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Tomás era un niño curioso y juguetón. Le encantaba explorar el jardín de su abuela, construir castillos de arena en la playa y leer libros de aventuras. Pero, últimamente, Tomás tenía un problema. Un problema pegajoso, como chicle en el zapato, que no se iba: ¡decía malas palabras! No sabía muy bien de dónde las había sacado. A veces las escuchaba en la televisión, otras veces de niños mayores en el parque. Al principio, le parecieron palabras interesantes, con un sonido fuerte y diferente. Las probó, como un caramelo nuevo, y… ¡puf! Ahí estaban, saliendo de su boca sin que él las llamara.
Un día, mientras jugaba con su hermana Sofía a las carreras en el jardín, tropezó con una raíz y, sin pensarlo, ¡zas!, soltó una de esas palabras feas. Sofía se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos. "¡Tomás! ¡No digas eso!", exclamó. Tomás se sintió avergonzado. No quería lastimar a Sofía, pero la palabra ya estaba en el aire, como una burbuja sucia.
Su abuela, Doña Elena, que estaba regando las flores, se acercó con una mirada seria. "Tomás", dijo suavemente, "¿de dónde sacaste esa palabra? Las palabras son como semillas. Si siembras semillas de flores, crecerán flores bonitas. Si siembras semillas de malas hierbas, crecerán malas hierbas. ¿Qué quieres que crezca en tu jardín de palabras?"
Tomás se quedó pensando. Nunca lo había visto de esa manera. Las palabras como semillas... Era una imagen poderosa. Esa noche, antes de dormir, Tomás le contó a su mamá lo que había pasado. Su mamá lo abrazó y le dijo: "Las palabras tienen poder, Tomás. Pueden hacer reír, pueden hacer llorar, pueden construir o destruir. Es importante elegir las palabras con cuidado".
Decidido a cambiar, Tomás comenzó a prestar más atención a las palabras que salían de su boca. Cada vez que sentía la tentación de decir una mala palabra, respiraba hondo y pensaba en una palabra bonita: "Sol", "estrella", "arcoíris", "mariposa". Intentaba sustituir las palabras feas por palabras amables y divertidas.
Pero la tarea no era fácil. Las malas palabras eran como fantasmas que lo perseguían. Un día, mientras jugaba con sus amigos a la pelota, falló un gol importante y, ¡otra vez!, la mala palabra amenazó con escaparse. Pero esta vez, Tomás la atrapó justo a tiempo. En lugar de soltar el improperio, gritó con todas sus fuerzas: "¡Zanahoria!"
Sus amigos lo miraron extrañados. "¿Zanahoria?", preguntaron. Tomás se encogió de hombros y sonrió. "Sí, zanahoria. Es una palabra divertida, ¿no?". Y todos se echaron a reír.
Doña Elena, que estaba observando desde la ventana, sonrió. Vio el esfuerzo de Tomás y supo que estaba en el camino correcto. Al día siguiente, Doña Elena le regaló a Tomás un pequeño cuaderno. "Este es tu Diario de Palabras Mágicas", le dijo. "Cada día, escribe en él las palabras bonitas que hayas dicho o escuchado. Y si alguna vez se te escapa una palabra fea, no te preocupes demasiado. Simplemente escribe la palabra bonita que la va a reemplazar".
Tomás se tomó muy en serio su diario. Lo llenó de palabras como "gracias", "por favor", "te quiero", "eres genial", "vamos a jugar". Descubrió que decir palabras amables lo hacía sentir mucho mejor que decir palabras feas. Además, las palabras bonitas parecían contagiosas. Cuando él decía algo amable, los demás le respondían con amabilidad. ¡Era como magia!
Un día, mientras leía un libro de aventuras, Tomás se encontró con una palabra que no conocía. Era una palabra larga y complicada que sonaba un poco extraña. Sintió la tentación de decir una mala palabra para expresar su frustración, pero recordó su diario y respiró hondo. En lugar de eso, le preguntó a su mamá qué significaba la palabra. Su mamá se la explicó y Tomás se sintió orgulloso de sí mismo por no haber cedido a la tentación.
Con el tiempo, las malas palabras dejaron de ser un problema para Tomás. Había aprendido a controlar sus palabras y a elegir las que quería sembrar en su jardín. Su jardín de palabras se llenó de flores bonitas y fragantes, y Tomás se convirtió en un niño más feliz y amable. Y aunque a veces, de vez en cuando, aún escuchaba una mala palabra, sabía que él no tenía que repetirla. Él tenía el poder de elegir sus propias palabras, y elegía las palabras que hacían el mundo un lugar mejor. Desde entonces, si alguien le preguntaba cuál era su palabra favorita, Tomás siempre respondía: "¡Amistad!" o quizás... "¡Zanahoria!", solo por la risa.
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