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Carlitos era un niño pequeño, con unos ojos grandes y curiosos como dos canicas brillantes. Le encantaba dibujar. Su casa estaba llena de dibujos de árboles sonrientes, de soles con gafas de sol y de perros que volaban cometas. Pero últimamente, Carlitos se sentía un poco… atrapado. En el colegio, la maestra, la Señorita Perpetua, decía: “Los árboles son verdes, el cielo es azul, y los perros no vuelan”. Y en casa, su papá, Don Rigoberto, decía: “Los niños deben ser callados y obedientes”.
Un día, Carlitos fue al museo con su abuela, Doña Remedios. A Doña Remedios le encantaba el arte moderno. Caminaron entre esculturas extrañas y cuadros llenos de colores que parecían haber explotado. De repente, Carlitos se detuvo frente a un cuadro muy peculiar. Era un hombre de pie en un puente, con la boca abierta en un grito silencioso. El cielo detrás de él era de un color naranja y rojo muy intenso, como si estuviera en llamas.
"¿Qué es esto, abuela?" preguntó Carlitos, señalando el cuadro.
"Este, mi niño, es El Grito de Edvard Munch," respondió Doña Remedios. "Representa la angustia, el miedo… pero también la libertad de expresar lo que sientes, aunque sea un grito."
Carlitos miró el cuadro con atención. Nunca había visto un cuadro tan… diferente. El hombre parecía estar sintiendo algo muy fuerte. Y aunque daba un poco de miedo, también le parecía… valiente.
"¿Se puede gritar con colores?" preguntó Carlitos.
Doña Remedios sonrió. "¡Claro que sí, Carlitos! Puedes gritar con colores, con formas, con lo que sea que te salga del corazón. Lo importante es que no te guardes lo que sientes."
De vuelta en casa, Carlitos no podía dejar de pensar en El Grito. Tomó sus crayones y un papel grande. Primero, intentó dibujar un árbol verde, como la Señorita Perpetua le había enseñado. Pero no le salió. El árbol se veía triste y aburrido.
Entonces, recordó las palabras de su abuela. Cerró los ojos, respiró hondo y pensó en cómo se sentía: atrapado, un poco asustado, pero también con muchas ganas de decir algo. Abrió los ojos y empezó a dibujar.
No dibujó un árbol verde. Dibujó un árbol morado, con hojas amarillas y raíces que se enroscaban como serpientes. El cielo no era azul, era de color rosa brillante, con nubes naranjas que parecían algodón de azúcar. Y en lugar de un perro volando una cometa, dibujó un gato con alas de mariposa que gritaba a la luna.
Cuando terminó, Carlitos se sintió mucho mejor. Su dibujo era extraño y diferente, pero era suyo. Era su grito, expresado en colores. Le enseñó el dibujo a su papá. Don Rigoberto frunció el ceño al principio.
"Carlitos," dijo Don Rigoberto, "los gatos no tienen alas."
Carlitos se sintió un poco desanimado, pero recordó el cuadro de Munch. "Pero en mi dibujo sí," dijo Carlitos, con voz firme. "Este es mi grito, papá. Es lo que siento."
Don Rigoberto miró el dibujo con más atención. Vio los colores brillantes, las formas extrañas… y vio la emoción en los ojos de Carlitos. Sonrió.
"Bueno," dijo Don Rigoberto, "supongo que los gatos *podrían* tener alas… si realmente lo desean."
Al día siguiente, Carlitos llevó su dibujo al colegio. La Señorita Perpetua lo miró con sorpresa.
"Carlitos," dijo la Señorita Perpetua, "esto… no es un árbol verde."
Carlitos se armó de valor. "Lo sé, Señorita Perpetua. Es un árbol morado, con hojas amarillas. Es mi árbol. Es mi grito."
La Señorita Perpetua se quedó pensando un momento. Luego, sonrió. "Bueno, Carlitos," dijo, "es un árbol muy… interesante. ¿Podrías contarnos por qué lo dibujaste así?"
Carlitos les contó a sus compañeros sobre el cuadro de Munch, sobre su abuela y sobre cómo se sentía atrapado. Les contó sobre su gato con alas de mariposa que gritaba a la luna. Y sus compañeros lo escucharon con atención. Algunos incluso empezaron a dibujar árboles morados y gatos con alas ellos mismos.
Carlitos aprendió que no siempre tenía que dibujar árboles verdes ni gatos sin alas. Aprendió que era importante expresar lo que sentía, aunque fuera un grito. Y aprendió que, a veces, la gente puede sorprenderte si les das la oportunidad de escuchar tu grito… ¡incluso si es un grito de colores! A partir de ese día, Carlitos siguió dibujando y gritando con sus colores, libre y valiente, como el hombre del cuadro de Munch.
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