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Gratis · elegí una vozEn lo profundo de las mesetas del Monte Bosavi, en la gran isla de Papúa, vivía una pequeña niña llamada Ina. Ina pertenecía al pueblo Kaluli, famoso por su música y danza que celebraban cada evento, desde la llegada de la lluvia hasta la cosecha de los frutos más jugosos. Los Kaluli amaban la música, especialmente sus canciones vocales, pero también eran maestros en la creación de tambores únicos.
Un día, mientras jugaba cerca del taller de su abuelo, un respetado constructor de tambores, Ina escuchó un sonido suave y profundo. Era diferente a cualquier cosa que hubiera oído antes. Con cautela, se acercó y vio a su abuelo trabajando en un tambor Kaluli. Estos tambores, con forma cónica y hechos de madera del árbol Elmerrillia paupuana, eran especiales. El abuelo de Ina le explicó que cada parte del tambor tenía el nombre de una parte del cuerpo humano, haciéndolo casi como una persona.
"Abuelo," preguntó Ina, "¿puedo ayudarte?"
El abuelo sonrió. "Claro que sí, pequeña Ina. Pero construir un tambor Kaluli es un trabajo que requiere paciencia y cuidado. ¿Estás lista?"
Ina asintió con entusiasmo. El abuelo le explicó el proceso. Primero, debían elegir un trozo de madera de 120 cm de largo del árbol Elmerrillia paupuana. Lo sumergirían en agua y lo prepararían para ser vaciado. Ina ayudó a arrastrar el tronco al agua, sintiendo el peso y la textura de la madera.
Al día siguiente, sacaron el tronco del agua. El abuelo, con sus herramientas, comenzó a ahuecar el interior, dejando un espacio de sesenta centímetros. Ina observaba con fascinación cómo la madera se desprendía, revelando el hueco que resonaría con la música. Al tercer día, el abuelo anunció que debían buscar un pájaro tibodai para obtener plumas especiales para adornar el tambor.
"¿Por qué un pájaro, abuelo?" preguntó Ina.
"Porque cada parte de la naturaleza tiene su propia canción, Ina. Y el tambor debe reflejar todas esas canciones," respondió el abuelo.
Pasaron varios días buscando al esquivo pájaro. Ina aprendió a reconocer su canto y a seguir sus huellas en el bosque. Finalmente, lo encontraron y recolectaron algunas plumas caídas, agradeciéndole al pájaro por su contribución.
De vuelta en el taller, el abuelo le mostró cómo dar forma a las aberturas del tambor y reducirlo a su tamaño final. Luego, llegó el momento de preparar el parche. Cazaron un yobo y le quitaron la piel con respeto. El abuelo preparó el borde del tambor con un caucho viscoso de cortezas de árbol, y juntos estiraron la piel alrededor, sujetándola con cuerdas.
"Ahora, debemos dejar que el sol y el fuego suave hagan su magia," dijo el abuelo.
Durante días, el tambor se secó bajo el sol. Ina se sentaba cerca, vigilándolo, sintiendo la conexión entre el tambor, el bosque y su gente. Luego, aplicaron cuatro pegotes de cera de abeja en el parche, centrándolos y dándoles forma.
Finalmente, llegó el día de la prueba de sonido. El abuelo alimentó la cabeza del tambor con ginebra y hojas de liana. Ina escuchó atentamente mientras el abuelo golpeaba el parche con suavidad. El sonido era profundo, resonante, casi como si el bosque mismo estuviera cantando.
"¿Qué te parece, Ina?" preguntó el abuelo.
"Es hermoso, abuelo. Pero… creo que necesita algo más."
El abuelo sonrió. "Tienes razón. Cada tambor tiene su propia personalidad. Aún no ha encontrado su voz completa."
Pasaron el último día trabajando en los bordes, limando y refinando las superficies. Ina sugirió pintar el tambor con diseños inspirados en las danzas de su pueblo. El abuelo estuvo de acuerdo. Juntos, pintaron espirales, líneas y figuras que representaban la energía y el ritmo de la vida Kaluli.
Cuando terminaron, el tambor brillaba con colores vibrantes. El abuelo lo golpeó de nuevo. Esta vez, el sonido era perfecto. Era el sonido del bosque, del río, del viento, de la danza y del corazón de los Kaluli.
Esa noche, durante la celebración de la cosecha, el abuelo tocó el tambor que había construido con Ina. La música llenó el aire, invitando a todos a bailar. Ina se unió a la danza, moviéndose con ritmo y gracia, sintiendo la conexión profunda entre su gente, su cultura y el tambor que cantaba con el bosque. Desde ese día, Ina supo que ella también quería ser constructora de tambores, para continuar la tradición de su pueblo y mantener viva la música que unía a todos los Kaluli.
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