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Gratis · elegí una vozAstrid era una niña muy curiosa. Vivía cerca de un bosque, y a la orilla de ese bosque, se alzaba una vieja feria abandonada. Los colores de las casetas de juegos estaban descoloridos, el carrusel chirriaba con el viento, y la gran noria parecía un gigante dormido. Todos en el pueblo contaban historias sobre la feria, historias de luces que se encendían solas y sombras que bailaban en la noche. A Astrid, lejos de asustarla, le fascinaba la idea de descubrir sus secretos.
Un día, Astrid conoció a Alejandro, un anciano que trabajaba cuidando el parque del pueblo. Alejandro tenía ojos sabios y una barba larga y blanca. Le contó a Astrid que, en sus años de juventud, había sido el servidor de la feria, encargándose de mantener los juegos en funcionamiento y de ayudar a los feriantes. Le contó historias de risas, música, y algodón de azúcar, pero también de un evento misterioso que obligó a cerrar la feria de repente.
"Nunca supe qué pasó realmente", dijo Alejandro con voz suave. "Solo sé que una noche, todo el mundo se fue. Dejaron todo atrás, como si hubieran huido de algo terrible".
Astrid, con su espíritu aventurero, convenció a Alejandro para que la acompañara a la feria. "¡Tenemos que descubrir qué pasó!", exclamó Astrid. Alejandro, aunque temeroso, no pudo resistirse a la energía y la determinación de la niña. Juntos, se dirigieron hacia la feria abandonada al atardecer.
La entrada a la feria era imponente. La gran puerta de madera estaba caída, y la hierba crecía salvaje por todas partes. El aire era frío y húmedo, y un silencio profundo reinaba en el lugar. A medida que se adentraban, Astrid sentía un cosquilleo en el estómago. Tenía miedo, mucho miedo, pero la curiosidad era más fuerte.
De repente, escucharon un ruido. Un suave crujido que venía del carrusel. Se acercaron cautelosamente, y vieron algo increíble: ¡los caballos del carrusel se movían solos! Lentamente, como si estuvieran impulsados por una fuerza invisible, subían y bajaban, mientras la melodía oxidada del carrusel sonaba débilmente.
Alejandro se agarró al brazo de Astrid, visiblemente asustado. "¡Esto es obra de fantasmas! ¡Tenemos que irnos!", susurró con voz temblorosa. Pero Astrid no se movió. Estaba hipnotizada por la escena. Vio algo más. En uno de los caballos, un caballo blanco con una crin dorada, vio una pequeña figura sentada. Era una niña, vestida con un vestido antiguo y con el rostro triste.
Astrid se acercó al carrusel, ignorando los miedos de Alejandro. "Hola", dijo con voz suave. "¿Estás bien?". La niña del caballo blanco no respondió. Simplemente la miró con sus ojos tristes. De repente, el carrusel se detuvo. La música cesó, y los caballos quedaron inmóviles.
La niña del caballo blanco extendió su mano hacia Astrid. En su mano, sostenía una pequeña llave de latón. "Ayúdame", susurró la niña. "Necesito encontrar mi muñeca. La perdí en la casa de los espejos".
Astrid y Alejandro se miraron sorprendidos. Ahora entendían. La niña era un fantasma, atrapada en la feria hasta que encontrara su muñeca perdida.
Juntos, se dirigieron a la casa de los espejos. El lugar estaba oscuro y lleno de telarañas. Los espejos estaban rotos y cubiertos de polvo. Pero Astrid, con la ayuda de Alejandro, comenzó a buscar la muñeca. Revisaron cada rincón, cada espejo roto, hasta que, finalmente, Astrid la encontró. Estaba escondida detrás de un espejo astillado. Era una muñeca de porcelana, con un vestido de encaje y ojos de botón.
Astrid le entregó la muñeca a la niña del carrusel. La niña la abrazó con fuerza, y una sonrisa iluminó su rostro. "Gracias", dijo la niña. "Ahora puedo descansar en paz".
De repente, una luz brillante iluminó la feria. Los colores de las casetas volvieron a ser vivos, la música resonó con fuerza, y la risa llenó el aire. La feria había vuelto a la vida, pero solo por un momento. Luego, la luz se desvaneció, y la feria volvió a su estado de abandono. Pero esta vez, ya no había miedo. Solo paz.
La niña del carrusel había desaparecido. Astrid y Alejandro salieron de la feria, sintiéndose aliviados y felices. Habían ayudado a un fantasma a encontrar la paz, y habían descubierto el misterio de la feria fantasma.
Desde ese día, Astrid y Alejandro se convirtieron en grandes amigos. Y aunque la feria permaneció abandonada, sabían que ya no estaba embrujada. Ahora era un lugar lleno de recuerdos, un lugar donde una niña había encontrado la paz gracias a la valentía y la bondad de una niña y un anciano servidor.
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