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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casa pequeña con un jardín lleno de margaritas, un niño llamado Mateo. A simple vista, Mateo parecía un niño común: tenía el cabello revuelto, las rodillas un poco raspadas de tanto correr y una sonrisa que siempre parecía esconder un secreto. Pero Mateo no era un niño común. Mateo poseía un tesoro que no cabía en ningún cofre: una imaginación tan vasta y poderosa que era capaz de cambiar el color del cielo con solo un parpadeo.
Una mañana de sábado, mientras el sol se filtraba por las cortinas de su habitación, Mateo decidió que su alfombra azul ya no era una alfombra. Con un salto audaz, se situó en el centro de la tela y, de repente, las fibras de lana se convirtieron en las aguas cristalinas del Océano de las Mil Islas. Su cama ya no era un mueble de madera, sino un imponente galeón con velas hechas de sábanas blancas que se inflaban con un viento invisible. Mateo, con un catalejo hecho con el tubo de cartón de un rollo de papel, divisó a lo lejos el Archipiélago de las Galletas Perdidas.
—¡Tierra a la vista! —gritó Mateo a su fiel primer oficial, un oso de peluche llamado Barnaby que, en ese momento, lucía un parche en el ojo y un sombrero pirata de papel. El viaje fue turbulento; tuvieron que esquivar ballenas que lanzaban chorros de purpurina y sortear arrecifes de coral hechos de piezas de construcción esparcidas por el suelo. Pero Mateo manejaba el timón con destreza, riendo mientras la espuma imaginaria le salpicaba la cara. Para él, el olor a salitre era tan real como el aroma del desayuno que su madre preparaba en la cocina.
Al mediodía, la aventura cambió de escenario. El pasillo de la casa, largo y estrecho, dejó de ser un simple corredor para transformarse en una densa y misteriosa selva amazónica. Las plantas que su madre cuidaba con tanto esmero en las esquinas se convirtieron en árboles gigantescos cuyas copas tocaban las nubes. Mateo, ahora equipado con un sombrero de explorador y una mochila llena de provisiones (que consistían básicamente en una manzana y un puñado de nueces), avanzó con sigilo. El suelo de baldosas era ahora un río de lava hirviente, y Mateo debía saltar de cojín en cojín para no quemarse las botas. Escuchaba el rugido de tigres invisibles y el canto de aves exóticas que solo él podía ver. En el fondo del pasillo, la puerta del baño era la entrada a una cueva sagrada donde se rumoreaba que descansaba la Gema del Equilibrio, que en realidad era el jabón de manos con aroma a lavanda.
Después de comer, el jardín se convirtió en el escenario de su hazaña más ambiciosa. Para el resto del mundo, Mateo solo estaba sentado en una vieja caja de cartón bajo el roble. Pero en el universo de Mateo, él era el capitán de la Estelar-X, la nave espacial más rápida de la galaxia. La caja tenía paneles de control llenos de botones brillantes y pantallas que mostraban mapas estelares de constelaciones desconocidas. Con un estruendo que solo él escuchaba, despegó hacia los anillos de Saturno. Los anillos eran, en realidad, los aros de gimnasia que su hermana había dejado olvidados en el césped, pero para Mateo eran cinturones de asteroides de hielo y roca que debía esquivar con maniobras evasivas.
—Base de control, aquí Mateo —susurraba en su transmisor imaginario—. He aterrizado en el Planeta de los Susurros. El suelo es de algodón de azúcar y los árboles dan piruletas.
Pasó horas explorando aquel mundo alienígena, entablando amistad con seres de tres ojos que se comunicaban mediante bailes y silbidos. Mateo les enseñó a jugar al escondite, y los extraterrestres, maravillados, le regalaron una piedra lunar (que sospechosamente se parecía a una piedra común del jardín, pero que brillaba con una luz especial bajo la mirada de Mateo).
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, la madre de Mateo salió al jardín. Lo vio allí, sentado en su caja de cartón, con la mirada perdida en el horizonte y una expresión de absoluta paz. Ella no veía naves espaciales ni selvas, pero podía ver la chispa en los ojos de su hijo, una chispa que iluminaba todo lo que tocaba.
—Mateo, es hora de entrar. La cena está lista —dijo ella con dulzura.
Mateo suspiró, cerró la escotilla de su nave y descendió a la tierra. Al caminar hacia la casa, sintió que todavía tenía un poco de polvo estelar en sus zapatos y el eco de los rugidos de la selva en sus oídos. Antes de cruzar el umbral, miró hacia atrás y le guiñó un ojo al gran roble, que por un segundo, pareció saludarlo con sus ramas.
Esa noche, mientras se arropaba en su cama, Mateo sabía que la aventura no terminaba allí. Su habitación ya no era solo una habitación; era un portal. Mañana, tal vez, sería un caballero defendiendo un castillo de almohadas, o un buzo explorando las profundidades de la bañera. Porque para Mateo, el mundo no era un lugar estático, sino un lienzo infinito esperando a ser pintado con los colores de su mente. Y así, con el corazón lleno de historias y Barnaby a su lado, Mateo se quedó dormido, listo para que sus sueños continuaran el viaje que su imaginación había comenzado durante el día.
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