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Había una vez, en un rincón del cielo más allá de lo que los ojos humanos pueden ver, un lugar llamado el Reino de la Luz. En este reino no existía el tiempo, solo el resplandor. Sin embargo, había un problema: los siete colores fundamentales —Rojo, Naranja, Amarillo, Verde, Azul, Añil y Violeta— vivían en castillos separados y nunca se hablaban. Cada uno estaba convencido de que su tono era el más importante y que el mundo sería mejor si solo existiera él.
El Rojo, que vivía en un castillo de rubíes, decía con voz potente: «Yo soy el color de la fuerza y el corazón. Sin mí, no habría valentía ni calor. ¡Yo debería gobernar el cielo!». Al otro lado, el Azul, desde su torre de zafiro, respondía con calma pero con orgullo: «Te equivocas, Rojo. Yo soy la paz y la profundidad. Sin mí, el cielo y el mar estarían vacíos. Mi serenidad es lo único que importa».
El Amarillo se reía desde su palacio de topacio: «¡Qué tontería! Yo soy la alegría y la luz del sol. Sin mí, todos estarían tristes y a oscuras». Y así, uno tras otro, los colores pasaban los días discutiendo. El Verde presumía de la vida, el Naranja de la creatividad, el Añil del misterio y el Violeta de la sabiduría. La discordia creció tanto que las nubes, que solían ser blancas y esponjosas, empezaron a tornarse de un gris plomizo y pesado. El aire se volvió frío y la alegría desapareció del Reino de la Luz.

Fue entonces cuando nació Iris, una pequeña chispa de luz blanca que contenía un poquito de cada color en su interior. Iris veía con tristeza cómo sus hermanos se alejaban cada vez más. Un día, una tormenta terrible estalló. No era una tormenta común; era una tormenta de sombras provocada por el egoísmo de los colores. La lluvia caía con tanta fuerza que amenazaba con borrar toda la belleza del mundo, y los colores, asustados en sus castillos, empezaron a palidecer. Se dieron cuenta de que, estando solos, eran débiles ante la oscuridad.
Iris voló hacia el centro de la tormenta y llamó a todos con una voz suave pero firme. «¡Hermanos!», gritó. «Miren lo que hemos hecho. Al querer ser los únicos, nos estamos quedando sin nada. La verdadera paz no es que uno gane, sino que todos podamos brillar juntos». Los colores, temblando de frío, se asomaron a sus ventanas. El Rojo vio al Azul tiritar y, por primera vez, sintió el deseo de darle calor. El Amarillo vio que el Violeta se apagaba y quiso compartir su brillo.
Uno a uno, los colores salieron de sus castillos. Se dieron cuenta de que la paz no era simplemente dejar de pelear, sino buscar activamente el bienestar del otro. Bajo la guía de Iris, decidieron hacer algo que nunca habían intentado: tomarse de las manos. Al principio fue difícil. El Rojo temía que el Azul lo apagara, y el Azul temía que el Rojo lo evaporara. Pero cuando sus dedos se entrelazaron, ocurrió un milagro.

En lugar de anularse, los colores se potenciaron. El Rojo se suavizó al lado del Naranja, el Amarillo iluminó al Verde, y el Azul encontró un compañero en el Añil y el Violeta. Juntos, formaron un arco perfecto que cruzó el firmamento de extremo a extremo. En ese instante, la tormenta se detuvo. Las nubes grises se retiraron, dejando paso a un sol radiante que, al atravesar la unión de los siete colores, proyectó sobre la Tierra el primer arcoíris de la historia.
Desde aquel día, los colores comprendieron que la paz es como un arcoíris: solo existe cuando diferentes partes se unen en armonía. Aprendieron que el Rojo es más hermoso cuando resalta el frescor del Verde, y que el Violeta brilla más cuando el Amarillo le presta su luz. Iris se convirtió en la guardiana de esta unión.
Ahora, cada vez que la lluvia intenta limpiar las tristezas del mundo y el sol sale a saludar, los siete colores se reúnen rápidamente. Se olvidan de sus antiguas disputas y se abrazan con fuerza en el cielo. Los niños de la Tierra miran hacia arriba y sonríen, porque saben que ese puente de colores es el símbolo supremo de la paz. Nos recuerda que, aunque todos seamos diferentes, es precisamente nuestra diversidad lo que hace que el mundo sea un lugar lleno de luz y esperanza. Y así, el Reino de la Luz nunca volvió a estar en sombras, porque sus habitantes entendieron que el secreto de la verdadera grandeza no es ser el mejor, sino saber formar parte de un todo maravilloso.
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