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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la ranchería llamada Los Haticos, una niña wayuu de la casta Uriana llamada Yosu. A Yosu le encantaba la noche. No le gustaba jugar con las muñecas de trapo que le hacía su abuela, ni correr tras las cabras con sus hermanos. Lo que realmente amaba era sentarse bajo el inmenso cielo estrellado, sintiendo la fresca brisa del desierto acariciarle la cara. Cada estrella era un mundo, un misterio que ella ansiaba descubrir.
Pero Yosu quería ver las estrellas a medianoche, cuando el cielo estaba más oscuro y las estrellas brillaban con mayor intensidad. Su mamá, una mujer sabia y de mirada serena, no la dejaba. "Jintulu", le decía con voz suave pero firme, "los niños deben estar durmiendo a esa hora. La noche de medianoche es para los espíritus. Si sales a ver las estrellas a esa hora, los espíritus podrían convertirte en una estrella de medianoche, y nunca más volverías a estar con nosotros".
Yosu escuchaba a su mamá, pero su corazón anhelaba la magia de la medianoche. La curiosidad era una llama que ardía dentro de ella, alimentada por las historias de los ancestros que contaban los ancianos de la ranchería. Historias de espíritus traviesos, de animales que hablaban y de estrellas que susurraban secretos al oído de quien supiera escuchar.
Una noche, la luna era una delgada uña de plata en el cielo. Yosu, acostada en su chinchorro, no podía dormir. El cielo la llamaba, las estrellas la invitaban a descubrir sus secretos. Recordó las palabras de su mamá, pero la tentación era demasiado fuerte. "Solo un ratito", se dijo a sí misma. "Solo voy a mirar las estrellas y volveré antes de que nadie se dé cuenta".
Con el corazón latiendo con fuerza, Yosu se levantó en silencio. Se deslizó fuera de su chinchorro, como una sombra en la oscuridad. Abrió la puerta de su casa con cuidado, procurando no hacer ruido. Afuera, la ranchería dormía bajo el manto estrellado. Los perros, guardianes silenciosos, no ladraron al verla pasar. Parecía que la noche misma la protegía.
Yosu caminó hasta el lugar que más le gustaba, una pequeña colina desde donde podía ver todo el cielo. Se sentó en la tierra fría y levantó la vista. ¡Era aún más hermoso de lo que imaginaba! Millones de estrellas brillaban con una intensidad deslumbrante. La Vía Láctea, un río de luz blanca, cruzaba el cielo como un camino mágico. Yosu se sintió pequeña e insignificante ante la inmensidad del universo.
De repente, una luz brillante apareció en el cielo. No era una estrella común, era una luz intensa y palpitante que parecía acercarse a ella. Yosu sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Recordó las palabras de su mamá: "Los espíritus podrían convertirte en una estrella de medianoche". El miedo la paralizó.
La luz se acercó aún más, hasta que estuvo justo encima de ella. Yosu cerró los ojos con fuerza, esperando lo peor. Sintió una energía extraña que la envolvía, como un abrazo frío y poderoso. Luego, sintió que se elevaba, que se despegaba de la tierra. Abrió los ojos y vio que estaba flotando en el aire, rodeada de una luz dorada.
Tuvo miedo al principio, pero luego sintió una paz inmensa, una conexión profunda con el universo. Vio la ranchería desde arriba, las pequeñas casas de barro, los chinchorros colgados entre los árboles, a su familia durmiendo plácidamente. Sintió un amor inmenso por su gente, por su tierra, por sus tradiciones.
La luz la elevó aún más, hasta que estuvo entre las estrellas. Vio otros espíritus, seres de luz que danzaban en el cielo, jugando con las constelaciones. Le explicaron que no querían hacerle daño, que solo querían mostrarle la belleza del universo, la magia de la creación. Le dijeron que ella, Yosu, era especial, que tenía el don de conectar con las estrellas.
Pero Yosu extrañaba a su familia, a su mamá, a sus hermanos. Quería volver a sentir el calor del sol en su piel, el sabor del chivo en su boca, el sonido de la gaita en las fiestas de la ranchería. Los espíritus entendieron su deseo y le ofrecieron una elección: podía quedarse con ellos y convertirse en una estrella, o podía volver a su vida, pero con el conocimiento de los secretos del universo.
Yosu eligió volver. Los espíritus la regresaron a la colina, justo antes del amanecer. Se sentía diferente, más sabia, más conectada con el mundo. Corrió a su casa y se metió en su chinchorro, justo a tiempo para cuando su mamá se despertó.
Su mamá la miró con cariño y le preguntó si había dormido bien. Yosu asintió, pero no le contó nada de su aventura. Sabía que no la entendería. A partir de ese día, Yosu siguió amando las estrellas, pero nunca más salió a verlas a medianoche. Aprendió a respetar las tradiciones de su pueblo, a escuchar los consejos de sus mayores. Y entendió que la verdadera magia no está en desafiar las reglas, sino en comprenderlas.
Desde entonces, todos los tepichi (niños) de la ranchería Los Haticos se duermen temprano y les hacen caso a sus padres. Recuerdan la historia de Yosu, la niña que casi se convierte en una estrella de medianoche, y aprenden que el respeto y la obediencia son el mejor camino para protegerse de los peligros de la noche. Y Yosu, ahora una joven sabia, sigue mirando las estrellas cada noche, recordando su aventura y sintiendo la conexión mágica que la une al universo.
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