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Gratis · elegí una vozCrujido… ¡CRUJIDO! Mis garras se hundían en la tierra húmeda. El bosque olía a pino y a miedo, mi aroma favorito. Soy Bruno, el lobo, y hoy… ¡hoy cazaré!
(Sonido de viento suave y pájaros cantando)
Normalmente, me conformo con ratones gordos o algún pájaro despistado. Pero hoy, el hambre me ruge en las entrañas con la fuerza de un trueno. Y sé exactamente lo que quiero: un jugoso… ¡CONEJO!
Avancé entre los árboles, mi pelaje gris oscuro se camuflaba a la perfección entre las sombras. ¡Ja! Nadie me ve. Nadie… excepto quizás ese pequeño bulto blanco cerca del arroyo. Me agaché, mis músculos tensos, listo para saltar.
(Sonido de arroyo balbuceando)
Era él. Un conejito de orejas largas y un rabito pomposo. Estaba recogiendo flores silvestres, tan distraído como una mariposa. Perfecto.
Me acerqué sigilosamente. Cada paso era un susurro, una promesa de mi deliciosa cena. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me enderecé y dejé escapar un… ¡GRRRRR!
(Sonido de un lobo gruñendo fuertemente)
El conejito saltó un metro en el aire, dejando caer su manojo de flores. Sus ojos se abrieron como platos. ¡Qué miedo! ¡Eso es lo que quiero!
"¡Hola!" dijo el conejito con una vocecita temblorosa. "¡Buenos días, señor Lobo! Qué… qué vozarrón tiene usted."
¿Qué? ¿Buenos días? ¿Vozarrón? ¡Se supone que debe gritar y correr! ¡Estoy hambriento, no necesito cumplidos!
Fruncí el ceño. "¡Soy Bruno, el lobo feroz!" gruñí. "Y voy a… ¡COMERTE!"
El conejito parpadeó. "¿Comerme? Oh, vaya. Eso… eso no es muy amable, señor Lobo. ¿No preferiría… una zanahoria? Tengo algunas muy frescas en mi madriguera."
¿Zanahorias? ¡Soy un lobo, no un herbívoro! "¡Quiero carne! ¡Quiero conejo!" bramé, mostrando mis afilados dientes.
(Sonido de dientes rechinando)
El conejito retrocedió un paso, pero mantuvo la compostura. "Bueno, señor Lobo," dijo, "si insiste… al menos permítame ofrecerle una taza de té antes. Es té de manzanilla, muy relajante. Le ayudará a… a digerirme mejor."
¿Té? ¿Relajante? ¡Estoy a punto de cazar, no de tomar una siesta! Pero… la idea de un té caliente en este día fresco… no sonaba tan mal. Además, podría ser una trampa. ¡Podría haber más conejos esperándome en su madriguera!
"¡Está bien!" dije, tratando de sonar amenazante. "Pero que sea rápido. Y que no tenga nada raro."
El conejito sonrió, revelando sus pequeños dientes blancos. "¡Excelente! Sígame, por favor." Y con un saltito, se dirigió a su madriguera.
(Sonido de pasos ligeros y música suave de flauta)
Su madriguera era sorprendentemente acogedora. Tenía una chimenea pequeña, una mesa con un mantel de cuadros y… ¡montones de zanahorias! El conejito me invitó a sentarme y rápidamente preparó el té.
Mientras esperaba, observé al conejito. Era tan educado, tan alegre… y tan diferente a cualquier presa que hubiera cazado antes.
"Aquí tiene, señor Lobo," dijo, ofreciéndome una taza humeante. "Tenga cuidado, está caliente."
Tomé un sorbo. Era dulce y suave. Inesperadamente… agradable.
"¿Y bien?" preguntó el conejito, observándome con sus grandes ojos. "¿Le gusta?"
Gruñí. "No está mal," admití a regañadientes.
El conejito sonrió de nuevo. "Me alegro. Ahora, señor Lobo… ¿realmente quiere comerme?"
Lo pensé un momento. El hambre seguía ahí, pero algo había cambiado. El té, la amabilidad del conejito… incluso su insistencia en ofrecerme zanahorias.
"No lo sé," murmuré, sintiéndome un poco confundido.
"Quizás… quizás podríamos ser amigos," sugirió el conejito tímidamente. "Podemos tomar té juntos, recoger flores… ¡y yo puedo enseñarle a cultivar zanahorias!"
Lo miré fijamente. ¿Amigos? ¿Un lobo y un conejo? Era absurdo. ¡Pero también… tentador!
(Sonido de risas suaves y música animada)
Suspiré. "Está bien," dije finalmente. "Pero si me aburro, ¡todavía te comeré!"
El conejito saltó de alegría. "¡Excelente! ¡Bienvenido a mi madriguera, amigo Bruno!"
Y así, Bruno, el lobo feroz, se hizo amigo de un conejito tierno, alegre y educado. Aprendió a amar el té de manzanilla, a cultivar zanahorias… y a dejar de lado su vozarrón, al menos de vez en cuando. A veces, incluso, le ayudaba al conejito a espantar a los pájaros que querían comerse sus zanahorias. ¡Quién lo diría! El bosque, con sus crujidos y sus cantos, se convirtió en un lugar aún más feliz, gracias a una extraña, pero maravillosa, amistad.
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