
Tres días después, el cielo se puso negro como la noche en pleno mediodía. Los vientos aullaban arrancando techos de caña y el río subía un metro por hora. Las aldeas costeras estaban en peligro mortal pero no tenían forma de comunicarse entre ellas: los caminos estaban cortados y las líneas de teléfono destruidas. El Montubio supo que la única forma de salvar a todos era cabalgar de pueblo en pueblo avisando de la inundación. Miró a Trueno.
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