verano. Tenía siete cabritos, cada uno más especial que el anterior. Lo que los hacía únicos era su lana: uno era rojo como una fresa, otro naranja como una zanahoria, otro amarillo como un pollito, otro verde como una hoja, otro azul como el mar, otro añil como una mora, y el último violeta como una lavanda. Por eso, los llamaban los Cabritos Arcoíris. Un día, Mamá Oveja tuvo que ir al mercado a comprar lana nueva para tejerles bufandas para el invierno. Antes de irse, reunió a sus siete cabritos arcoíris. "Mis queridos hijitos", dijo con voz suave, "tengo que ir al mercado. Mientras no estoy, ¡tengan mucho cuidado! El Lobo Feroz anda suelto por el bosque y es muy astuto. Si intenta entrar, no le abran la puerta bajo ninguna circunstancia." Los cabritos, muy obedientes, asintieron con la cabeza. "No te preocupes, Mamá", dijeron al unísono. "Estaremos seguros y no abriremos a nadie." Mamá Oveja se fue al mercado, no sin antes darles un último beso en la frente a cada uno. Apenas había desaparecido entre los árboles, cuando se oyó un golpe en la puerta. "¡Abrid, cabritillos míos!", dijo una voz ronca y gruesa. "Soy vuestra Mamá Oveja, he vuelto del mercado y os traigo un regalo." Los cabritos arcoíris se asustaron. "¡Esa no es la voz de Mamá!", dijo el cabrito rojo. "¡Es el Lobo Feroz! ¡No le abriremos!", gritó el cabrito violeta. El Lobo Feroz, frustrado, se alejó de la casa, pensando en cómo engañar a los cabritos. Se fue al pueblo y encontró a un panadero. "Panadero, por favor", le dijo el lobo, "¿podrías darme un poco de miel para mi garganta? Tengo la voz muy ronca y necesito cantar una canción." El panadero, compadecido, le dio un tarro de miel. El Lobo Feroz se comió la miel de un trago y su voz se suavizó un poco, aunque aún no era tan dulce como la de Mamá Oveja. Volvió a la casa de los cabritos y golpeó la puerta otra vez. "¡Abrid, mis queridos cabritos!", dijo con una voz más suave. "Soy vuestra Mamá Oveja, he vuelto del mercado y os traigo deliciosas manzanas rojas." Los cabritos arcoíris escucharon atentamente. "La voz suena más parecida a la de Mamá, pero aún no estoy seguro", dijo el cabrito amarillo. "¡Mostradnos vuestra pata!", gritó el cabrito verde desde la ventana. "Mamá Oveja tiene las patas blancas y suaves." El Lobo Feroz, sin poder hacer nada para ocultar sus patas negras y peludas, las metió debajo de la puerta. Los cabritos, al verlas, gritaron: "¡Es el Lobo Feroz! ¡No le abriremos jamás!" El Lobo Feroz, furioso, se fue corriendo al molino. Allí, convenció al molinero de que le untara las patas con harina para que parecieran blancas. El molinero, aunque sospechaba, accedió a hacerlo. El Lobo Feroz volvió a la casa de los cabritos, con las patas ahora cubiertas de harina. Golpeó la puerta con suavidad. "¡Abrid, mis pequeños tesoros!", dijo con una voz dulce como la miel. "Soy vuestra Mamá Oveja, he regresado con un regalo para cada uno: fresas rojas, zanahorias naranjas, plátanos amarillos, hojas verdes, arándanos azules, moras añiles y flores violetas." Los cabritos arcoíris, al oír la voz tan dulce y ver las patas blancas debajo de la puerta, pensaron que era realmente su Mamá Oveja. El cabrito rojo corrió a abrir la puerta. Apenas abrió la puerta, el Lobo Feroz se abalanzó sobre ellos. Los cabritos, aterrorizados, corrieron a esconderse. El cabrito rojo se escondió debajo de la cama, el naranja dentro del armario, el amarillo detrás de la cortina, el verde debajo de la mesa, el azul en el horno, el añil en la despensa y el violeta dentro del reloj de pared. El Lobo Feroz los buscó por toda la casa, encontrando a todos menos al cabrito violeta, que estaba muy bien escondido en el reloj. Se los tragó a todos de un bocado, ¡uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis! Luego, con la panza llena y pesada, se echó a dormir debajo de un árbol cerca de la casa. Al regresar del mercado, Mamá Oveja encontró la puerta abierta y la casa revuelta. Llamó a sus cabritos, pero nadie respondió. Llorando desconsoladamente, buscó por todos los rincones hasta que encontró al cabrito violeta escondido en el reloj. El cabrito le contó todo lo que había sucedido. Mamá Oveja, con el corazón roto pero llena de valentía, salió con su cabrito violeta en busca del Lobo Feroz. No tardaron en encontrarlo durmiendo plácidamente debajo de un árbol, con la panza hinchada. Mamá Oveja se acercó con cuidado y vio que algo se movía dentro de la panza del lobo. Tuvo una idea brillante. Corrió a buscar unas tijeras, una aguja e hilo. Con mucho cuidado, abrió la panza del Lobo Feroz. ¡Y de allí salieron, uno tras otro, los seis cabritos arcoíris, sanos y salvos! Luego, Mamá Oveja llenó la panza del lobo con piedras pesadas y la cosió de nuevo. Cuando el Lobo Feroz despertó, sintió mucha sed y fue a beber al río. Pero, debido al peso de las piedras, cayó al agua y se ahogó. Mamá Oveja y sus siete cabritos arcoíris regresaron a casa, felices y agradecidos de estar juntos. Aprendieron una valiosa lección: ¡nunca abrir la puerta a extraños, sin importar lo dulce que sea su voz!
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