El Arcoíris Escondido de Doña Rana
En la temporada de lluvia, Doña Rana pierde su alegría y su arcoíris. Tres pequeños amigos, Tito, Lila y Nico, se aventuran en la selva para encontrarlo y descubren que la alegría de Doña Rana es la que alimenta el arcoíris. Finalmente, la amistad y las historias de Doña Rana restauran el arcoíris y la felicidad en la selva Esmeralda.
Era temporada de lluvia en la selva Esmeralda. ¡Qué aguacero! Las gotas caían como canicas de cristal sobre las hojas gigantes de los árboles, y el río Ronroneo se había crecido tanto que casi inundaba el hogar de Doña Rana. Doña Rana era una rana muy vieja, con la piel arrugada como una ciruela pasa y una voz que sonaba como el croar de mil ranitas. Era famosa en la selva por sus historias y, sobre todo, por su sabiduría. Pero últimamente, Doña Rana estaba triste. La lluvia, que antes le encantaba, parecía haberle robado los colores del alma. Ya no contaba historias, solo suspiraba y miraba melancólicamente la lluvia caer. Un día, mientras la lluvia golpeaba con fuerza el techo de su humilde choza de hojas, tres pequeños aventureros buscaron refugio. Eran Tito el tucán, Lila la lora y Nico el coatí. Estaban empapados hasta los huesos y temblaban de frío. "¡Doña Rana, ábrenos!" chilló Tito, golpeando la puerta con su pico. Doña Rana, con su habitual lentitud, abrió la puerta. Los tres pequeños se apiñaron dentro, dejando un rastro de barro y agua. "¡Ay, Doña Rana, qué susto nos hemos llevado!", exclamó Lila, sacudiéndose las plumas. "Esta lluvia no para nunca", se quejó Nico, tiritando. Doña Rana los miró con sus ojos cansados. "Es verdad, pequeños. Esta lluvia parece no tener fin". Tito, que era muy observador, notó la tristeza en la voz de Doña Rana. "¿Qué te pasa, Doña Rana? Siempre estás tan alegre". Doña Rana suspiró. "Esta lluvia me ha robado el arcoíris", dijo con voz apagada. Lila, Tito y Nico se miraron confundidos. ¿Robar un arcoíris? Eso era algo nuevo. "¿Cómo te ha robado la lluvia el arcoíris?", preguntó Nico, con curiosidad. "Antes, después de cada lluvia, salía un arcoíris tan brillante que llenaba toda la selva de alegría. Pero últimamente, no lo veo. Creo que la lluvia se lo ha llevado lejos, muy lejos", explicó Doña Rana. Los tres amigos sintieron pena por Doña Rana. Decidieron que debían ayudarla a encontrar su arcoíris perdido. "¡No te preocupes, Doña Rana! ¡Nosotros encontraremos tu arcoíris!", exclamó Tito, con entusiasmo. "¿En serio?", preguntó Doña Rana, con una chispa de esperanza en sus ojos. "¡Claro que sí! Somos los mejores exploradores de la selva", afirmó Lila, inflando el pecho. Así, al día siguiente, cuando la lluvia amainó un poco, Tito, Lila y Nico se aventuraron en la selva en busca del arcoíris perdido. La selva estaba llena de charcos y barro, y el aire olía a tierra mojada. Caminaron durante horas, preguntando a todos los animales que encontraban si habían visto un arcoíris. Preguntaron al perezoso, a la mariposa monarca, al mono aullador. Pero nadie había visto nada. Ya estaban a punto de rendirse cuando llegaron a la cima de la colina del Tucán. Desde allí, podían ver toda la selva Esmeralda. Y entonces, Lila gritó: "¡Miren! ¡Allí está!" En el horizonte, brillando tenuemente entre las nubes grises, se veía un arcoíris. Era pequeño y no tan brillante como los que Doña Rana recordaba, pero estaba allí. Corrieron hacia el arcoíris, guiados por su luz tenue. Cuando llegaron al final del arcoíris, no encontraron una olla de oro, como dicen las leyendas. Encontraron algo mucho mejor: un pequeño jardín lleno de flores de todos los colores. Las flores estaban marchitas y tristes, casi sin vida. "¡Miren! Creo que este es el arcoíris de Doña Rana", dijo Nico. "Pero, ¿por qué está tan apagado?", preguntó Tito. Lila, que era muy inteligente, comprendió. "Creo que el arcoíris se alimenta de la alegría. Si Doña Rana está triste, el arcoíris también lo está". Los tres amigos recogieron algunas de las flores más hermosas y corrieron de vuelta a la choza de Doña Rana. Le contaron todo lo que habían visto y le entregaron las flores. Doña Rana, al ver las flores, sintió una oleada de alegría. Recordó la belleza de la selva y la importancia de compartir sus historias. Empezó a contarles a los pequeños aventureros una historia sobre un valiente colibrí que salvó a la selva de un monstruo de sombras. Su voz volvió a sonar como el croar de mil ranitas, y sus ojos volvieron a brillar. Mientras Doña Rana contaba su historia, el sol salió entre las nubes y un arcoíris brillante y colorido apareció en el cielo. Era más grande y hermoso que nunca. La lluvia había lavado la tristeza de Doña Rana y había devuelto el arcoíris a la selva Esmeralda. Desde ese día, Doña Rana volvió a ser la rana alegre y sabia que todos conocían. Y Tito, Lila y Nico aprendieron que la amistad y la alegría son los mejores remedios para la tristeza, incluso en la temporada de lluvia.
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