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Gratis · elegí una vozCelestino era una oruga muy pequeña, de un verde brillante casi fosforescente. Vivía en una hoja de lechuga gigante en el huerto de Doña Pepa. A Celestino le gustaba comer lechuga, claro que sí, pero lo que más le gustaba era mirar el cielo nocturno. Todas las noches, después de una buena cena de lechuga, se arrastraba hasta el borde de su hoja y se quedaba embelesado contemplando las estrellas.
"¡Oh, qué bonitas son!", suspiraba. "¡Cómo brillan! ¡Me gustaría ser una estrella!".
Las demás orugas se reían de él. "¡Una oruga estrella! ¡Qué tontería, Celestino! Las orugas comemos lechuga y nos convertimos en mariposas. ¡Las estrellas son estrellas y las orugas somos orugas!", decía Rosalía, la oruga más grande y mandona del huerto.
Pero Celestino no se rendía. Todas las noches, seguía mirando al cielo y soñando con ser una estrella. Se preguntaba cómo sería brillar tan fuerte, iluminar la noche y guiar a los viajeros. Un día, mientras comía lechuga, escuchó una conversación entre Doña Pepa y su nieto, Miguelito.
"Abuela, ¿cómo hacen las estrellas para brillar?", preguntó Miguelito.
Doña Pepa sonrió. "Bueno, Miguelito, las estrellas son como soles muy, muy lejanos. Son enormes bolas de gas que brillan con su propia luz. Algunas nacen y otras mueren, convirtiéndose en polvo de estrellas que viaja por el universo".
Celestino se emocionó. ¡Polvo de estrellas! Quizás, pensó, si se esforzaba mucho, podría convertirse en polvo de estrellas también. Empezó a hacer cosas diferentes. Dejó de comer tanta lechuga, porque pensó que si comía menos, sería más ligero y podría volar más alto. Empezó a hacer ejercicio, arrastrándose lo más rápido que podía por la hoja de lechuga. Incluso intentó saltar, aunque solo conseguía dar pequeños brinquitos.
Las otras orugas lo miraban con incredulidad. "¡Celestino se ha vuelto loco!", decían entre risas.
Una noche, Celestino se sentía muy cansado. Había estado entrenando todo el día y apenas había comido. Miró al cielo, sintiéndose un poco triste. "Quizás Rosalía tiene razón", pensó. "Quizás nunca podré ser una estrella".
De repente, vio una estrella fugaz cruzar el cielo. Era la estrella más brillante que había visto en su vida. Celestino cerró los ojos y pidió un deseo: "¡Quiero brillar! ¡Quiero ser útil!".
Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que algo estaba cambiando. Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo. Su piel empezaba a brillar con una luz suave y dorada. Sus pequeñas antenas se alargaban y se volvían plateadas. ¡Estaba transformándose!
Las otras orugas, al ver la luz, se acercaron tímidamente. Estaban asombradas. Celestino ya no era una simple oruga verde. Era algo diferente, algo mágico. Sus alas, ahora enormes y transparentes, se extendieron lentamente. Eran de todos los colores del arcoíris y brillaban con una luz propia.
Celestino se había convertido en una luciérnaga, pero no una luciérnaga cualquiera. Era una luciérnaga que brillaba con la luz de las estrellas. Su luz era tan intensa que iluminaba todo el huerto. Doña Pepa y Miguelito salieron a mirar, maravillados por la belleza de la luciérnaga.
"¡Mira, abuela, una estrella fugaz que vuela!", exclamó Miguelito.
Doña Pepa sonrió. "Es una luciérnaga muy especial, Miguelito. Dicen que las luciérnagas son las estrellas que bajan a la Tierra para cuidarnos".
Celestino, ahora convertido en luciérnaga, voló alrededor de Miguelito, iluminando su rostro con su luz dorada. Se dio cuenta de que no necesitaba ser una estrella en el cielo para brillar. Podía brillar aquí, en la Tierra, ayudando a los demás y llenando el mundo de alegría.
Desde esa noche, Celestino se convirtió en la luciérnaga más querida del huerto. Todas las noches, iluminaba el camino de las otras orugas, les contaba historias de las estrellas y les enseñaba que lo más importante es creer en uno mismo y nunca dejar de soñar. Y aunque ya no era una oruga, nunca olvidó su sueño de ser una estrella. Sabía que, a su manera, ya lo era.
Rosalía, la oruga mandona, aprendió a no burlarse de los sueños de los demás. Incluso, a veces, se quedaba mirando a Celestino volar, imaginando que ella también podía brillar a su manera. Y así, Celestino, la oruga que quería ser una estrella, demostró que todos, incluso las orugas, podemos brillar con nuestra propia luz.
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