Pedro de Neptuno y la Cueva de las Risas
Pedro, un niño de Neptuno, es echado de casa tras una pelea con sus padres. Encuentra refugio en una cueva donde conoce a Juan, quien le enseña a reír de nuevo. Finalmente, los padres de Pedro se reconcilian con él e invitan a Juan a unirse a su familia, llenando su hogar de alegría.
Pedro era un niño muy especial. Vivía en Neptuno, un planeta lejano con muy poca gravedad. Siempre se preguntaba cómo era posible caminar allí, porque el suelo, cuando estaba con su Mamá-Tubo y Papá-Tubo, era de agua brillante y ondulante. Neptuno era muy, muy lejos del sol, y su tamaño, bueno, era una fracción extraña: 24/622. Pero a Pedro no le importaban las fracciones ni las distancias. Le importaba jugar. Un día, Pedro tuvo una discusión muy fuerte con sus padres. Fue una pelea de esas que hacen eco en todo el planeta. Tan fuerte fue la discusión, que Mamá-Tubo y Papá-Tubo, muy enfadados, le dijeron que se fuera de casa. Pedro, con el corazón hecho un ovillo, salió flotando, empujado suavemente por la corriente acuosa de Neptuno. Se sentía muy solo. Flotó y flotó, sin saber a dónde ir. El agua brillante se volvía cada vez más oscura a medida que se alejaba de su hogar. Finalmente, vio una abertura en una gran roca submarina. Era una cueva, oscura y misteriosa. Con un poco de miedo, pero también con mucha curiosidad, Pedro se adentró en la cueva. Dentro, la oscuridad era casi total, pero pronto sus ojos se acostumbraron y pudo ver que la cueva era más grande de lo que parecía desde fuera. En el centro de la cueva, ¡había una luz! Una luz suave y cálida que provenía de una figura sentada en el suelo. Era otro niño. "¿Hola?" dijo Pedro, con voz temblorosa. El otro niño levantó la vista. Tenía ojos brillantes y una sonrisa aún más brillante. "¡Hola!" respondió. "Me llamo Juan. ¿Y tú?" "Me llamo Pedro," dijo Pedro, sintiéndose un poco más valiente. "¿Qué haces aquí?" "Vivo aquí," respondió Juan. "Esta es la Cueva de las Risas." "¿La Cueva de las Risas?" preguntó Pedro, intrigado. "¿Por qué se llama así?" Juan sonrió aún más. "Porque aquí siempre nos reímos," dijo. "¿Quieres reírte conmigo?" Pedro asintió tímidamente. Juan comenzó a contar chistes. Chistes tontos, chistes raros, chistes de Neptuno que solo un niño de Neptuno podría entender. Pedro empezó a reírse. Primero tímidamente, luego con más ganas, hasta que las lágrimas corrían por sus mejillas. Era la primera vez que se reía desde la pelea con sus padres. Desde ese día, Pedro y Juan se hicieron inseparables. Vivían juntos en la Cueva de las Risas, riendo y jugando todo el día. Exploraban la cueva, inventaban juegos nuevos y compartían historias. Pedro le contaba a Juan sobre su Mamá-Tubo y Papá-Tubo, y sobre cómo era vivir en una casa hecha de agua. Juan le contaba a Pedro sobre sus aventuras explorando los océanos de Neptuno y descubriendo nuevas criaturas marinas. A pesar de que Pedro extrañaba a sus padres, la compañía de Juan lo hacía sentirse menos solo. Juntos, pensaban cómo sería el espacio exterior, más allá de Neptuno. Imaginaban planetas hechos de chocolate, estrellas que cantaban canciones de cuna y nubes de algodón de azúcar. Un día, mientras jugaban cerca de la entrada de la cueva, vieron algo inusual. Era una nave espacial, pequeña y brillante, que se acercaba a la roca submarina. La nave se detuvo justo en frente de la cueva. La puerta se abrió y dos figuras salieron flotando. ¡Eran Mamá-Tubo y Papá-Tubo! "¡Pedro!" gritaron al unísono, corriendo (o más bien, nadando) hacia él. Pedro corrió a abrazarlos. "¡Mamá! ¡Papá!" Los tres se abrazaron con fuerza, las lágrimas mezclándose con el agua brillante de Neptuno. Mamá-Tubo y Papá-Tubo le explicaron a Pedro que estaban muy arrepentidos por lo que había pasado. Le dijeron que lo querían mucho y que nunca más lo echarían de casa. Luego, vieron a Juan, que observaba la escena con curiosidad. "¿Y este quién es?" preguntó Papá-Tubo. "Él es Juan," respondió Pedro. "Es mi mejor amigo. Vive en la Cueva de las Risas." Mamá-Tubo y Papá-Tubo saludaron a Juan y le agradecieron por cuidar de Pedro. Invitaron a Juan a vivir con ellos en su casa de agua, para que Pedro nunca más se sintiera solo. Juan aceptó encantado. Y así, Pedro, Juan, Mamá-Tubo y Papá-Tubo vivieron felices para siempre, llenando Neptuno con sus risas y aventuras. Siempre recordaban la Cueva de las Risas, el lugar donde Pedro encontró a su mejor amigo y aprendió que incluso después de la pelea más grande, siempre hay espacio para la alegría y el amor.
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